jueves, 30 de enero de 2020

De nuevo junto al puerto


-Necesitamos esas medicinas. –el tono de aquel hombre no admitía discusión.
-No me cabe duda, pero yo no me dedico a esas cosas señor… -replicó tranquilamente Veda, preguntándose quién sería realmente aquel hombre calvo, grande y bigotudo que se había sentado a su mesa en aquella taberna de tres al cuarto.
-Mi nombre no es relevante. –contestó mirándola fijamente como un toro a punto de embestir con todas sus fuerzas –Nos mantendremos en contacto a través del tabernero.
-Como usted diga. –apuró la cerveza –No sé qué tipo de servicios le han dicho que ofrezco, pero entre ellos no está la búsqueda de hierbas ni la preparación de brebajes.
-¡No te estoy pidiendo que los prepares! –intentó contener el grito, pero su vozarrón era lo suficientemente potente para que algunos de los parroquianos más cercanos girasen discretamente la cabeza.
Veda suspiró. Ella también estaba perdiendo la paciencia, aunque lo expresaba de una forma muy distinta. Comenzó a juguetear con el dedo índice de su mano izquierda sobre el borde de la jarra mientras preparaba discretamente la hoja oculta en el antebrazo derecho. La combinación de estupidez y violencia era alarmantemente peligrosa en el tipo:
-¿Entonces?
-Lo que quiero es que encuentres a alguien que sí que tenga ese brebaje o que pueda hacerlo… es para mi pequeña, se muere. –el tono pasó de ser agresivo a profundamente triste.
-Voy a ahorrarnos el sonrojo de preguntarte si ya has preguntado a los curanderos y alquimistas locales… ¿Dónde más has buscado? ¿Sospechas que alguien no quiere vendértelos? –comenzó a indagar. No era un encargo habitual, eso era incuestionable, pero no era la primera vez que le pedían que encontrase algún tipo de mercancía y lo transportara hasta donde deseaba el cliente.
-En… ningún lado… -agachó la cabeza avergonzado, mirando la madera de la mesa –No tengo ni idea de esas cosas, yo solo soy un pobre herrero. Pero alguien me habló de ti.
Veda se ahorró el comentario de que “pobre” no era la mejor forma de describir a un herrero y menos a uno tan bien alimentado, vestido e incluso enjoyado como él. Tampoco mencionó nada sobre quién podría haberle dado el soplo, aunque miró por el rabillo del ojo al tabernero, a quien había traído algunos gramos de cocaína en más de una ocasión desde que rondaba por el lugar:
-Vale, veré qué puedo hacer. Pero será caro. No sé si la medicina lo será, pero con toda seguridad yo lo soy. –el tabernero se llevó su jarra en una bandeja rápidamente, aunque eso no evitó que se diera cuenta de las miradas nerviosas que le echaba. Había dado en el clavo –Sin embargo soy una profesional honrada y como no creo que me cause muchos problemas sólo le cobraré el veinte por ciento por adelantado, el importe completo cuando le haya dado lo que me ha pedido.
-¡Faltaría más! –exclamó el hombre indignado, mientras golpeaba la mesa con el puño. Dos grandes anillos lucían en los dedos corazón y anular de aquella mano.
Veda estrechó los ojos, chasqueó la lengua y se tragó un “puto gilipollas” que estaba a punto de salirle desde lo más profundo de su garganta:
-Serán setenta y cinco coronas. –Sonrió mientras el hombre se atragantaba con la cerveza–Más lo que cueste la medicina, por supuesto.
-¡Eso es un robo! –exclamó apoyándose amenazadoramente sobre la mesa. Toda la calva había adquirido un color rubiáceo y en la sien izquierda se le había marcado una vena enorme.
-No… debería alterarse así. –Notó el frío tranquilizador del acero en el antebrazo –Podría darle un ataque y tiene una hija pequeña enferma a la que cuidar.
Al mencionarle a su hija el hombre cambió de expresión. Relajó los músculos y volvió a su posición en el asiento. Finalmente asintió con la cabeza:
-Hay trato.

*        *        *

A la mañana siguiente había hecho unas cuantas averiguaciones a base de interrogar de nuevo a los médicos y alquimistas de la zona, ya que, como bien sospechaba, su cliente no era muy ducho en este tipo de tareas. La última información le había llevado hasta un bosque donde decían, habitaba un elfo que había dejado la ciudad tras una escaramuza de la que salió mal parado. Allí, entre los árboles, más o menos por donde le habían señalado que habían visto virutas de humo en la noche, había una rudimentaria cabaña:
-No des ni un paso más. –Veda sintió una cuchilla en el cuello. Estaba justo a sus espaldas. –Vete por donde has venido, no quiero problemas.
-Vaya pues… es una forma curiosa de no pedirlos. –tragó saliva, sintió el roce del filo en la garganta –No puedo verte pero me imagino que eres el elfo que vive aquí ¿Cierto?
-¿Quién lo pregunta? –el tono pretendía ser intimidante, pero dejó traslucir su nerviosismo
-Nadie importante, solo una persona que quiere comprarte unas medicinas. –tras unos segundos eternos, apartó el arma.
La chica se dio la vuelta para encararse a quien le había amenazado. Allí había un hombre de mediana altura, tez pálida, con el pelo corto y rubio decentemente peinado. De los laterales del cráneo le sobresalían las puntas de sus picudas orejas:
-Lárgate, no pienso venderte nada. –contestó furibundo mientras sobrepasaba su posición, dirigiéndose hacia la cabaña.
-¿Qué? –No salía de su asombro, era la primera vez que alguien rechazaba venderle algo –Pero… te podría pagar bien.
-Dudo que me puedas pagar nada si no te vendo nada. Fuera.
-¡Espera, espera, espera! –gritó Veda mientras le perseguía, sin embargo paró en seco cuando el elfo se dio la vuelta con la hoz que portaba en la mano –Es… para una cría. Se está muriendo, su padre me ha pedido que busque la medicina y bueno… -recordó las palabras de aquel hombre fuerte y calvo –Alguien me habló de ti.
-Genial, un humano menos. –diciendo esto abrió la puerta, pero se detuvo un instante antes de  desaparecer en su interior –Vuelve a molestarme y te arrepentirás.
-Será cabrón. –farfulló entre dientes con los brazos en jarra una vez hubo cerrado la puerta. Se dio la vuelta, decidida –Pues si no va a poder ser por las buenas…

*        *        *

-¡Eh! ¿Y a este por qué le estáis atando? –demandó Veda a los dos guardias.
-Porque es un jodido elfo y seguro que no tramaba nada bueno… ya tuvo problemas en la ciudad. –se dignó a contestar uno de ellos mientras le ataba las manos a la espalda con una cuerda.
-¡Esos cerdos quemaron mi tienda! –rugió furioso el elfo.
-¡Cierra la boca! –el tipo que se encontraba frente a ellos le propinó un revés tan fuerte en la cara que cayó de rodillas.
-Mierda… -farfulló ella entre dientes al ver cómo clavaba las rodillas en el suelo –Bueno y a mí ¿Por qué?
-Por traficante.
-¡Eso es imposible! Yo nunca he traficado con nada. –mintió lo mejor que pudo.
-El tío que suministra cocaína a media ciudad no dijo lo mismo. –rió el guardia.
Puto tabernero
-Esto ya está. –dijo el otro cuando terminó con las ataduras de Veda–Todavía estamos lejos de la ciudad, será mejor que nos pongamos en marcha.
Los dos presos caminaban más despacio, por lo que los dejaron unos metros por detrás, sujetándolos con las cuerdas:
-Maldita zorra… tendría que haberte matado… -jadeaba el elfo, cansado por la postura y la caminata.
-Y yo tendría que haberte robado desde el principio, esto me pasa por ser demasiado buena.
-¿Tengo que agradecerte que no me robaras de primeras? Vaya, gracias. –replicó con sorna –Ojalá tuviera que darte las gracias por no haberme robado de segundas.
-Deja de lloriquear, podrías haberme dejado ir. Eran solo unas hierbas.
-Ya he dejado ir demasiadas cosas, las dejé ir tanto que al final mi herboristería acabó en llamas delante de mis narices… Y menos mal que yo no estaba dentro en ese momento. –la voz del hombre era amarga.
-¿Qué coño hiciste para cabrearles?
-¡Lo mismo que hice para que me ataran, imbécil! –estalló. Uno de los guardias le escuchó y tiró de la soga, haciendo que de nuevo cayese al suelo.
-No seas tan desagradable. –contestó ella mirándole desde arriba –Estoy tan atada como tú y te puedo asegurar que yo no quemé tu tienda.
-Pero tú eres una criminal. –se puso en pie con mucho esfuerzo
-No tienes pruebas. –sonrió de lado, viendo cómo uno de los dos hombres que les llevaban atados, el más gordo, no paraba de beber de la bota que llevaba al cinto –Además te conviene estar a bien conmigo.
-Lo dudo horrores. –fue la seca respuesta.
Pasó una media hora más aproximadamente hasta que de repente uno de ellos se detuvo:
-Greg, tengo que mear, no tardo. -diciendo esto desapareció entre los árboles.
-Vale, ahora tírate al suelo. –le susurró Veda a su compañero.
-¿Qué?
-Que te tires cojones.
-No pienso ti… -un aullido terrible interrumpió la frase cuando la mujer le propinó una fuerte patada en la espinilla. Por tercera vez cayó al suelo, esta vez arrastrando un poco al hombre que se había quedado custodiándolos a ambos.
-¡Jodido bastardo! Te voy a enseñar a estarte quietecito. –se acercó amenazadoramente a él, desenvainando el arma.
Veda se apresuró a terminar de cortar las cuerdas sobre las que ya había estado trabajando durante todo el camino con la hoja oculta en su antebrazo. Disimuladamente, aprovechando la distracción se posicionó a las espaldas de aquel tipo y con un último movimiento desgarró la última fibra de sus ataduras. Se agachó, tomó una piedra de tamaño considerable y justo cuando alzaba su espada contra el elfo le golpeó con todas sus fuerzas en la cabeza. El hombre se desplomó sin decir una palabra. La mujer tiró la piedra ensangrentada a un lado:
-¿Está muerto? –exclamó su compañero con terror en los ojos.
-¡Y yo qué sé! Vamos levanta. –cogiéndole por el brazo le ayudó. Después se apresuró a cortar las cuerdas de sus muñecas.
-¿Por qué me ayudas? –preguntó incrédulo.
-Porque es una mierda de excusa la que han puesto para apresarte y… -se quedó pensando un instante antes de terminar el trabajo. Le dedicó una sonrisa aviesa –Porque tengo la esperanza de que me guíes para salir de este bosque lo más rápido posible.
-¡Sí, sí, sí! ¡Vale, lo que pidas, pero corta esto!
-Hecho. –el elfo se apresuró a masajearse las muñecas doloridas –Me llamo Veda. –le tendió la mano.
-Dommam. –respondió. Dudó durante unos instantes, pero finalmente estrechó la mano que le tendía.

*        *        *
-¿Cuánto tiempo ha pasado Dommam?
-No sé… ¿un año? Algo más quizá…
-Puede ser… -Veda miró a su alrededor –Otra despedida en otro estúpido puerto.
-Es normal, cuando la gente se va lejos normalmente coge un barco. –replicó sonriendo con sorna.
-Te crees muy listo ¿no?
-Soy muy listo. –de nuevo esa sonrisa burlona. Cuando desapareció dejó una mueca de tristeza. –Ha sido divertido.
-Muy divertido, seguramente la época más loca de mi vida. –la mujer sonreía, aunque tenía los ojos vidriosos –Ha estado bien, huir de un lado a otro, siempre con algún desgraciado pisándonos los talones. Pero finalmente lo conseguimos, por fin vas a poder volver a un lugar donde no serás ni odiado ni utilizado. Al menos no por tus puntiagudas orejas, por lo demás… no apostaría tan fuerte.
-Sí, te debo una. –Dommam miró el barco al que estaba a punto de subirse –Te voy a echar de menos.
-No me debes nada, eres mi amigo. –ambos se abrazaron, posiblemente jamás volverían a verse.

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