Doscientos años encerrada en una jaula. Doscientos años de oscuridad, de tortura y miseria. Doscientos años de cadenas y de sangrías.
Ya no recuerdo la luz del sol, ni el tacto de la tierra en los pies, ni el olor de las hojas. Y lo único que me niego a rememorar me abrasa la espalda: como un fantasma me recuerda que un día estuvieron allí, pero nunca más volverán.
Los dioses son cínicos y tienen un sentido del humor cruel
¿Por qué si no, entre todos los míos, soy la única que ha sobrevivido? Tal vez
sea la condena por mis errores. Por mi osadía, por mi rebeldía, por mi ambición
y egoísmo. Mis superiores me lo decían tan a menudo como yo rompía las reglas: “La
muerte no puede alcanzar al huracán, pero le sigue de cerca”.
Tal vez esa sea la respuesta. Por eso yo agonizo en esta
jaula mientras que los huesos de mis hombres reposan sobre la hierba, formando
parte del bosque eterno que fue nuestro hogar. Ellos descansan, yo me retuerzo
en esta vida miserable.
Sin embargo me anclo a la existencia con uñas y dientes, el
deseo salvaje de seguir, mi alma indomable, no concibe la rendición ni la
cómoda paz de una muerte abrazada por las sombras del olvido. No mientras esas
brujas sigan respirando. No mientras existan seres que torturen, usen y
esclavicen a otros.
Doscientos años de arrepentimiento y soledad, he decidido
que ya ha sido castigo suficiente.
Voy a luchar por mi vida.
Voy a luchar por la libertad.
Y por mi venganza.
