"Seguían a
Shaldur, que corría persiguiendo a los tres jinetes que se llevaban a
su amada, o al menos eso creían todos ellos. El camino se bifurcaba y
pasaba por un bosque, el explorador, les esperaba en el linde y se
apresuró a seguir hacia el sur, el elfo hacia el este, detrás de
unos árboles. La lluvia comenzaba siendo muy fina, pronto estarían
empapados y calados hasta los mismísimos huesos. De pronto, el
joven Shaldur se vio sorprendido por un atacante, que caía de encima un
árbol en el que estaba apostado, caía como una roca, con las dos manos golpeando como un
solo puño desde arriba. Jade pudo ver la emboscada sorpresa a tiempo
y avisar a sus compañeros de lo que estaba ocurriendo, mientras
corría a proteger a su amigo. Y entonces, la lluvia empapo sus ojos,
o eso creía el elfo, iluso de él...
Se sentía mareado,
como si estuviera bajo los efectos del alcohol o de alguna de esas
drogas de los bajos fondos, de esas que una vez las pruebas acabas
enganchado hasta tu muerte. Y entonces el combate se encarnizo para
el elfo, golpeando con sus roperas, pero algo era extraño, notaba el
sabor de la sangre en su boca, aunque no estaba herido y eso le
gustaba. La mano diestra que empuñaba esa ropera, aquella que compro
en sus inicios con el grupo en la ahora lejana Punta Arena, la Ropera
de “Alaric el Negro”, una obra maestra le dijo el vendedor, que
perteneció a un antiguo pirata, no fue demasiada cara para un arma
de una calidad y manufactura exquisita, tres granates deslustrados,
arañados y gastados adornaban la filigrana de su empuñadura.
El arma ahora le dolía en la mano, pero eso no le molestaba, si no todo lo contrario,
le daba una cierta seguridad. Y los granates deslustrados y gastados
ahora brillaban rojos repletos de una vida y un fulgor desconocidos
hasta la fecha, con cada golpe que daba y probaba la sangre, más
satisfecho y contento se encontraba el elfo, y eso no podía ser
nada bueno. Los enemigos no hacían más que salir de sus escondites en
los árboles, pronto se vieron rodeados por al menos diez de ellos. La
lluvia cada vez arreciaba más y más fuerte. Sus compañeros se
defendían como podían, y entonces vio sus ojos convertirse en dos
pozos negros sin fondo, sin atisbo de humanidad alguna.
Y llegaron las risas
sin control y desquiciadas, se giro a ver a Su Li Ha que había
llegado para lanzarle algún conjuro que lo hacia más rápido, eso
era lo que le faltaba, velocidad. La tormenta apretaba, rayos y
truenos por doquier acechaban. Le sonrió maliciosamente mientras se
relamía la sangre de sus labios, y clavo sus roperas girándolas con
saña en su enemigo y estirando para si. Empujo a un lado de una
patada a Zorta, la perra loba de Shaldur, le estorbaba en su objetivo. Y se enfrasco
con el siguiente enemigo, la mano de la ropera le quemaba, pero la
agarraba con más fuerza, golpeo con furia y determinación.
Reía como un loco,
completamente ido, al sacar la ropera lamió la hoja repleta de sangre
sonriendo mientras miraba a su enemigo, que decidió salir huyendo al
ver al elfo en ese estado de locura. Y Jade lo persiguió sin tregua, sin darle ni siquiera
cuartel, cayendo al suelo riendo condenadamente, lamiendo, bebiendo
del agua encharcada y ensangrentada. Al incorporarse vio como Amara
se acercaba y empezó a gritar, que iba a matarlos a todos, que esa
espada era suya y nadie se la iba a tocar y menos quitar, se enfrento
a la mujer, a su amada sin verla, estaba embotado y sin ser el elfo
de siempre. El enemigo aprovecho para huir de ahí.
El elfo reía y reía
mientras se hacia el silencio a su alrededor, y sus compañeros lo
miraban con temor y sin saber muy bien que hacer o como reaccionar,
los últimos enemigos o estaban muertos o habían huido, pero el elfo
quería más, quería más sangre, más muerte, más caos y sobretodo más destrucción.
Retrocedió unos pasos hacia atrás, mientras una neblina rojiza le envolvía, y en un último atisbo de humanidad, les grito que no se acercaran, que no podían hacer nada, los miro por última vez y centro por último su mirada en la que había sido su amada y sonrió, sus ojos verdes brillaron por una milésima de segundo antes de desaparecer en ese arremolinado fulgor rojizo, dejando tras de si, cayendo al suelo donde segundos antes se encontraba Jade, solo un colgante que llevaba al cuello desde hacia mucho tiempo, la medalla de Sarenrae...”
Retrocedió unos pasos hacia atrás, mientras una neblina rojiza le envolvía, y en un último atisbo de humanidad, les grito que no se acercaran, que no podían hacer nada, los miro por última vez y centro por último su mirada en la que había sido su amada y sonrió, sus ojos verdes brillaron por una milésima de segundo antes de desaparecer en ese arremolinado fulgor rojizo, dejando tras de si, cayendo al suelo donde segundos antes se encontraba Jade, solo un colgante que llevaba al cuello desde hacia mucho tiempo, la medalla de Sarenrae...”

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