martes, 3 de noviembre de 2020

Normal

 Hacía poco que habían comenzado su periplo desde Trasbordador de Tortuga hasta Wartle. El grupo se hallaba a bordo de una de las gabarras que lo cruzaban periódicamente de un lado a otro llevando mercancías y pasajeros.

El sol comenzaba a ocultarse a través de un horizonte preñado de colores cálidos que contrastaban con el todavía frío ambiente propio del último mes del invierno. Tobías se había afanado unas horas antes en preparar una cena copiosa y contundente, como de costumbre. Ahora se encaminaba hacia la solitaria Aidna con un par de cuencos de estofado en las manos. La mujer había tenido grandes dificultades para comunicarse con ellos sin la ayuda de Su Li Ha, pero aun ahora, a pesar de los avances que la maga insistía que había hecho con el idioma, apenas hablaba, mostrándose de algún modo distante y fuera de lugar.

-¡Hola! Toma un poco, estás muy flaca. El plato tiene un guiso con trozos de pescado y algunas verduras de la zona ¿Puedo sentarme? –preguntó mientras dejaba caer su enorme corpachón en el suelo del barco

El hada se encontraba con la vista perdida en el paisaje que tenía a su alrededor. Su expresión reflejaba un mal disimulado sobrecogimiento. Sin embargo, no pareció perturbarse lo más mínimo ante la presencia del hombre, a pesar de que este se había dirigido a ella desde fuera de su campo de visión. De alguna forma ya sabía que estaba ahí:

-Gracias. –contestó a tomando el plato a la par que le miraba, no con desconfianza, pero sí con cierta curiosidad, evaluándole. Un gesto habitual en ella.

El siervo de Gorum ahora no llevaba puesta del todo su armadura de placas, dejando los brazos libres, solo cubriéndole el pecho:

-Hacía tiempo que quería hablar contigo ¿Qué tal estas? –preguntó con una sonrisa mientras devoraba grandes cucharadas de guiso.

Aidna se sentó guardando las distancias, con la misma gracilidad y ligereza con la que una hoja aterriza en el suelo. Tras olisquear el plato, sus facciones se relajaron, parecía agradada por el aroma:

-Bien... –Durante unos segundos su gesto expresó un terrible esfuerzo mental –¿Y tú?

-Todo lo bien que se puede estar. –sentenció terminando rápidamente su plato y relamiéndose los dedos. –¡Volvemos a Punta arena! Allí deje buenos amigos. Luchaste muy bien en el Monte Garfio, parecías una gorumita autentica.

La mujer le miró desconcertada mientras cogía un trozo de pescado con los dedos, siendo este gesto extrañamente delicado, incluso elegante:

-No entiendo... ¿Podrías hablar más despacio? –al formular la pregunta parecía mascar las palabras

Tobías se quedó pensativo un tiempo, sin comprender. Después comenzó a reír:

 -Ah, sí, perdona.

-Otra vez -le miró como miraría a una presa, aquello estaba resultando un reto y lo disfrutaba en cierto modo.

-Que eres una gran luchadora, he visto pocas veces usar el arco con tanta habilidad.

 

-Gracias. –Comió otro trozo, por un segundo pareció estar a punto de esbozar una sonrisa. –No estoy fuerte pero sí estoy hábil. –sin embargo ese atisbo nunca terminó de aflorar –Antes estaba… mejor.

-¡No es más fuerte el que más duro golpea, sino el que sabe dónde golpear! –afirmó satisfecho

-... Sí. –respondió con un tono ligeramente inseguro. Su interlocutor tenía la sospecha de que no le había entendido

-¿Has estado mucho tiempo encerrada?

Aidna sintió un enorme pesar que apenas pudo ocultar:

-No mucho... pero es igual que una eternidad.

-Pudiste vengarte, eso es importante. Me alegra que te hayas unido a nosotros, hemos perdido compañeros, ¡pero es una alegría conocer nuevos! –exclamó mostrando una sonrisa franca, propia de la persona sencilla y clara que era él.

-¿Estás triste y contento? –De nuevo su voz y rostro mostraban desconcierto.

-Murieron en combate –dijo tras asentir con la cabeza –Les echare de menos y me gustaría que estuvieran aquí, pero encontraron su final de una forma digna –Aidna continuó observándole. Una ligera brecha en el espejo de sus ojos, increíblemente azules, terriblemente profundos, consiguió abrirse paso –Gorum me ha enseñado a seguir adelante. Vi morir a mi padre en combate y he perdido muchos compañeros y amigos, pero sé que hay que seguir, honrando a los que se lo merecen y conociendo gente nueva. –terminó con otra sonrisa.

-Hablas de muerte como hablas de las estaciones. –su tono era frío, distante, como si su alma estuviera encerrada en la más profunda y helada de las cavernas

-La vida es corta. La gente muere de muchas formas. Solo temo morir de una forma indigna- su rostro se oscureció –Pero por Gorum que aprovechare lo que tengo. Por eso me alegro de que estés con nosotros, siempre es bueno conocer nuevos camaradas.

-Supongo que un par de cientos de años no está mucho tiempo... –murmuró acercándose el cuenco a los labios –Cómo lo veo yo y tú es distinto.

-¿Cientos de años? –esta vez era el humano el que le preguntaba extrañado –Solo los elfos y enanos viven eso.

-¿Elfos? ¿Enanos?

- Pues... eso, elfos y enanos. Los elfos son delgados, con orejas picudas. Ese que te dio el arco, Jade, era elfo. Y los enanos son bajitos, fuertes y anchos.

-Tenía orejas largas. –apuntó mientras se tocaba las suyas.

-Sí. Se parecen a ti ¿No eres un elfo?

-Pienso no. -entrecerró los ojos, mirando las orejas del hombre girando ligeramente la cabeza- Tú eres humano ¿ah?

-Sí. –afirmó sonriendo a la par que se golpeaba el impoluto peto de placas –Varisiano de pura cepa.

-Entonces vives más. –dedujo

-¿Que los elfos? –estalló en carcajadas –No, ojala. Vivimos sesenta o setenta años, los más viejos que he visto son de ochenta años y parecían uvas pasas.

El hada le miró anonadada, dejando la mano con la que cogía el cuenco inerte, haciendo que este cayera al suelo, derramando parte del contenido:

-No estoy buena con el idioma… He entendido setenta años.

-Algunos, no todos. –el siervo de Gorum continuaba confundido –No sé, lo normal. Yo no creo que llegue a tanto, Gorum me reclamará antes.

-¡¿MUERES?! -gritó poniéndose en pie. Parecía terriblemente perturbada, incapaz de comprender que alguien pudiera vivir tan poco.

-¡No, no! –exclamó sobresaltado –Pero mi destino es morir en combate.

-¿ENFERMO? ¿MAGIA? – continuó inquiriendo mientras miraba a su alrededor buscando a alguien -¡Su Li Ha! ¡Su Li Ha!

-Estoy bien, estoy bien. –aseguró mientras movía las manos de forma negativa –No sé cómo explicarlo.

-¡No bien! ¡No puedes vivir lo mismo que un jabalí!

-Vivo lo que los humanos.

-¡Nadie vive igual que un jabalí!

-Seguramente Su Li Ha te lo explicara mejor. Yo no sé de estas cosas. Pero pocos humanos viven tanto es ¿Lo normal? –parecía dudar su explicación.

-Normal... -repitió la palabra como si la mascara –Normal es distinto en mi lengua que en tuya. –suspiró con desazón –Todo es distinto.

-¿De dónde eres?

-Del bosque. –contestó en un tono dejaba claro que no era necesaria más explicación que esa

-Pero hay muchos bosques. –replicó señalando tierra adentro –Mira ahí hay un bosque, hay cientos de bosques.

De nuevo miró a su alrededor evaluando lo que percibía, del mismo modo que había hecho con el propio Tobías en numerosas ocasiones.

-Sí.... Hay muchos bosques. Hay muchas razas. Hay mucho... y todo distinto.- sus ojos barrieron en vertical hasta llegar al cielo –Salvo eso. El cielo... es el mismo. No ha cambiado. Es lo único que me queda de antes… Y el cielo arriba y yo abajo… para siempre.

-No sé lo que debes sentir, debe ser duro estar lejos de tu tierra o gente.

-Ya no hay tierra, ya no hay bosque.... ya no hay gente mío...Solo estoy yo.... y lo diferente. –terminó sentenciando mientras apretaba la mandíbula y cerraba con fuerza los ojos, todavía alzando el rostro al firmamento.

-¿Ya no tienes a tu gente o tu tierra? –el rostro de la mujer reflejaba una profunda y silenciosa tristeza, como pocas había visto y él se contagió de esta –Vaya, no sabía eso. Pero no estás sola. Mira a su alrededor No nos conoces de hace mucho, pero nos tienes a nosotros. -dijo señalando al resto del grupo.

-Hablas de muerte como hablas de estaciones... –volvió a murmurar para sí mientras les observaba en la lejanía. Tan vivos como ella, sin embargo, tan efímeros.

-La muerte es parte de nosotros. –prosiguió serio –En especial para mí, llevo combatiendo desde que pude sostener un arma prácticamente.

-Soy guerrera. Mato. Al principio solo eso. Pero hace más de doscientos años pienso en la muerte. –era evidente, por su expresión facial, que le resultaba extremadamente complicado buscar las palabras en su cabeza –Morir significa algo. Siempre. Morir es un grito. Morir es dar eterno por otra cosa.

-Depende de cómo mueras. Es también reunirse con tu dios. –aseguró Tobías.

-Sé existen dioses. Pero no creo en ellos. –en este punto apretó los puños con fuerza –No escucharon grito de muerte. No escucharon silencio de todos.

-Escuchan a quien les habla. –replicó el clérigo, algo confuso –Cada dios es un mundo.

-Extraño como este. –sentenció ella.

-Yo escucho a Gorum y él me ayuda. Y tuve una compañera de armas que también hablaba con su diosa y la escuchaba. Y seguramente esté con ella.

-Pienso dioses creen en vosotros. –concluyó tras sumergirse durante unos segundos en sus pensamientos.

-¿Creen en nosotros? –preguntó haciendo un esfuerzo por comprender al hada.

-He visto a vosotros luchar, vosotros llorar, vosotros reír. Pienso que creen en vosotros, por eso ayudan.

-Y a ti te ayudarían si se lo pidieras.

Aidna asaeteó con la mirada al hombre que tenía delante, una descarga eléctrica en sus ojos zafiro:

-Yo creo en mí

-¿Y no pueden ser ambas?

-Pueden ser. Pero en mí no son.

-Y aunque no creas en ellos, –replicó Tobías encogiéndose de hombros –ellos están por todos lados. –prosiguió señalando su mandoble, en cuyo mango, estaba grabado el símbolo de una montaña con una espada clavada –Gorum está en cada arma de hierro.

La mujer recogió el cuenco y se levantó. Su piel, similar a la nieve acariciada por el sol, lanzaba sutiles destellos. Dirigió su mirada al hombre un segundo por encima del hombro, con cierta altivez y una pizca de rabia contenida.

-Si son en todos lados que tengan cuidado no meter ellos en mi camino.

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