martes, 17 de noviembre de 2020

Cuaderno de bitácora: Deuda de sangre

“El humo y el fuego ya habían dejado de ser los problemas más graves a los que se enfrentaba nuestro grupo. Brandán había estado apagando uno de ellos en la fábrica de vidrio. Ahora descansaba sentado en un tronco cercano, lleno de hollín, sudor y sangre reseca.

Entre escombros y ceniza, Ulrich buscaba un lugar donde respirar, donde poder sentarse aunque solo fuera un instante. En un claro cercano encontró a Brandán, a quien hace poco vio como al igual que él, uno o dos gigantes no eran suficientes para amedrentarlos. Se sentó a su lado, respiro hondo. El aire era cálido, y la brisa que antes traía el olor a salitre de la costa, estaba cargado de ceniza y sangre. Un olor que les era familiar.

El mestizo tiene retirada de su rostro la máscara que usa como pañuelo de color plateada sobre el cuello, te mira con sus ojos ambarinos y asiente mientras habla.
- Has luchado bien norteño, sabes usar esas armas. Nunca había visto a nadie de los tuyos tan al sur.

Rascándose mientras se quita restos de gigante de la barba, te mira con atención.
- Si, los míos no suelen viajar tan al sur, a menos que sea para saquear. Y antes de que lo digas, no. No estoy aquí para saquear.- centra la atención en tus heridas- Tu también peleas bien. Si te digo la verdad, nos daba por muertos frente a esos jotun.

Se lleva una mano su cara mientras se limpia con el dorso el sudor de su frente.
- No pretendía ofenderte, te pido disculpas por mis modales, tampoco dio demasiado tiempo a presentaciones, mi nombre es Brandán, y me crié aquí en Punta Arena.
Te ofrece la mano para estrechártela y cuando lo haces, te agarra del antebrazo.
- ¿Os saludáis así verdad? En mis viajes en barco, conocí a un norteño que así lo hacía.

Parece dudar en un principio pero luego aprieta en respuesta, quizá demasiado fuerte.
- Si, así es. No esperaba que nadie supiera de mis costumbres. Mi nombre es Ulrich, vengo de las tierras del Norte. Por aquí creo que los llamáis las Tierras de los Reyes de Linnorn.
Te suelta el brazo lentamente, parece que todavía tienes los músculos entumecidos.
- Y no te preocupes por modales, yo soy el menos indicado para replicar sobre eso.
Parece avistar tu espada, y recuerda como luchaste.
- ¿Y en Punta Arena os enseñan a pelear como tú? No he visto a nadie manejar ese acero con la destreza que has mostrado.

Reprime el gesto de sacudir el brazo en señal de respeto, aunque tiene un leve calambre que le recorre todo el antebrazo.
- Un placer Ulrich, de las Tierras del Norte. Aquí en Punta Arena aprendí lo básico, pero durante los últimos cinco años estado mucho más al sur y luchar sobre la cubierta de un barco en movimiento, te obliga a ser más diestro que lo que eres en tierra firme.
Por un momento parece fijar la vista al frente y tragar saliva.
- Pero si no hubiera sido por ti, no lo contaba. No me dejaste allí tirado cuando caí, no me conocías de nada, y aún así pusiste en peligro tu propia vida por un extraño. Nadie antes lo había hecho por mí, te debo mi vida y tengo una deuda de sangre contigo.

Te mira confuso. Se ha encontrado otro coagulo de sangre gigante en el pelo.
- Saltaste a luchar contra dos gigantes tú solo. En otra situación hubiera pensado que eres un insensato suicida. Pero tal como estaban las cosas, te comportaste como un verdadero guerrero. Lo menos que podía hacer por semejante valía era asegurar que ves otro amanecer.
Tira el coagulo al suelo. Sonríe con fuerza.
- Aunque seguimos siendo insensatos, que le vamos a hacer. Dos gigantes, y más que venían...

Asiente sonriente, puedes ver como asoman dos pequeños colmillos bajo su labio superior y su rostro níveo ennegrecido por la ceniza.
- Es mi hogar, no podía dejar que ocurriera nada malo a este sitio, me siento en deuda con Punta Arena y sus gentes. Y ahora con vosotros, no se cuáles van a ser vuestros pasos o que pretendéis hacer, pero iré con vosotros, ese dragón rojo y esos gigantes, caerán y tendremos nuestra revancha.
Y si, seguramente sea la sangre joven que corre por sus venas, o quizás su ascendencia, pero insensatos ambos sin lugar a dudas.

Ladea la cabeza y se cruje el cuello. Arquea la espalda. Ahora mismo sus huesos son gravilla.
- Si, ese Mok Martur...Mok Martin...el puto gigante de la Meseta debe pagar por lo que ha hecho. Pero..joder, ¿de donde sacan estos gigantes un dragón?.
Al mirarte de nuevo, se da cuenta de esos dientes. Y el color de tus ojos.
- ¿Y eso? No me digas que... ¡Tú también eres un hada como Aidna!

Frunce el ceño donde tiene dos protuberancias en forma de cuernecillos y te mira de medio lado.
- Forma extraña de llamar a los gigantes si. Y no, no soy un hada como esa tal Aidna a la que mencionas. Más bien soy un mestizo, mitad humano mitad un ser infernal, aunque todavía no puedo decirte quien de mis progenitores era un diablo o un demonio. No conocí a ninguno de ellos.

Otra vez, te mira de arriba a abajo confuso. Ves como su rostro va cambiando lentamente a una media sonrisa, y finalmente soltar una carcajada.
- ¡Aj, helvete! Ogros, gigantes, hadas y ahora un demonio. Ya no sé que esperarme.
Se levanta poco a poco, y te tiende la mano.
- Bueno, Brandán de Punta Arena. Creo que hemos descansado lo suficiente, ¿buscamos a los demás?

Te estrecha de nuevo el antebrazo para erguirse y está vez es él quién aprieta un poco, parece más fuerte de lo que aparenta mientras sonríe.
- Claro Ulrich de las Tierras del Norte. Busquemos al resto de tu compañía y tracemos un plan con nuestros siguientes movimientos.

Ambos hombres se dirigen de nuevo hacía el pueblo con la mente puesta en las siguientes sendas a seguir...”

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