Era ya tarde cuando llegaron
a la mansión de Dendra. Dejaron, agotados, sus cosas en el suelo de la casa
destinada al servicio donde se alojaban. Todos fueron acomodándose,
preparándose para dormir. Salvo Amara.
Ella remoloneaba, llevando
sus cosas de un sitio para otro, perdida en sus pensamientos. De vez en cuando
lanzaba una mirada furtiva a Jade, quien seguía revisando sus cosas.
Finalmente, una vez se quitó la armadura y dejó su sable cuidadosamente en el
suelo, se aproximó al elfo:
-Jade, sé que ha sido un día
muy duro, pero si tuvieras un momento... –miró al resto de sus compañeros, ya
acostados –Hay algo que querría decirte.
Él le devolvió una mirada de
curiosidad mientras echaba un vistazo fugaz por el rabillo del ojo a sus cosas,
poniendo mientras en orden su zurrón:
- Esto, claro, dispara.
-¿Podemos salir fuera?
–preguntó en apenas un susurro.
- Por supuesto. –dice siguiéndola al exterior.
Al salir fuera, la brisa les
refresca. Les llega el olor a verde de la hierba que pisan y de los árboles del
jardín que se mecen con el suave viento. Amara repara un momento en el cabello
plateado de Jade, el cual lanza destellos casi metálicos a la luz de la luna y
esto hace que alce su vista al cielo, buscando el valor para pronunciar las
palabras que tenía que decir. Finalmente suspira y mira con semblante grave a
Jade:
-Mañana se lo diré al resto,
pero creo que debería empezar disculpándome. Creo que no he estado a la altura
de la situación en las últimas ocasiones. –la humana cierra los puños,
frustrada y dolida –Ya he fallado a mucha gente Jade.
- No le has fallado a nadie.
–Se apresuró a decir, clavando su mirada verdosa en los ojos de la mujer –No somos perfectos ¿Sabes? –terminó posando
su mano afectuosamente en el hombro de ella.
-Intento protegeros, pero no
dejo de estar fuera de lugar... he llegado a preguntarme si era lo correcto que
permaneciese aquí, si no sería una señal de la Diosa para... –suspira –Tal vez,
hay otra parte en la que debiera estar... –su mirada, al principio dubitativa,
se torna segura –Sin embargo, mientras exista mal aquí creo que es mi deber
quedarme.
Era evidente que estaba muy
afectada, un nudo terrible se estaba formando en su garganta mientras hablaba:
- Venga ya, ¿ahora la que
quiere irse eres tú? ¿En serio? ¿Entonces me he quedado para nada? –preguntó
clavando sus ojos, como piedras preciosas, sin apartar ni un segundo la mirada.
-No, no voy a irme, pero he
dudado. –Amara sonrió con tristeza –No voy a huir... no otra vez...
- La culpa, si es que alguien
la tiene, no es tuya. –replicó el elfo con determinación –Es de todos, no
dejamos de ser entes individuales a veces. –Suspiró un segundo –No puedes
cargar con todo, no tú sola.
-Ese es el motivo principal
por el que he pedido que me acompañaras… –La guerrera sintió cómo se le
empañaban los ojos, así que se apresuró a girar la cabeza para evitar que Jade
se percatase –Ya no puedo mantenerlo en secreto... creo que solo me está
pudriendo por dentro y si no te lo explico tal vez no entiendas lo que quiero
pedirte.
Sin embargo, la vista del
elfo era demasiado buena y le fue fácil advertir sus incipientes lágrimas. En
un acto reflejo la abrazó, dejando que apoyase su cabeza en su regazo:
- No estás sola. Ya no.
Amara, sintiéndose
sorprendida por el gesto de afecto, intentó ahogar la exclamación que escapaba
por sus labios. Jade la sintió temblar entre sus brazos, así como una humedad
creciente en su hombro. Optó por el silencio, sabía que era el momento de
escuchar:
-Jade... yo pertenezco a la
facción rebelde de Cheliax... antes era una tierra segura, justa y buena, pero
con el tiempo algunos nobles en busca de poder pactaron con el diablo Asmodeo,
-pronunció su nombre apretando la mandíbula, con extremo desprecio –entre otros.
–Él asintió en silencio, con un leve gesto, dejándole todo el tiempo que
necesitase para explicarse –Mi padre era caballero. Él y sus aliados llevaban
años preparándose para la guerra, pero cuando se decidieron a parar el mal, fue
demasiado tarde. Mi padre murió en la batalla, –llegado este punto, sus brazos,
que habían colgado flácidos a los lados hasta ese momento, suben para abrazar
la espalda del elfo -mi hermano y yo fuimos al frente en su lugar. Tengo que
reconocer que era casi imposible pero... si tan solo él... –Apretó sus dedos,
aferrándose desesperadamente a Jade. Por mucho que trató de reprimir los
sollozos llegaron claros hasta sus oídos. Trató de reconfortarla, estrechándola
junto a él, pero continuó su mutismo, conocedor de la necesidad de la humana de
ser escuchada, entendida, no juzgada –Mi hermano nos traicionó. Nos vendió.
Solo algunos pudimos escapar para reunirnos con nuestras familias. Pretendía
escapar con mi madre, pero ella se adelantó, pidió a mis tíos que me sacaran de
allí. –movió su cabeza para ocultar su rostro en el cuello del hombre –Me dijo
que fuera a la bodega del barco, que allí había un arma para mí con el que
combatir las tinieblas de este mundo… ¡Qué idiota fui, Jade!
- Ya está, –murmuró entre
dientes –Ya está... –la consoló mientras acariciaba su rizado y oscuro cabello,
así como sus mejillas, secando las lágrimas con sus finos dedos.
-Cuando encontré mi sable me
quedé como una estúpida mirándolo, tan absorta que no me di cuenta de que el
barco había zarpado. Cuando subí a agradecérselo... maldita sea, mi madre no
había subido, ella era solo una sombra a lo lejos –su voz se había convertido
en apenas un susurro –No podía dejar a mi hermano solo, aunque fuera un
traidor, un cerdo...
- Tu madre te salvo la vida.
–contestó Jade de repente –Vio en ti, lo que yo veo. Necesitaba que vivieras
para poder ser quien eres y hacer lo que haces. Salvar a la gente. –La miró con
una sonrisa sincera en el rostro –Me salvaste a mí.
Amara se separó ligeramente
de Jade, visiblemente más calmada, aunque todavía algunas lágrimas seguían
corriendo por sus mejillas. Al escuchar estas palabras le mira sorprendida:
-¿A ti?
- Sí, a mí. -ahora era él
quien evitaba cruzar las miradas.
-Tú no necesitas que te
salve nadie. –Por un momento la guerrera estuvo a punto de reír. Se apartó las
lágrimas con una mano. En ese momento, él le devolvió un golpecito amistoso con
el puño en el hombro:
- Me salvaste, evitaste que
me fuera y me diste una razón de ser.
-¡Qué dices! Fue cosa de
Ront. Yo ni siquiera era capaz de evitar que pasaras por Cheliax. Por eso te lo
dije... –revivió aquel momento en la taberna –No podía vivir sabiendo que esa
tierra maldita se había tragado a otra persona importante para mí. –suspiró,
mirando de reojo la hierba.
Jade la miró de soslayo, con
algo de sorna:
- Voy a tener que decirlo
¿no? –ella le devolvió un gesto de extrañeza –Tú eres el motivo por el que me
quedé. Me quedé por ti. -suspiró mirando al cielo. Al reflejo de la noche la
cicatriz en forma de c en una de sus cejas plateadas se hacía evidente.
Ella sintió el calor en las
mejillas y su pulso acelerándose, intentó cambiar de conversación tratando de
controlarse:
-¿Y esta cicatriz? Supongo
que... –se dio cuenta de lo absurdo de su pregunta –No lo recuerdas ¿no?
-No... No recuerdo tantas
cosas... –volvió a mirarla.
-Pero otras muchas sí. –le
sonríe con cariño –Tiene gracia, hace tiempo le conté a SuLiHa lo que había
ocurrido con mi familia... la conversación empezó porque me preguntó dónde
había estado el día que fuisteis a la casa de los Dedalera. –en su rostro se
dibujó esa sonrisa pícara de niña que ha cogido unos caramelos de la tienda –Si
no le dices nada, te diré que esto ha sido mucho mejor. –Rió suavemente, con un
poco de culpabilidad.
- Dioses, ni siquiera
recuerdo que soy un elfo y qué conlleva eso... pero sí te recuerdo a ti y lo
que significas en mi vida. –Dijo rascándose la cabeza, algo incómodo.
-Y... ahora que te he
contado esto, viene lo que quería pedirte. –Prosiguió apartando la mano que
usaba para rascarse, clavando sus ojos castaños, tan distintos de los de Jade,
en los suyos. Su semblante se vuelve serio de nuevo. Él hizo lo propio, fijando
la mirada y bajando la mano guiado por la de Amara –Jade, no se me olvida lo
que dijiste en la torre, cuando estaba a punto de caer. Jamás, escúchame bien,
jamás, des tu vida por mí y... –tragó saliva –Si pudiera ser egoísta por una
vez en mi vida te... –de nuevo ese nudo en la garganta, el pulso, la
respiración acelerada –Te pediría incluso que no lo hicieras por nadie. –se
aproximó un poco más a él –Recibí noticias de Cheliax, aunque espero para que
me lo confirmen. La rebelión ha sido sofocada completamente. No ha... no ha
habido piedad para nadie. Lo he perdido prácticamente todo. Cuando vine, mi
objetivo era hacerme fuerte para volver y rescatar a mi hermano de las sombras
pero... ni tan siquiera puedo hacer eso. Le pido a la diosa que me de fuerzas,
pero no puedo perdonar, ahora no... –Abrió y cerró los puños como si aferrase
algo y después los contempló, vacíos.
-No puedo prometerte eso.
–replicó el elfo –Daría mi vida por ti una y mil veces. –continuó con su mirada
seria clavada en ella –Y no lo has perdido todo, nos tienes a nosotros, me
tienes a mi... –Amara alzó una mano tímida hacia el rostro de Jade, pero se
contuvo, dejándola a medio camino –Eres fuerte, más fuerte de lo que crees. Y
estás tocada por ella. –Tras tocar la medalla que colgaba de su cuello acarició
la mano que ella había dejado a la altura de su pecho, tan solo un roce leve
con sus dedos.
-Pero solo tienes una vida.
Y debes conservarla para que yo pueda conservar mi alma. –sus ojos
prácticamente suplicaban –Jade, no tengo miedo a la muerte, Sarenrae está
conmigo. Pero si tú perdieras la vida –podía sentir el latido de su corazón en
todo su cuerpo y un calor insoportable en la cara, la cual apartó levemente,
intentando ocultar el rubor. Carraspeó –o… los demás, eso sería mi fin.
Jade tomó la mano que ella
había dejado elevada, acompañándola a su rostro y sonrió. Pocas veces había
visto al elfo sonreír de esa manera, pocas veces lo había visto feliz:
-Lo sé. Solo tengo una vida,
pero mi alma es tuya.
Al escuchar esas palabras el
golpeteo en la cabeza y en el pecho de Amara pareció detenerse de repente. La
mano que acariciaba el rostro del hombre tembló ligeramente y, aunque parecía
imposible, cuando el latido volvió más rápido y fuerte, sus mejillas se
tornaron todavía más rojas. A pesar del moreno de su piel, era inevitable darse
cuenta a primera vista. Sus ojos vagaron de un lugar para otro, sin atreverse a
pararse en los verdes de Jade. La guerrera, la creyente, la fuerza que acaba
con la oscuridad, parecía haberse esfumado, dejándola solo a ella, vulnerable,
sin todas esas capas de fuerza, seriedad y nobleza. A su vez, el elfo truhán,
vividor y picaruelo, parecía ser otra persona, muy distinta, mejor.
Se observaron en silencio,
mirándose, sin atreverse ninguno de los dos a romper ese momento. Sin atreverse
a separarse el uno del otro:
- Al menos... al menos
prométeme que no harás ninguna tontería que... harás lo posible por vivir.
–dijo la humana tras tragar saliva. Sus ojos viajaron desde los de Jade hasta
sus labios.
- Siempre que tú me prometas
lo mismo.
-Creo que eso puedo hacerlo.
–Absorta en la curvatura de la boca del elfo dejó escapar estas palabras como
si de un suspiro se tratase. En ese momento recobró algo de control, parpadeó
un par de veces. Poco a poco, luchando contra los deseos de su propio cuerpo se
separó de él. Su pecho subía y bajaba descontrolado. Respiró hondo, carraspeó
suavemente –Gracias Jade. Me siento mucho mejor gracias a ti. –se alejó un poco
más, sonriendo –Es muy tarde y mañana será un día largo, deberíamos descansar.
Que monos que son XDDD
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