La noche caía sobre el pacífico pueblo de Transbordador de Tortuga. No eran pocos los problemas que sus gentes habían tenido que superar, pero finalmente, gracias a los valientes esfuerzos de los aventureros popularmente conocidos como Los Alegres Borrachines, lograron salir airosos y podían por fin disfrutar de un momento de paz.
Mientras quizá la mayoría del grupo se preparaba a pasar lo que posiblemente sería su última noche en el poblado, antes de continuar su recorrido hacia su destino final de Punta Arena, Su Li Ha se había encerrado en su habitación de la posada con poco más que un té y unos pergaminos como compañía.
Necesitaba concentrarse, mas a diferencia de otras ocasiones, esta vez el asunto no se trataba, como de costumbre, sobre sus estudios arcanos. No. Tenía que preparar algo, es cierto, pero ese algo era muy distinto a lo que normalmente estaba habituada, algo que todavía no sabía del todo bien cómo encarar, y que en cierto modo hasta la intimidaba un poco.
Necesitaba concentrarse, mas a diferencia de otras ocasiones, esta vez el asunto no se trataba, como de costumbre, sobre sus estudios arcanos. No. Tenía que preparar algo, es cierto, pero ese algo era muy distinto a lo que normalmente estaba habituada, algo que todavía no sabía del todo bien cómo encarar, y que en cierto modo hasta la intimidaba un poco.
Mas el destino había querido cruzar su camino con el de Aidna, una extraña hada que el grupo había logrado rescatar y acoger en su última aventura, y ahora la joven maga hallaba entre sus manos la compleja tarea de tener que enseñarle lo básico del idioma común en un plazo exiguo de apenas unas pocas semanas.
Ciertamente, este deber, esta responsabilidad, como lo sentía Su Li Ha, no representaba poca cosa para ella, y aunque no contaba con experiencia enseñando cosas a otros, no era menos cierto que estaba dispuesta a dar su mejor esfuerzo, por lo que resolvió se tomarse el asunto con seriedad. Se acercó al escritorio y tomó asiento. Suspiró, pensando y conociendo sobre la ardua labor que le aguardaba. Mas, tras un momento, frunció el ceño con decisión, y finalmente cogió una de las hojas dispuesta a comenzar preparar las lecciones. Sabía que sería una larga noche…
Ciertamente, este deber, esta responsabilidad, como lo sentía Su Li Ha, no representaba poca cosa para ella, y aunque no contaba con experiencia enseñando cosas a otros, no era menos cierto que estaba dispuesta a dar su mejor esfuerzo, por lo que resolvió se tomarse el asunto con seriedad. Se acercó al escritorio y tomó asiento. Suspiró, pensando y conociendo sobre la ardua labor que le aguardaba. Mas, tras un momento, frunció el ceño con decisión, y finalmente cogió una de las hojas dispuesta a comenzar preparar las lecciones. Sabía que sería una larga noche…
* * *
Varias horas habían transcurrido cuando, finalmente, satisfecha con su trabajo, la arcana mojó por última vez la pluma en el tintero, dispuesta a dar los últimos trazos sobre el papel que marcarían el final de su quehacer aquella noche. Su escritorio yacía casi plenamente ocupado por una serie de clases que había diagramado cuidadosamente en un conjunto de hojas papel que explicaban, a base de dibujos y señales sencillas, los significados de vocablos básicos, números, colores, entre otras cosas que la maga consideró de conocimiento esencial para el desenvolvimiento mínimo de su recientemente adquirida aprendiza de raza feérica.
No tenía certeza de que todo aquello funcionaría, pues poco o nada conocía de la civilización a la que alguna vez habría pertenecido Aidna, mas la joven arcana deducía que el proceso cognoscitivo no podía variar radicalmente entre sus razas. Y aun si aquél no era el caso, ¿qué más podía hacer?. Negó para sí ante el pensamiento, tratando de ahuyentar aquellas ideas negativas de duda e intentando convencerse a sí misma de que había hecho lo mejor que estaba a su alcance.
No tenía certeza de que todo aquello funcionaría, pues poco o nada conocía de la civilización a la que alguna vez habría pertenecido Aidna, mas la joven arcana deducía que el proceso cognoscitivo no podía variar radicalmente entre sus razas. Y aun si aquél no era el caso, ¿qué más podía hacer?. Negó para sí ante el pensamiento, tratando de ahuyentar aquellas ideas negativas de duda e intentando convencerse a sí misma de que había hecho lo mejor que estaba a su alcance.
Dejó la pluma en el escritorio, y tras tapar cuidadosamente el tintero, se incorporó para dirigirse la ventana a tomar un poco de aire fresco. Afuera se respiraba un ambiente templado y agradable. Transbordador de Tortuga era un pueblo pequeño, por lo que la el silencio era dueño y señor de sus escasas calles a estas horas. A lo lejos podía verse como la luna se reflejaba sobre las aguas del lago aledaño. En otra dirección, también podían observarse edificios todavía a medio reparar, productos del desborde reciente que había afectado buena parte del lugar. Nada de ello, sin embargo, parecía llamar especialmente la atención de Su Li Ha, que se hallaba a sí misma observando hacia el horizonte con la mirada perdida.
Su cabeza era un remolino de pensamientos e ideas que luchaban por hallar un ansiado orden para la metódica arcana. Por un lado, la reciente muerte de sus compañeros todavía pesaba sobre ella, y desde su ocurrencia, no podía evitar ser asaltada con frecuencia por sentimientos de impotencia, frustración y tristeza que parecían siempre estar al acecho, sobre todo en sus momentos de mayor soledad.
Por otro lado, y ya desde que ella y sus compañeros habían partido aquél día de Punta Arena, sentía hallarse continuamente en una situación de desconcierto que parecía nunca hallar su fin. No solo desconocían el propósito final del enemigo al que se enfrentaban, quien quiera que estuviera moviendo los hilos detrás de toda aquella locura en la que se hallaban inmersos, sino que ni siquiera conocían su identidad. Y por si ello fuera poco, parecía que el grupo siempre llevaba varios pasos de desventaja, por mucho que se esforzaran. Sabía que a pesar de ello no debían desistir en su empresa, pues claramente todo ello tenía un tinte sumamente siniestro que, ultimadamente, no podía conducir a nada bueno, mas el panorama nunca parecía ser alentador para los aventureros, cual tormenta que nunca llega a disiparse.
Conociendo que poco más podía hacer que lo que ya estaba haciendo, la joven maga resolvió conducir sus pensamientos hacia lugares menos oscuros de su mente, en una suerte de intento desesperado por auto reconfortarse en su soledad.
Halló tal refugio en el recuerdo de su tierra natal, de su familia, de sus instructores, de sus amigos y conocidos. Cogió su amuleto entre sus manos, recordando la tarea que en su día la trajo a las costas de Varisia. Una sonrisa se dibujó en su rostro, y decidió reflexionar en el futuro para distraerse. Por un momento, se permitió soñar. Soñar mas allá de las incertidumbres a las que la ataba su angustioso presente. Soñar más allá del aquí y del ahora.
Las posibilidades se abrían ante ella en la nueva libertad que le admitían los confines irrestrictos de su mente. En una de aquellas, se imaginaba a sí misma regresando victoriosa a Tian Xia, donde era recibida gratamente por viejas caras conocidas, y felicitada ampliamente por sus descubrimientos y hazañas en el continente extranjero.
Sin embargo, a medida que pasaba más tiempo en suelo varisiano, también comenzaba a cementarse lentamente en su mente la posibilidad de una realidad distinta. Una en la que se imaginaba a sí misma fundando un enclave en Varisia e instruyendo nuevos aprendices como representante de la Sociedad del Sol y la Luna. Sin duda, como sus viajes se lo habían demostrado, estas eran tierras salvajes y vírgenes cuyos secretos aún estaban por descubrirse. Y en el fondo, la joven maga sabía bien que no alcanzaría con su sola voluntad para desentrañar estos secretos; eventualmente necesitaría ayuda y colaboración de otros eruditos y colegas afines. Qué mejor idea pues, que instruirlos tal como sus instructores lo habían hecho con ella.
Y aunque tales ideas no eran más que eso, al menos de momento, sí que lograban calmar y reconfortar un poco a Su Li Ha. Con convicción renovada, la joven maga hallaba ahora un nuevo propósito en la enseñanza que tenía por delante impartir en Aidna: sería su primer aprendiz, si, mas quizá no la última. Un paso a la vez susurró finalmente para sí.
Con estos pensamientos en mente, y con escasas horas separándola del alba, resolvió finalmente descansar. Su futuro le aguardaba al día siguiente.
Su cabeza era un remolino de pensamientos e ideas que luchaban por hallar un ansiado orden para la metódica arcana. Por un lado, la reciente muerte de sus compañeros todavía pesaba sobre ella, y desde su ocurrencia, no podía evitar ser asaltada con frecuencia por sentimientos de impotencia, frustración y tristeza que parecían siempre estar al acecho, sobre todo en sus momentos de mayor soledad.
Por otro lado, y ya desde que ella y sus compañeros habían partido aquél día de Punta Arena, sentía hallarse continuamente en una situación de desconcierto que parecía nunca hallar su fin. No solo desconocían el propósito final del enemigo al que se enfrentaban, quien quiera que estuviera moviendo los hilos detrás de toda aquella locura en la que se hallaban inmersos, sino que ni siquiera conocían su identidad. Y por si ello fuera poco, parecía que el grupo siempre llevaba varios pasos de desventaja, por mucho que se esforzaran. Sabía que a pesar de ello no debían desistir en su empresa, pues claramente todo ello tenía un tinte sumamente siniestro que, ultimadamente, no podía conducir a nada bueno, mas el panorama nunca parecía ser alentador para los aventureros, cual tormenta que nunca llega a disiparse.
Conociendo que poco más podía hacer que lo que ya estaba haciendo, la joven maga resolvió conducir sus pensamientos hacia lugares menos oscuros de su mente, en una suerte de intento desesperado por auto reconfortarse en su soledad.
Halló tal refugio en el recuerdo de su tierra natal, de su familia, de sus instructores, de sus amigos y conocidos. Cogió su amuleto entre sus manos, recordando la tarea que en su día la trajo a las costas de Varisia. Una sonrisa se dibujó en su rostro, y decidió reflexionar en el futuro para distraerse. Por un momento, se permitió soñar. Soñar mas allá de las incertidumbres a las que la ataba su angustioso presente. Soñar más allá del aquí y del ahora.
Las posibilidades se abrían ante ella en la nueva libertad que le admitían los confines irrestrictos de su mente. En una de aquellas, se imaginaba a sí misma regresando victoriosa a Tian Xia, donde era recibida gratamente por viejas caras conocidas, y felicitada ampliamente por sus descubrimientos y hazañas en el continente extranjero.
Sin embargo, a medida que pasaba más tiempo en suelo varisiano, también comenzaba a cementarse lentamente en su mente la posibilidad de una realidad distinta. Una en la que se imaginaba a sí misma fundando un enclave en Varisia e instruyendo nuevos aprendices como representante de la Sociedad del Sol y la Luna. Sin duda, como sus viajes se lo habían demostrado, estas eran tierras salvajes y vírgenes cuyos secretos aún estaban por descubrirse. Y en el fondo, la joven maga sabía bien que no alcanzaría con su sola voluntad para desentrañar estos secretos; eventualmente necesitaría ayuda y colaboración de otros eruditos y colegas afines. Qué mejor idea pues, que instruirlos tal como sus instructores lo habían hecho con ella.
Y aunque tales ideas no eran más que eso, al menos de momento, sí que lograban calmar y reconfortar un poco a Su Li Ha. Con convicción renovada, la joven maga hallaba ahora un nuevo propósito en la enseñanza que tenía por delante impartir en Aidna: sería su primer aprendiz, si, mas quizá no la última. Un paso a la vez susurró finalmente para sí.
Con estos pensamientos en mente, y con escasas horas separándola del alba, resolvió finalmente descansar. Su futuro le aguardaba al día siguiente.



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