Amara cayó de rodillas allí donde el collar yacía. El barro
salpicó sus piernas y sus manos, pero ella apenas podía ver nada entre las
lágrimas, a parte del mortecino brillo del collar, el cual lanzaba algunos
destellos a la luz de las antorchas que habían quedado desperdigadas por el
campo de batalla.
No podía creérselo. Nada tenía sentido.
Recogió el colgante entre sus manos, mientras no paraba de
sollozar ¿Por qué lo había dejado allí tirado? Aquel collar había sido el
comienzo de todo y había significado tanto para ambos… o eso había pensado ella
hasta ese momento ¿Qué había pasado? Se lo podría haber llevado con él, podría
haberlo conservado al menos. Ante el extraño comportamiento de Jade, pensó que
no había sido decisión suya marcharse, que había algo que se lo había llevado,
pero ahora que tenía la que había sido la primera muestra de su amistad entre
las manos, sucia y pisoteada, vacilaba.
Las dudas, el temor, la ira, todo se acumuló en su ser e
hizo que se rompiera como nunca antes lo había hecho. Gritó, golpeando con los
puños el barro, llenándose la cara. Gritó de nuevo más fuerte, con toda la
desesperación de su corazón. Al final Jade se había marchado, tal y como ella
había temido desde hacía mucho tiempo. En realidad siempre lo supo. Lo que no
hubiera adivinado nunca es la forma de irse, extraña, inexplicable, cruel y
casi tan terrible como la propia muerte. Comenzó a resoplar, había pasado de la
pena a la furia en unos segundos, levantó la cabeza embarrada lentamente, nadie
la veía pero tenía la muerte escrita en la mirada.
Aun con la razón embotada por la rabia, no pudo dejar de
fijarse en el hecho de que las hojas que caían desde las copas de los árboles lo
hacían a una velocidad anormalmente lenta, como si el tiempo se hubiera
ralentizado. Ahora, más sorprendida que furiosa, abrió con incredulidad los
ojos:
-Amara… mi pequeña… mi espada y mi escudo… -sintió una mano
cálida en el hombro, cuyo tacto era capaz de atravesar el pesado metal de su
armadura. La voz que la apelaba se parecía mucho a la de su madre, sin llegar a
ser ella –Es terrible el dolor por el que has pasado, estás pasando y, por
desgracia, todavía tienes que pasar. –la guerrera no se atrevía a darse la
vuelta para encararse con quienquiera que le estuviera hablando –Pero tú eres
mi ungida, elegí escuchar tu voz de entre las miles de valientes espadas que
aclamaban mi nombre ¿Sabes por qué?
-No… -apenas un susurro. Una gruesa lágrima recorrió su
mejilla mientras seguía absorta en el movimiento antinatural de las hojas.
-Porque no solo eres valiente y fuerte, Amara. Tú eres mi
voz allá donde vas porque en tu corazón no hay lugar para el odio, solo para el
amor. Cuando la oscuridad te envuelve, incluso cuando parece que vayas a ser
consumida por ella, algo más intenso brilla en tu interior y, antes o después,
termina desterrando todas las sombras. Álzate, Amara Tauranor. –la mujer notó cómo
esa presencia la ayudaba a levantarse desde el barro, firme pero gentil – Mira
a tu alrededor con mis ojos y verás lo que yo veo. Y por fin, comprenderás.
La guerrera de la fe parpadeó: las hojas volvían a caer a un
ritmo normal. Se giró lentamente para encontrarse con los rostros de sus
amigos. Todos parecían confundidos, temerosos, algunos reflejaban dolor
también. Le devolvían la mirada, muchos de ellos con una evidente preocupación.
El aire frío entró en sus pulmones y cuando lo exhaló el peso que llevaba sobre
los hombros pareció aligerarse.
Sarenrae tenía mucha razón, ahora lo entendía: Shaldur, el
dulce y alegre joven que se había criado en la pacífica Wartle, quien le había salvado
la vida en La Desazón, seguía allí; Ront, su buen amigo Ront, aquel semiorco
inocente y tierno en el fondo, se había quedado sin su mejor amigo, de nuevo
había sido abandonado, pero todavía seguía allí; Tobías, que siempre les había
cuidado a todos, no solo sanando sus heridas sino calentándoles el estómago y
el alma con sus guisos y su buen ánimo para empuñar una espada, también seguía
allí; Su Li Ha, la delicada y siempre pensativa maga, a quien tanto le costaba
expresar sus sentimientos pero que había hecho un gran esfuerzo mostrándole su
corazón a Amara, seguía allí. Y Soron, aquel del que nunca hubiera esperado
nada decente, el borracho, mujeriego y desinhibido Soron, quien había mostrado
su empatía y su buen corazón el día anterior preocupándose por un hombre en el
que Amara ni tan siquiera había reparado, dándole así una lección, también
seguía allí. Y ella, Amara Tauranor, seguía allí.
Sin ocultar las lágrimas de sus ojos, se puso el collar que
todavía tenía aferrado en la mano. De soslayo miró el anillo de platino que
tenía una piedrecita pulida de jade en el interior, de forma secreta. Dudó si
debía quitárselo o no, pero finalmente se lo dejó puesto. No era débil ni
cobarde, podía soportar el dolor si con ello venía la sonrisa del recuerdo.
Sonrió, sintió el sabor salado en la boca, pero a pesar de
eso el gesto era honesto:
-Amigos míos… -suspiró –estemos donde estemos, vayamos donde
vayamos, nos une un vínculo irrompible. No importa ni el tiempo ni la
distancia, no importa si llega el día en el que jamás nos volvamos a ver,
porque, en este momento, mientras os miro, me he dado cuenta de que jamás
estaré sola y de que vosotros tampoco. Eso basta para llenar de amor y valor el
corazón. Es todo lo que se necesita para seguir.
Leída, muy buena ^^
ResponderEliminarSus caminos volverán a cruzarse seguro, y que no le odie, debía dejar atrás el vínculo más fuerte como rastro y tenía que ser el colgante si o si;)