martes, 17 de noviembre de 2020

Cuaderno de bitácora: Deuda de sangre

“El humo y el fuego ya habían dejado de ser los problemas más graves a los que se enfrentaba nuestro grupo. Brandán había estado apagando uno de ellos en la fábrica de vidrio. Ahora descansaba sentado en un tronco cercano, lleno de hollín, sudor y sangre reseca.

Entre escombros y ceniza, Ulrich buscaba un lugar donde respirar, donde poder sentarse aunque solo fuera un instante. En un claro cercano encontró a Brandán, a quien hace poco vio como al igual que él, uno o dos gigantes no eran suficientes para amedrentarlos. Se sentó a su lado, respiro hondo. El aire era cálido, y la brisa que antes traía el olor a salitre de la costa, estaba cargado de ceniza y sangre. Un olor que les era familiar.

El mestizo tiene retirada de su rostro la máscara que usa como pañuelo de color plateada sobre el cuello, te mira con sus ojos ambarinos y asiente mientras habla.
- Has luchado bien norteño, sabes usar esas armas. Nunca había visto a nadie de los tuyos tan al sur.

Rascándose mientras se quita restos de gigante de la barba, te mira con atención.
- Si, los míos no suelen viajar tan al sur, a menos que sea para saquear. Y antes de que lo digas, no. No estoy aquí para saquear.- centra la atención en tus heridas- Tu también peleas bien. Si te digo la verdad, nos daba por muertos frente a esos jotun.

Se lleva una mano su cara mientras se limpia con el dorso el sudor de su frente.
- No pretendía ofenderte, te pido disculpas por mis modales, tampoco dio demasiado tiempo a presentaciones, mi nombre es Brandán, y me crié aquí en Punta Arena.
Te ofrece la mano para estrechártela y cuando lo haces, te agarra del antebrazo.
- ¿Os saludáis así verdad? En mis viajes en barco, conocí a un norteño que así lo hacía.

Parece dudar en un principio pero luego aprieta en respuesta, quizá demasiado fuerte.
- Si, así es. No esperaba que nadie supiera de mis costumbres. Mi nombre es Ulrich, vengo de las tierras del Norte. Por aquí creo que los llamáis las Tierras de los Reyes de Linnorn.
Te suelta el brazo lentamente, parece que todavía tienes los músculos entumecidos.
- Y no te preocupes por modales, yo soy el menos indicado para replicar sobre eso.
Parece avistar tu espada, y recuerda como luchaste.
- ¿Y en Punta Arena os enseñan a pelear como tú? No he visto a nadie manejar ese acero con la destreza que has mostrado.

Reprime el gesto de sacudir el brazo en señal de respeto, aunque tiene un leve calambre que le recorre todo el antebrazo.
- Un placer Ulrich, de las Tierras del Norte. Aquí en Punta Arena aprendí lo básico, pero durante los últimos cinco años estado mucho más al sur y luchar sobre la cubierta de un barco en movimiento, te obliga a ser más diestro que lo que eres en tierra firme.
Por un momento parece fijar la vista al frente y tragar saliva.
- Pero si no hubiera sido por ti, no lo contaba. No me dejaste allí tirado cuando caí, no me conocías de nada, y aún así pusiste en peligro tu propia vida por un extraño. Nadie antes lo había hecho por mí, te debo mi vida y tengo una deuda de sangre contigo.

Te mira confuso. Se ha encontrado otro coagulo de sangre gigante en el pelo.
- Saltaste a luchar contra dos gigantes tú solo. En otra situación hubiera pensado que eres un insensato suicida. Pero tal como estaban las cosas, te comportaste como un verdadero guerrero. Lo menos que podía hacer por semejante valía era asegurar que ves otro amanecer.
Tira el coagulo al suelo. Sonríe con fuerza.
- Aunque seguimos siendo insensatos, que le vamos a hacer. Dos gigantes, y más que venían...

Asiente sonriente, puedes ver como asoman dos pequeños colmillos bajo su labio superior y su rostro níveo ennegrecido por la ceniza.
- Es mi hogar, no podía dejar que ocurriera nada malo a este sitio, me siento en deuda con Punta Arena y sus gentes. Y ahora con vosotros, no se cuáles van a ser vuestros pasos o que pretendéis hacer, pero iré con vosotros, ese dragón rojo y esos gigantes, caerán y tendremos nuestra revancha.
Y si, seguramente sea la sangre joven que corre por sus venas, o quizás su ascendencia, pero insensatos ambos sin lugar a dudas.

Ladea la cabeza y se cruje el cuello. Arquea la espalda. Ahora mismo sus huesos son gravilla.
- Si, ese Mok Martur...Mok Martin...el puto gigante de la Meseta debe pagar por lo que ha hecho. Pero..joder, ¿de donde sacan estos gigantes un dragón?.
Al mirarte de nuevo, se da cuenta de esos dientes. Y el color de tus ojos.
- ¿Y eso? No me digas que... ¡Tú también eres un hada como Aidna!

Frunce el ceño donde tiene dos protuberancias en forma de cuernecillos y te mira de medio lado.
- Forma extraña de llamar a los gigantes si. Y no, no soy un hada como esa tal Aidna a la que mencionas. Más bien soy un mestizo, mitad humano mitad un ser infernal, aunque todavía no puedo decirte quien de mis progenitores era un diablo o un demonio. No conocí a ninguno de ellos.

Otra vez, te mira de arriba a abajo confuso. Ves como su rostro va cambiando lentamente a una media sonrisa, y finalmente soltar una carcajada.
- ¡Aj, helvete! Ogros, gigantes, hadas y ahora un demonio. Ya no sé que esperarme.
Se levanta poco a poco, y te tiende la mano.
- Bueno, Brandán de Punta Arena. Creo que hemos descansado lo suficiente, ¿buscamos a los demás?

Te estrecha de nuevo el antebrazo para erguirse y está vez es él quién aprieta un poco, parece más fuerte de lo que aparenta mientras sonríe.
- Claro Ulrich de las Tierras del Norte. Busquemos al resto de tu compañía y tracemos un plan con nuestros siguientes movimientos.

Ambos hombres se dirigen de nuevo hacía el pueblo con la mente puesta en las siguientes sendas a seguir...”

lunes, 16 de noviembre de 2020

Cuaderno de bitácora: Fuego y Piedra


“El humo se divisaba dividido en varias columnas a lo largo y ancho de Punta Arena. El fuerte olor a madera quemada, se adentraba por sus fosas nasales bajo el pañuelo que hacia a su vez de máscara plateada que ocultaba su rostro. El dragón que había divisado, o más bien intuido, ya había empezado su baile frenético de fuego y destrucción sobre el villorrio. Dejo la furia por un momento, recuperando su compostura y sus modales. 

 Al este vio como los gigantes dejaban el puente y se dirigían hacia el sur, vio salir corriendo al norteño del cual todavía no conocía su nombre hacia el interior de la villa al sur, y a uno de esos aventureros convertido en un gigante enfundado en una pesada armadura perseguirlos por el agua al este. Valoro por un instante a quien seguir y decidió ir al interior, no era buena idea cruzar nadando el río y perder tiempo innecesariamente.

Por toda la villa el humo, el fuego y el caos reinaban a sus anchas sin orden ni concierto, la gente corría despavorida, asustada, niños llorando buscando a sus padres, tenderos haciendo banales intentos por extinguir las llamas que devoraban todo a su paso. Brandán no sabia que había sido del resto del grupo al que se había unido por azares del destino, pero esperaba que estuvieran bien, estaban dando todo de si por salvar el que consideraba su hogar y a sus gentes. Se puso a la par que el norteño y avanzo unos pasos hacia delante a la esquina de una de las casas. Por la calle avanzaban varios gigantes azuzando a la gente, sacándolos de sus casas y poniéndoles grilletes y cadenas como si fueran sus nuevos esclavos.

El norteño llego a su lado, se miraron y ambos avanzaron a trabar combate con esos malnacidos. Debían impedir que siguieran avanzando causando estragos. Sus golpes resonaban por las calles, amortiguados por los gritos, el crepitar de las llamas y los sollozos de sus habitantes, en una mezcolanza para nada halagüeña.

Y entonces la oscuridad, recibió un fuerte golpe en la sien que lo dejo sin sentido, el sabor metálico de la sangre resbalando por sus labios mezclados con el hollín y la niebla en sus ambarinos ojos, lo empañaban todo, cayó al suelo inconsciente. El norteño cogió al mestizo y lo saco de allí, mientras se reagrupaba a lugar seguro, puso su vida en peligro para salvarlo sin conocerlo de nada.

En otro lugar los combates proseguían, y el resto del grupo ayudaba a la gente a ponerse a resguardo al norte en el bosque. Varios elementales de agua apagaban fuegos aquí y allá, mientras el inmenso dragón rojo volaba de un lado a otro llevando como enseña el estandarte del terror.

Alguien lo hizo regresar, la habían dado un vial de sanación y había recuperado las fuerzas momentáneamente. Resollando cabizbajo recuperando el aliento, le temblaban las manos y las piernas, mientras se recomponía. Agarró de su faltriquera un par de viales que se bebió seguidos con ansias como si llevará mucho tiempo perdido en el desierto y sediento de sed. Lo repitió una vez más, hasta verse recuperado y con fuerzas para continuar. Agachado con las manos sobre sus rodillas miró a su alrededor buscando al grupo y asintió al norteño dándole las gracias en silencio con un cabeceo. Estaba de nuevo dispuesto para el combate y ayudar su pueblo. El norteño regreso al combate mientras oía voces de reagrupamiento mezcladas con el caos que seguía reinando por todos lados
.

Lo siguió y esta vez opto por rodear a su adversario, hubo intercambio de golpes una y otra vez, hasta que un mal paso del gigante que parecía ser su líder, hizo que clavara su pico en una pared cercana. Eso hizo que aprovechará y con tres movimientos rápidos y concisos de su espada de media mano acabará por fin con la criatura separando la cabeza del pesado cuerpo.

El combate había terminado en esa parte del pueblo, ya no había ni rastro del dragón que solo era un punto negro en el horizonte oculto entre el humo y las nubes. Y los gigantes habian huido o replegado a interior de los bosques y colinas, la villa ardía por todos los puntos cardinales, la mezcla de olor a madera, carne y salitre del mar, era todo lo que percibía en ese momento.

Salió corriendo para apagar el primer edificio que vio que seguía en llamas, todavía podía salvar a su pueblo, ya habría tiempo para cobrarse la revancha y ajustar las cuentas con sus nuevos enemigos”.

Continuará...



Nada que ofrecer



El infierno se había desatado sobre Punta Arena.

Un extraño olor a azufre y a fuego había llegado hasta a Aidna, pero cometió el error de no darle importancia hasta que el sol se oscureció. Alzó la cabeza y no pudo reprimir un escalofrío.

Entre los suyos se contaban leyendas de cuando el mundo era todavía joven, mas no quedaba nadie vivo para recordarlo. Sin embargo, los cuentos hablaban de unos monstruos reptilianos, gigantescos, alados, que respiraban fuego y eran capaces de exhalarlo haciendo que se fundiera incluso la roca. Y allí estaba, esa furia roja descendía de entre las nubes como si de la ira de los dioses se tratase, barriendo con su aliento ígneo todo lo que las llamas tocaban. Incluso desde las murallas, el espectáculo era sobrecogedor.

Un alarido le sacó de su ensimismamiento. Los gigantes entraban por el este, sus compañeros resistían, pero no podían hacer frente a aquello. Desde su posición privilegiada observó a la gente correr por las callejuelas de Punta Arena: una mujer llevando a dos críos a rastras y a la carrera, un joven ayudando a un anciano en su camino al puerto, un par de amantes abrazados bajo el umbral de una puerta.

Y de repente esos rostros ya no eran tan extraños. Esos seres de orejas mochadas, con sus cortas vidas y sus incomprensibles costumbres ya no le eran tan ajenos. Los edificios eran distintos, el paisaje también. Pero el hedor era idéntico al de aquel entonces. Y el horror se grita igual en todas las lenguas. Ahora era su gente la que corría por las calles de la ciudad, eran esa madre con sus hijos, ese hombre y su padre y esa pareja que se miraba, como si fuera la última vez, a los ojos.

Hacía más de doscientos años que cometió el error de no estar donde le dictaba su corazón en el momento en el que debía estarlo.

Demasiado tarde, demasiado lenta.

Los huesos de sus hermanos y hermanas alimentaban la tierra, pero los de aquellas personas todavía no.

No era demasiado tarde y, por todos los malditos dioses, no iba a ser demasiado lenta.

Bajó de la muralla de un salto, como de costumbre ni el polvo del camino hizo amago de moverse cuando posó los pies en el suelo. Corrió como hacía cientos de años no hacía. Agarró a cada persona que se encontró en su desenfrenada carrera y les instó a que la siguieran: irían hacia el puerto, era la ruta más segura.

Fue entonces cuando los vio: tres poderosos gigantes campaban por el sur de la ciudad, atrapando a todo aquel que se cruzaba en su camino. Miró a sus espaldas y supo que si entraba en combate con ellos seguramente toda aquella gente correría peligro, necesitaba cambiar de estrategia. Les gritó que fueran a la plaza y de allí a la puerta norte, se reuniría con todos a las afueras.

Aidna atajó por la catedral y tuvo un mal presentimiento mientras atravesaba la sala principal. Nada más salir vio a Shaldur, él también estaba evacuando a aquella gente. Sintió alegría, incluso cierto alivio, pero al segundo siguiente recordó una cosa que hizo que algo muy dentro de ella se retorciera y le mordiera salvajemente las entrañas: el explorador era una luz para sus amigos. En aquel extraño grupo no parecía haber jerarquía, sin embargo, él tenía algo que no era capaz de identificar. Quizá fuera su deseo de proteger a aquellos que eran importantes para él, pero en su empeño también procuraba actuar como guía. Independientemente de su fracaso o éxito, sentía que ponía siempre todo su corazón en ello y que estaba dispuesto a soportar las pesadas cargas de ese puesto. Eso ya le convertía en mejor líder de lo que ella había sido nunca.

Y sin embargo estaba ahí, lejos de sus compañeros, lejos de sus hombres. A ella no le quedaba nada, pero a él sí:

-¡Shaldur! –gritó con todas sus fuerzas. Una ola de calor sofocante invadió el aire de sus pulmones, escuchó una explosión a sus espaldas y vio una lluvia de cristales multicolor en el mismo momento en el que terminó de pronunciar estas palabras. Ambos se buscaron, agachados, con la mirada. Aidna corrió hacia él y le agarró de la pechera del jubón de cuero sin dudar ni un instante –¡Shaldur! ¿Qué haces aquí?

-Estoy ayudando a escapar a esta gente ¿Dónde están los demás? –respondió mientras miraba preocupado a su alrededor.

-No lo sé. Pero tú deberías estar con ellos. –la mujer señaló con el dedo índice hacia el sur, donde se estaba desarrollando la batalla.

-¿Y esta gente? –repuso dubitativo. Para la arquera era evidente que aquel hombre se hallaba terriblemente dividido. Sabía lo que era eso.

-Deberías ir con tus hombres. Si no lo haces, te arrepentirás toda tu vida. –sentenció clavando sus ojos increíblemente azules y duros en los suyos.

-¿Te encargas de ponerles a salvo? –casi no había terminado la frase y ya tenía aferradas con más fuerza sus dos hojas, era evidente que estaba a punto de salir corriendo hacia el combate

-¡Sí! –Aidna aprovechó el agarre para impulsarle en la dirección en la que estaba a punto de emprender la marcha Shaldur. Ella no miró atrás y se centró en el resto de personas que tenía alrededor.

Llegó hasta la entrada norte de las murallas. Los habitantes de Punta Arena corrían despavoridos, aunque no sabían muy bien a dónde dirigirse. Sus opciones eran limitadas y ella no conocía el terreno, pero tenía claro que, de haber una oportunidad de salir con vida, esta se hallaba en el bosque:

-¡Corred! ¡Al bosque! ¡Escondeos! ¡No os paréis! –ordenaba a todo aquel que pasaba por la puerta.

Cuando el flujo de gente comenzó a descender, fue el hada quien se adentró en la espesura. Allí encontró a muchos de los que se habían refugiado siguiendo sus instrucciones.

Un pánico terrible se adueñó de ella.

Nunca había servido para esto. De nuevo le asaltaron los recuerdos: había entrado en el servicio militar para restaurar el honor perdido de su familia y gracias a su destreza para matar había ido subiendo posiciones en la rígida jerarquía del ejército. Sin embargo, nunca había sido una buena líder. Individualista, independiente y libre, para ella el dirigir a otros era una carga de lo más tediosa, un dolor de cabeza que no deseaba. Y, a pesar de todo, por algún motivo que se escapaba a su comprensión, sus hombres le habían querido. Se habían quedado esperándola cuando ella se había marchado y cuando volvió, no hubo ni un solo reproche, solo afilada landralita sedienta de la sangre de sus enemigos y el deseo de morir todos juntos luchando una última vez.

Y ni de eso había sido capaz. Hasta ese punto les había fallado.

Pero esos cientos de ojos asustados no paraban de observarla en busca de alguna respuesta, de seguridad, de consuelo. Aidna no tenía nada de eso y a pesar de todo, aquellas gentes no tenían piedad, no apartaban la vista de su persona.

¿Qué esperaban? ¿Qué querían? Odiaba que se esperase de ella algo distinto a cazar a sus presas. No, de hecho, odiaba que se esperase absolutamente nada de ella. La responsabilidad sobre otras vidas era como lodo en sus vías respiratorias, le ahogaba cruelmente sin dejarle emitir ni tan siquiera un sonido de angustia: “No tengo nada para vosotros, marchaos. No puedo ayudaros. No tengo nada que merezca la pena. Lo mejor que podéis hacer es huir y buscaros la vida por vuestra cuenta”.

Se aclaró la garganta:

-¡Gentes de Punta Arena! –dijo en voz alta. En ese momento hasta los niños dejaron de llorar para escucharla. En su cabeza de nuevo aquella terrible perorata que parecía estar a punto de robarle la voz. Por fortuna algo de luz se hizo en mitad de todo aquel mar de tinieblas. Ella había estado, y de hecho todavía estaba, perdida, asustada y desamparada; ella también había perdido su hogar, su familia y amigos –Hoy es un día triste, pero seguís vivos. Y mientras que esto sea así, podréis alzaros un día más, luchar un día más. La ciudad puede haberse perdido, pero Punta Arena sigue aquí, con vosotros. Y cuando el tiempo sea propicio, recuperaremos lo que se os ha arrebatado.

Aidna no tenía nada que dar.

Nada salvo su espíritu inquebrantable.

Crónicas de las Siete Puntas: Reflexiones


 
 
La noche caía sobre el pacífico pueblo de Transbordador de Tortuga. No eran pocos los problemas que sus gentes habían tenido que superar, pero finalmente, gracias a los valientes esfuerzos de los aventureros popularmente conocidos como Los Alegres Borrachines, lograron salir airosos y podían por fin disfrutar de un momento de paz.

Mientras quizá la mayoría del grupo se preparaba a pasar lo que posiblemente sería su última noche en el poblado, antes de continuar su recorrido hacia su destino final de Punta Arena, Su Li Ha se había encerrado en su habitación de la posada con poco más que un té y unos pergaminos como compañía.

Necesitaba concentrarse, mas a diferencia de otras ocasiones, esta vez el asunto no se trataba, como de costumbre, sobre sus estudios arcanos. No. Tenía que preparar algo, es cierto, pero ese algo era muy distinto a lo que normalmente estaba habituada, algo que todavía no sabía del todo bien cómo encarar, y que en cierto modo hasta la intimidaba un poco.

Mas el destino había querido cruzar su camino con el de Aidna, una extraña hada que el grupo había logrado rescatar y acoger en su última aventura, y ahora la joven maga hallaba entre sus manos la compleja tarea de tener que enseñarle lo básico del idioma común en un plazo exiguo de apenas unas pocas semanas.

Ciertamente, este deber, esta responsabilidad, como lo sentía Su Li Ha, no representaba poca cosa para ella, y aunque no contaba con experiencia enseñando cosas a otros, no era menos cierto que estaba dispuesta a dar su mejor esfuerzo, por lo que resolvió se tomarse el asunto con seriedad. Se acercó al escritorio y tomó asiento. Suspiró, pensando y conociendo sobre la ardua labor que le aguardaba. Mas, tras un momento, frunció el ceño con decisión, y finalmente cogió una de las hojas dispuesta a comenzar preparar las lecciones. Sabía que sería una larga noche…

*      *      *

Varias horas habían transcurrido cuando, finalmente, satisfecha con su trabajo, la arcana mojó por última vez la pluma en el tintero, dispuesta a dar los últimos trazos sobre el papel que marcarían el final de su quehacer aquella noche. Su escritorio yacía casi plenamente ocupado por una serie de clases que había diagramado cuidadosamente en un conjunto de hojas papel que explicaban, a base de dibujos y señales sencillas, los significados de vocablos básicos, números, colores, entre otras cosas que la maga consideró de conocimiento esencial para el desenvolvimiento mínimo de su recientemente adquirida aprendiza de raza feérica.

No tenía certeza de que todo aquello funcionaría, pues poco o nada conocía de la civilización a la que alguna vez habría pertenecido Aidna, mas la joven arcana deducía que el proceso cognoscitivo no podía variar radicalmente entre sus razas. Y aun si aquél no era el caso, ¿qué más podía hacer?. Negó para sí ante el pensamiento, tratando de ahuyentar aquellas ideas negativas de duda e intentando convencerse a sí misma de que había hecho lo mejor que estaba a su alcance.




Dejó la pluma en el escritorio, y tras tapar cuidadosamente el tintero, se incorporó para dirigirse la ventana a tomar un poco de aire fresco. Afuera se respiraba un ambiente templado y agradable. Transbordador de Tortuga era un pueblo pequeño, por lo que la el silencio era dueño y señor de sus escasas calles a estas horas. A lo lejos podía verse como la luna se reflejaba sobre las aguas del lago aledaño. En otra dirección, también podían observarse edificios todavía a medio reparar, productos del desborde reciente que había afectado buena parte del lugar. Nada de ello, sin embargo, parecía llamar especialmente la atención de Su Li Ha, que se hallaba a sí misma observando hacia el horizonte con la mirada perdida.

Su cabeza era un remolino de pensamientos e ideas que luchaban por hallar un ansiado orden para la metódica arcana. Por un lado, la reciente muerte de sus compañeros todavía pesaba sobre ella, y desde su ocurrencia, no podía evitar ser asaltada con frecuencia por sentimientos de impotencia, frustración y tristeza que parecían siempre estar al acecho, sobre todo en sus momentos de mayor soledad.

Por otro lado, y ya desde que ella y sus compañeros habían partido aquél día de Punta Arena, sentía hallarse continuamente en una situación de desconcierto que parecía nunca hallar su fin. No solo desconocían el propósito final del enemigo al que se enfrentaban, quien quiera que estuviera moviendo los hilos detrás de toda aquella locura en la que se hallaban inmersos, sino que ni siquiera conocían su identidad. Y por si ello fuera poco, parecía que el grupo siempre llevaba varios pasos de desventaja, por mucho que se esforzaran. Sabía que a pesar de ello no debían desistir en su empresa, pues claramente todo ello tenía un tinte sumamente siniestro que, ultimadamente, no podía conducir a nada bueno, mas el panorama nunca parecía ser alentador para los aventureros, cual tormenta que nunca llega a disiparse.

Conociendo que poco más podía hacer que lo que ya estaba haciendo, la joven maga resolvió conducir sus pensamientos hacia lugares menos oscuros de su mente, en una suerte de intento desesperado por auto reconfortarse en su soledad.

Halló tal refugio en el recuerdo de su tierra natal, de su familia, de sus instructores, de sus amigos y conocidos. Cogió su amuleto entre sus manos, recordando la tarea que en su día la trajo a las costas de Varisia. Una sonrisa se dibujó en su rostro, y decidió reflexionar en el futuro para distraerse. Por un momento, se permitió soñar. Soñar mas allá de las incertidumbres a las que la ataba su angustioso presente. Soñar más allá del aquí y del ahora.

Las posibilidades se abrían ante ella en la nueva libertad que le admitían los confines irrestrictos de su mente. En una de aquellas, se imaginaba a sí misma regresando victoriosa a Tian Xia, donde era recibida gratamente por viejas caras conocidas, y felicitada ampliamente por sus descubrimientos y hazañas en el continente extranjero.

Sin embargo, a medida que pasaba más tiempo en suelo varisiano, también comenzaba a cementarse lentamente en su mente la posibilidad de una realidad distinta. Una en la que se imaginaba a sí misma fundando un enclave en Varisia e instruyendo nuevos aprendices como representante de la Sociedad del Sol y la Luna. Sin duda, como sus viajes se lo habían demostrado, estas eran tierras salvajes y vírgenes cuyos secretos aún estaban por descubrirse. Y en el fondo, la joven maga sabía bien que no alcanzaría con su sola voluntad para desentrañar estos secretos; eventualmente necesitaría ayuda y colaboración de otros eruditos y colegas afines. Qué mejor idea pues, que instruirlos tal como sus instructores lo habían hecho con ella.

Y aunque tales ideas no eran más que eso, al menos de momento, sí que lograban calmar y reconfortar un poco a Su Li Ha. Con convicción renovada, la joven maga hallaba ahora un nuevo propósito en la enseñanza que tenía por delante impartir en Aidna: sería su primer aprendiz, si, mas quizá no la última. Un paso a la vez susurró finalmente para sí.

Con estos pensamientos en mente, y con escasas horas separándola del alba, resolvió finalmente descansar. Su futuro le aguardaba al día siguiente.

Cuaderno de bitácora: Deuda de sangre

“El humo y el fuego ya habían dejado de ser los problemas más graves a los que se enfrentaba nuestro grupo. Brandán había estado apagando un...