El infierno se había desatado sobre Punta Arena.
Un extraño olor a azufre y a fuego había llegado hasta a
Aidna, pero cometió el error de no darle importancia hasta que el sol se
oscureció. Alzó la cabeza y no pudo reprimir un escalofrío.
Entre los suyos se contaban leyendas de cuando el mundo era
todavía joven, mas no quedaba nadie vivo para recordarlo. Sin embargo, los
cuentos hablaban de unos monstruos reptilianos, gigantescos, alados, que
respiraban fuego y eran capaces de exhalarlo haciendo que se fundiera incluso
la roca. Y allí estaba, esa furia roja descendía de entre las nubes como si de
la ira de los dioses se tratase, barriendo con su aliento ígneo todo lo que las
llamas tocaban. Incluso desde las murallas, el espectáculo era sobrecogedor.
Un alarido le sacó de su ensimismamiento. Los gigantes
entraban por el este, sus compañeros resistían, pero no podían hacer frente a aquello. Desde su posición privilegiada
observó a la gente correr por las callejuelas de Punta Arena: una mujer llevando
a dos críos a rastras y a la carrera, un joven ayudando a un anciano en su
camino al puerto, un par de amantes abrazados bajo el umbral de una puerta.
Y de repente esos rostros ya no eran tan extraños. Esos
seres de orejas mochadas, con sus cortas vidas y sus incomprensibles costumbres
ya no le eran tan ajenos. Los edificios eran distintos, el paisaje también.
Pero el hedor era idéntico al de aquel entonces. Y el horror se grita igual en
todas las lenguas. Ahora era su gente la que corría por las calles de la
ciudad, eran esa madre con sus hijos, ese hombre y su padre y esa pareja que se
miraba, como si fuera la última vez, a los ojos.
Hacía más de doscientos años que cometió el error de no
estar donde le dictaba su corazón en el momento en el que debía estarlo.
Demasiado tarde, demasiado lenta.
Los huesos de sus hermanos y hermanas alimentaban la tierra,
pero los de aquellas personas todavía no.
No era demasiado tarde y, por todos los malditos dioses, no
iba a ser demasiado lenta.
Bajó de la muralla de un salto, como de costumbre ni el
polvo del camino hizo amago de moverse cuando posó los pies en el suelo. Corrió
como hacía cientos de años no hacía. Agarró a cada persona que se encontró en
su desenfrenada carrera y les instó a que la siguieran: irían hacia el puerto,
era la ruta más segura.
Fue entonces cuando los vio: tres poderosos gigantes
campaban por el sur de la ciudad, atrapando a todo aquel que se cruzaba en su
camino. Miró a sus espaldas y supo que si entraba en combate con ellos seguramente
toda aquella gente correría peligro, necesitaba cambiar de estrategia. Les
gritó que fueran a la plaza y de allí a la puerta norte, se reuniría con todos
a las afueras.
Aidna atajó por la catedral y tuvo un mal presentimiento
mientras atravesaba la sala principal. Nada más salir vio a Shaldur, él también
estaba evacuando a aquella gente. Sintió alegría, incluso cierto alivio, pero
al segundo siguiente recordó una cosa que hizo que algo muy dentro de ella se
retorciera y le mordiera salvajemente las entrañas: el explorador era una luz
para sus amigos. En aquel extraño grupo no parecía haber jerarquía, sin embargo,
él tenía algo que no era capaz de identificar. Quizá fuera su deseo de proteger
a aquellos que eran importantes para él, pero en su empeño también procuraba
actuar como guía. Independientemente de su fracaso o éxito, sentía que ponía
siempre todo su corazón en ello y que estaba dispuesto a soportar las pesadas
cargas de ese puesto. Eso ya le convertía en mejor líder de lo que ella había
sido nunca.
Y sin embargo estaba ahí, lejos de sus compañeros, lejos de
sus hombres. A ella no le quedaba nada, pero a él sí:
-¡Shaldur! –gritó con todas sus fuerzas. Una ola de calor
sofocante invadió el aire de sus pulmones, escuchó una explosión a sus espaldas
y vio una lluvia de cristales multicolor en el mismo momento en el que terminó
de pronunciar estas palabras. Ambos se buscaron, agachados, con la mirada.
Aidna corrió hacia él y le agarró de la pechera del jubón de cuero sin dudar ni
un instante –¡Shaldur! ¿Qué haces aquí?
-Estoy ayudando a escapar a esta gente ¿Dónde están los
demás? –respondió mientras miraba preocupado a su alrededor.
-No lo sé. Pero tú deberías estar con ellos. –la mujer
señaló con el dedo índice hacia el sur, donde se estaba desarrollando la
batalla.
-¿Y esta gente? –repuso dubitativo. Para la arquera era
evidente que aquel hombre se hallaba terriblemente dividido. Sabía lo que era
eso.
-Deberías ir con tus hombres. Si no lo haces, te
arrepentirás toda tu vida. –sentenció clavando sus ojos increíblemente azules y
duros en los suyos.
-¿Te encargas de ponerles a salvo? –casi no había terminado
la frase y ya tenía aferradas con más fuerza sus dos hojas, era evidente que
estaba a punto de salir corriendo hacia el combate
-¡Sí! –Aidna aprovechó el agarre para impulsarle en la
dirección en la que estaba a punto de emprender la marcha Shaldur. Ella no miró
atrás y se centró en el resto de personas que tenía alrededor.
Llegó hasta la entrada norte de las murallas. Los habitantes
de Punta Arena corrían despavoridos, aunque no sabían muy bien a dónde
dirigirse. Sus opciones eran limitadas y ella no conocía el terreno, pero tenía
claro que, de haber una oportunidad de salir con vida, esta se hallaba en el
bosque:
-¡Corred! ¡Al bosque! ¡Escondeos! ¡No os paréis! –ordenaba a
todo aquel que pasaba por la puerta.
Cuando el flujo de gente comenzó a descender, fue el hada
quien se adentró en la espesura. Allí encontró a muchos de los que se habían
refugiado siguiendo sus instrucciones.
Un pánico terrible se adueñó de ella.
Nunca había servido para esto. De nuevo le asaltaron los
recuerdos: había entrado en el servicio militar para restaurar el honor perdido
de su familia y gracias a su destreza para matar había ido subiendo posiciones
en la rígida jerarquía del ejército. Sin embargo, nunca había sido una buena
líder. Individualista, independiente y libre, para ella el dirigir a otros era
una carga de lo más tediosa, un dolor de cabeza que no deseaba. Y, a pesar de
todo, por algún motivo que se escapaba a su comprensión, sus hombres le habían
querido. Se habían quedado esperándola cuando ella se había marchado y cuando
volvió, no hubo ni un solo reproche, solo afilada landralita sedienta de la
sangre de sus enemigos y el deseo de morir todos juntos luchando una última
vez.
Y ni de eso había sido capaz. Hasta ese punto les había
fallado.
Pero esos cientos de ojos asustados no paraban de observarla
en busca de alguna respuesta, de seguridad, de consuelo. Aidna no tenía nada de
eso y a pesar de todo, aquellas gentes no tenían piedad, no apartaban la vista
de su persona.
¿Qué esperaban? ¿Qué querían? Odiaba que se esperase de ella
algo distinto a cazar a sus presas. No, de hecho, odiaba que se esperase
absolutamente nada de ella. La responsabilidad sobre otras vidas era como lodo
en sus vías respiratorias, le ahogaba cruelmente sin dejarle emitir ni tan
siquiera un sonido de angustia: “No tengo nada para vosotros, marchaos. No
puedo ayudaros. No tengo nada que merezca la pena. Lo mejor que podéis hacer es
huir y buscaros la vida por vuestra cuenta”.
Se aclaró la garganta:
-¡Gentes de Punta Arena! –dijo en voz alta. En ese momento
hasta los niños dejaron de llorar para escucharla. En su cabeza de nuevo
aquella terrible perorata que parecía estar a punto de robarle la voz. Por
fortuna algo de luz se hizo en mitad de todo aquel mar de tinieblas. Ella había
estado, y de hecho todavía estaba, perdida, asustada y desamparada; ella
también había perdido su hogar, su familia y amigos –Hoy es un día triste, pero
seguís vivos. Y mientras que esto sea así, podréis alzaros un día más, luchar
un día más. La ciudad puede haberse perdido, pero Punta Arena sigue aquí, con
vosotros. Y cuando el tiempo sea propicio, recuperaremos lo que se os ha
arrebatado.
Aidna no tenía nada que dar.
Nada salvo su espíritu inquebrantable.
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