domingo, 1 de marzo de 2020

"Memorias de un Elfo Amnésico VII" - Oscuridad

"Seguían a Shaldur, que corría persiguiendo a los tres jinetes que se llevaban a su amada, o al menos eso creían todos ellos. El camino se bifurcaba y pasaba por un bosque, el explorador, les esperaba en el linde y se apresuró a seguir hacia el sur, el elfo hacia el este, detrás de unos árboles. La lluvia comenzaba siendo muy fina, pronto estarían empapados y calados hasta los mismísimos huesos. De pronto, el joven Shaldur se vio sorprendido por un atacante, que caía de encima un árbol en el que estaba apostado, caía  como una roca, con las dos manos golpeando como un solo puño desde arriba. Jade pudo ver la emboscada sorpresa a tiempo y avisar a sus compañeros de lo que estaba ocurriendo, mientras corría a proteger a su amigo. Y entonces, la lluvia empapo sus ojos, o eso creía el elfo, iluso de él...

Se sentía mareado, como si estuviera bajo los efectos del alcohol o de alguna de esas drogas de los bajos fondos, de esas que una vez las pruebas acabas enganchado hasta tu muerte. Y entonces el combate se encarnizo para el elfo, golpeando con sus roperas, pero algo era extraño, notaba el sabor de la sangre en su boca, aunque no estaba herido y eso le gustaba. La mano diestra que empuñaba esa ropera, aquella que compro en sus inicios con el grupo en la ahora lejana Punta Arena, la Ropera de “Alaric el Negro”, una obra maestra le dijo el vendedor, que perteneció a un antiguo pirata, no fue demasiada cara para un arma de una calidad y manufactura exquisita, tres granates deslustrados, arañados y gastados adornaban la filigrana de su empuñadura.

El arma ahora le dolía en la mano, pero eso no le molestaba, si no todo lo contrario, le daba una cierta seguridad. Y los granates deslustrados y gastados ahora brillaban rojos repletos de una vida y un fulgor desconocidos hasta la fecha, con cada golpe que daba y probaba la sangre, más satisfecho y contento se encontraba el elfo, y eso no podía ser nada bueno. Los enemigos no hacían más que salir de sus escondites en los árboles, pronto se vieron rodeados por al menos diez de ellos. La lluvia cada vez arreciaba más y más fuerte. Sus compañeros se defendían como podían, y entonces vio sus ojos convertirse en dos pozos negros sin fondo, sin atisbo de humanidad alguna.

Y llegaron las risas sin control y desquiciadas, se giro a ver a Su Li Ha que había llegado para lanzarle algún conjuro que lo hacia más rápido, eso era lo que le faltaba, velocidad. La tormenta apretaba, rayos y truenos por doquier acechaban. Le sonrió maliciosamente mientras se relamía la sangre de sus labios, y clavo sus roperas girándolas con saña en su enemigo y estirando para si. Empujo a un lado de una patada a Zorta, la perra loba de Shaldur, le estorbaba en su objetivo. Y se enfrasco con el siguiente enemigo, la mano de la ropera le quemaba, pero la agarraba con más fuerza, golpeo con furia y determinación.

Reía como un loco, completamente ido, al sacar la ropera lamió la hoja repleta de sangre sonriendo mientras miraba a su enemigo, que decidió salir huyendo al ver al elfo en ese estado de locura. Y Jade lo persiguió sin tregua, sin darle ni siquiera cuartel, cayendo al suelo riendo condenadamente, lamiendo, bebiendo del agua encharcada y ensangrentada. Al incorporarse vio como Amara se acercaba y empezó a gritar, que iba a matarlos a todos, que esa espada era suya y nadie se la iba a tocar y menos quitar, se enfrento a la mujer, a su amada sin verla, estaba embotado y sin ser el elfo de siempre. El enemigo aprovecho para huir de ahí.

El elfo reía y reía mientras se hacia el silencio a su alrededor, y sus compañeros lo miraban con temor y sin saber muy bien que hacer o como reaccionar, los últimos enemigos o estaban muertos o habían huido, pero el elfo quería más, quería más sangre, más muerte, más caos y sobretodo más destrucción. 

Retrocedió unos pasos hacia atrás, mientras una neblina rojiza le envolvía, y en un último atisbo de humanidad, les grito que no se acercaran, que no podían hacer nada, los miro por última vez y centro por último su mirada en la que había sido su amada y sonrió, sus ojos verdes brillaron por una milésima de segundo antes de desaparecer en ese arremolinado fulgor rojizo, dejando tras de si, cayendo al suelo donde segundos antes se encontraba Jade, solo un colgante que llevaba al cuello desde hacia mucho tiempo, la medalla de Sarenrae...”

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Cuaderno de bitácora: Deuda de sangre

“El humo y el fuego ya habían dejado de ser los problemas más graves a los que se enfrentaba nuestro grupo. Brandán había estado apagando un...