-Necesitamos
esas medicinas. –el tono de aquel hombre no admitía discusión.
-No
me cabe duda, pero yo no me dedico a esas cosas señor… -replicó tranquilamente
Veda, preguntándose quién sería realmente aquel hombre calvo, grande y bigotudo
que se había sentado a su mesa en aquella taberna de tres al cuarto.
-Mi
nombre no es relevante. –contestó mirándola fijamente como un toro a punto de
embestir con todas sus fuerzas –Nos mantendremos en contacto a través del
tabernero.
-Como
usted diga. –apuró la cerveza –No sé qué tipo de servicios le han dicho que
ofrezco, pero entre ellos no está la búsqueda de hierbas ni la preparación de
brebajes.
-¡No
te estoy pidiendo que los prepares! –intentó contener el grito, pero su
vozarrón era lo suficientemente potente para que algunos de los parroquianos
más cercanos girasen discretamente la cabeza.
Veda
suspiró. Ella también estaba perdiendo la paciencia, aunque lo expresaba de una
forma muy distinta. Comenzó a juguetear con el dedo índice de su mano izquierda
sobre el borde de la jarra mientras preparaba discretamente la hoja oculta en
el antebrazo derecho. La combinación de estupidez y violencia era
alarmantemente peligrosa en el tipo:
-¿Entonces?
-Lo
que quiero es que encuentres a alguien que sí que tenga ese brebaje o que pueda
hacerlo… es para mi pequeña, se muere. –el tono pasó de ser agresivo a
profundamente triste.
-Voy
a ahorrarnos el sonrojo de preguntarte si ya has preguntado a los curanderos y
alquimistas locales… ¿Dónde más has buscado? ¿Sospechas que alguien no quiere
vendértelos? –comenzó a indagar. No era un encargo habitual, eso era
incuestionable, pero no era la primera vez que le pedían que encontrase algún
tipo de mercancía y lo transportara hasta donde deseaba el cliente.
-En…
ningún lado… -agachó la cabeza avergonzado, mirando la madera de la mesa –No
tengo ni idea de esas cosas, yo solo soy un pobre herrero. Pero alguien me
habló de ti.
Veda
se ahorró el comentario de que “pobre” no era la mejor forma de describir a un herrero
y menos a uno tan bien alimentado, vestido e incluso enjoyado como él. Tampoco
mencionó nada sobre quién podría haberle dado el soplo, aunque miró por el
rabillo del ojo al tabernero, a quien había traído algunos gramos de cocaína en
más de una ocasión desde que rondaba por el lugar:
-Vale,
veré qué puedo hacer. Pero será caro. No sé si la medicina lo será, pero con
toda seguridad yo lo soy. –el tabernero se llevó su jarra en una bandeja
rápidamente, aunque eso no evitó que se diera cuenta de las miradas nerviosas
que le echaba. Había dado en el clavo –Sin embargo soy una profesional honrada
y como no creo que me cause muchos problemas sólo le cobraré el veinte por
ciento por adelantado, el importe completo cuando le haya dado lo que me ha
pedido.
-¡Faltaría
más! –exclamó el hombre indignado, mientras golpeaba la mesa con el puño. Dos
grandes anillos lucían en los dedos corazón y anular de aquella mano.
Veda
estrechó los ojos, chasqueó la lengua y se tragó un “puto gilipollas” que estaba a punto de salirle desde lo más
profundo de su garganta:
-Serán
setenta y cinco coronas. –Sonrió mientras el hombre se atragantaba con la
cerveza–Más lo que cueste la medicina, por supuesto.
-¡Eso
es un robo! –exclamó apoyándose amenazadoramente sobre la mesa. Toda la calva
había adquirido un color rubiáceo y en la sien izquierda se le había marcado
una vena enorme.
-No…
debería alterarse así. –Notó el frío tranquilizador del acero en el antebrazo
–Podría darle un ataque y tiene una hija pequeña enferma a la que cuidar.
Al
mencionarle a su hija el hombre cambió de expresión. Relajó los músculos y volvió
a su posición en el asiento. Finalmente asintió con la cabeza:
-Hay
trato.
* * *
A la
mañana siguiente había hecho unas cuantas averiguaciones a base de interrogar
de nuevo a los médicos y alquimistas de la zona, ya que, como bien sospechaba,
su cliente no era muy ducho en este tipo de tareas. La última información le
había llevado hasta un bosque donde decían, habitaba un elfo que había dejado
la ciudad tras una escaramuza de la que salió mal parado. Allí, entre los
árboles, más o menos por donde le habían señalado que habían visto virutas de
humo en la noche, había una rudimentaria cabaña:
-No
des ni un paso más. –Veda sintió una cuchilla en el cuello. Estaba justo a sus
espaldas. –Vete por donde has venido, no quiero problemas.
-Vaya
pues… es una forma curiosa de no pedirlos. –tragó saliva, sintió el roce del
filo en la garganta –No puedo verte pero me imagino que eres el elfo que vive
aquí ¿Cierto?
-¿Quién
lo pregunta? –el tono pretendía ser intimidante, pero dejó traslucir su
nerviosismo
-Nadie
importante, solo una persona que quiere comprarte unas medicinas. –tras unos
segundos eternos, apartó el arma.
La
chica se dio la vuelta para encararse a quien le había amenazado. Allí había un
hombre de mediana altura, tez pálida, con el pelo corto y rubio decentemente
peinado. De los laterales del cráneo le sobresalían las puntas de sus picudas
orejas:
-Lárgate,
no pienso venderte nada. –contestó furibundo mientras sobrepasaba su posición,
dirigiéndose hacia la cabaña.
-¿Qué?
–No salía de su asombro, era la primera vez que alguien rechazaba venderle algo
–Pero… te podría pagar bien.
-Dudo
que me puedas pagar nada si no te vendo nada. Fuera.
-¡Espera,
espera, espera! –gritó Veda mientras le perseguía, sin embargo paró en seco
cuando el elfo se dio la vuelta con la hoz que portaba en la mano –Es… para una
cría. Se está muriendo, su padre me ha pedido que busque la medicina y bueno…
-recordó las palabras de aquel hombre fuerte y calvo –Alguien me habló de ti.
-Genial,
un humano menos. –diciendo esto abrió la puerta, pero se detuvo un instante
antes de desaparecer en su interior
–Vuelve a molestarme y te arrepentirás.
-Será
cabrón. –farfulló entre dientes con los brazos en jarra una vez hubo cerrado la
puerta. Se dio la vuelta, decidida –Pues si no va a poder ser por las buenas…
* * *
-¡Eh!
¿Y a este por qué le estáis atando? –demandó Veda a los dos guardias.
-Porque
es un jodido elfo y seguro que no tramaba nada bueno… ya tuvo problemas en la
ciudad. –se dignó a contestar uno de ellos mientras le ataba las manos a la
espalda con una cuerda.
-¡Esos
cerdos quemaron mi tienda! –rugió furioso el elfo.
-¡Cierra
la boca! –el tipo que se encontraba frente a ellos le propinó un revés tan
fuerte en la cara que cayó de rodillas.
-Mierda…
-farfulló ella entre dientes al ver cómo clavaba las rodillas en el suelo
–Bueno y a mí ¿Por qué?
-Por
traficante.
-¡Eso
es imposible! Yo nunca he traficado con nada. –mintió lo mejor que pudo.
-El
tío que suministra cocaína a media ciudad no dijo lo mismo. –rió el guardia.
Puto tabernero
-Esto
ya está. –dijo el otro cuando terminó con las ataduras de Veda–Todavía estamos
lejos de la ciudad, será mejor que nos pongamos en marcha.
Los
dos presos caminaban más despacio, por lo que los dejaron unos metros por
detrás, sujetándolos con las cuerdas:
-Maldita
zorra… tendría que haberte matado… -jadeaba el elfo, cansado por la postura y
la caminata.
-Y
yo tendría que haberte robado desde el principio, esto me pasa por ser
demasiado buena.
-¿Tengo
que agradecerte que no me robaras de primeras? Vaya, gracias. –replicó con
sorna –Ojalá tuviera que darte las gracias por no haberme robado de segundas.
-Deja
de lloriquear, podrías haberme dejado ir. Eran solo unas hierbas.
-Ya
he dejado ir demasiadas cosas, las dejé ir tanto que al final mi herboristería
acabó en llamas delante de mis narices… Y menos mal que yo no estaba dentro en
ese momento. –la voz del hombre era amarga.
-¿Qué
coño hiciste para cabrearles?
-¡Lo
mismo que hice para que me ataran, imbécil! –estalló. Uno de los guardias le
escuchó y tiró de la soga, haciendo que de nuevo cayese al suelo.
-No
seas tan desagradable. –contestó ella mirándole desde arriba –Estoy tan atada
como tú y te puedo asegurar que yo no quemé tu tienda.
-Pero
tú eres una criminal. –se puso en pie con mucho esfuerzo
-No
tienes pruebas. –sonrió de lado, viendo cómo uno de los dos hombres que les
llevaban atados, el más gordo, no paraba de beber de la bota que llevaba al
cinto –Además te conviene estar a bien conmigo.
-Lo
dudo horrores. –fue la seca respuesta.
Pasó
una media hora más aproximadamente hasta que de repente uno de ellos se detuvo:
-Greg,
tengo que mear, no tardo. -diciendo esto desapareció entre los árboles.
-Vale,
ahora tírate al suelo. –le susurró Veda a su compañero.
-¿Qué?
-Que
te tires cojones.
-No
pienso ti… -un aullido terrible interrumpió la frase cuando la mujer le propinó
una fuerte patada en la espinilla. Por tercera vez cayó al suelo, esta vez
arrastrando un poco al hombre que se había quedado custodiándolos a ambos.
-¡Jodido
bastardo! Te voy a enseñar a estarte quietecito. –se acercó amenazadoramente a
él, desenvainando el arma.
Veda
se apresuró a terminar de cortar las cuerdas sobre las que ya había estado
trabajando durante todo el camino con la hoja oculta en su antebrazo.
Disimuladamente, aprovechando la distracción se posicionó a las espaldas de
aquel tipo y con un último movimiento desgarró la última fibra de sus ataduras.
Se agachó, tomó una piedra de tamaño considerable y justo cuando alzaba su
espada contra el elfo le golpeó con todas sus fuerzas en la cabeza. El hombre
se desplomó sin decir una palabra. La mujer tiró la piedra ensangrentada a un
lado:
-¿Está
muerto? –exclamó su compañero con terror en los ojos.
-¡Y
yo qué sé! Vamos levanta. –cogiéndole por el brazo le ayudó. Después se
apresuró a cortar las cuerdas de sus muñecas.
-¿Por
qué me ayudas? –preguntó incrédulo.
-Porque
es una mierda de excusa la que han puesto para apresarte y… -se quedó pensando
un instante antes de terminar el trabajo. Le dedicó una sonrisa aviesa –Porque
tengo la esperanza de que me guíes para salir de este bosque lo más rápido
posible.
-¡Sí,
sí, sí! ¡Vale, lo que pidas, pero corta esto!
-Hecho.
–el elfo se apresuró a masajearse las muñecas doloridas –Me llamo Veda. –le
tendió la mano.
-Dommam.
–respondió. Dudó durante unos instantes, pero finalmente estrechó la mano que
le tendía.
* * *
-¿Cuánto
tiempo ha pasado Dommam?
-No
sé… ¿un año? Algo más quizá…
-Puede
ser… -Veda miró a su alrededor –Otra despedida en otro estúpido puerto.
-Es
normal, cuando la gente se va lejos normalmente coge un barco. –replicó
sonriendo con sorna.
-Te
crees muy listo ¿no?
-Soy
muy listo. –de nuevo esa sonrisa burlona. Cuando desapareció dejó una mueca de
tristeza. –Ha sido divertido.
-Muy
divertido, seguramente la época más loca de mi vida. –la mujer sonreía, aunque
tenía los ojos vidriosos –Ha estado bien, huir de un lado a otro, siempre con
algún desgraciado pisándonos los talones. Pero finalmente lo conseguimos, por
fin vas a poder volver a un lugar donde no serás ni odiado ni utilizado. Al
menos no por tus puntiagudas orejas, por lo demás… no apostaría tan fuerte.
-Sí,
te debo una. –Dommam miró el barco al que estaba a punto de subirse –Te voy a
echar de menos.
-No
me debes nada, eres mi amigo. –ambos se abrazaron, posiblemente jamás volverían
a verse.
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