martes, 28 de enero de 2020

Plata y miel


Era ya tarde cuando llegaron a la mansión de Dendra. Dejaron, agotados, sus cosas en el suelo de la casa destinada al servicio donde se alojaban. Todos fueron acomodándose, preparándose para dormir. Salvo Amara.

Ella remoloneaba, llevando sus cosas de un sitio para otro, perdida en sus pensamientos. De vez en cuando lanzaba una mirada furtiva a Jade, quien seguía revisando sus cosas. Finalmente, una vez se quitó la armadura y dejó su sable cuidadosamente en el suelo, se aproximó al elfo:

-Jade, sé que ha sido un día muy duro, pero si tuvieras un momento... –miró al resto de sus compañeros, ya acostados –Hay algo que querría decirte.

Él le devolvió una mirada de curiosidad mientras echaba un vistazo fugaz por el rabillo del ojo a sus cosas, poniendo mientras en orden su zurrón:

- Esto, claro, dispara.

-¿Podemos salir fuera? –preguntó en apenas un susurro.

- Por supuesto. –dice siguiéndola al exterior.

Al salir fuera, la brisa les refresca. Les llega el olor a verde de la hierba que pisan y de los árboles del jardín que se mecen con el suave viento. Amara repara un momento en el cabello plateado de Jade, el cual lanza destellos casi metálicos a la luz de la luna y esto hace que alce su vista al cielo, buscando el valor para pronunciar las palabras que tenía que decir. Finalmente suspira y mira con semblante grave a Jade:

-Mañana se lo diré al resto, pero creo que debería empezar disculpándome. Creo que no he estado a la altura de la situación en las últimas ocasiones. –la humana cierra los puños, frustrada y dolida –Ya he fallado a mucha gente Jade.

- No le has fallado a nadie. –Se apresuró a decir, clavando su mirada verdosa en los ojos de la mujer –No somos perfectos ¿Sabes? –terminó posando su mano afectuosamente en el hombro de ella.

-Intento protegeros, pero no dejo de estar fuera de lugar... he llegado a preguntarme si era lo correcto que permaneciese aquí, si no sería una señal de la Diosa para... –suspira –Tal vez, hay otra parte en la que debiera estar... –su mirada, al principio dubitativa, se torna segura –Sin embargo, mientras exista mal aquí creo que es mi deber quedarme.

Era evidente que estaba muy afectada, un nudo terrible se estaba formando en su garganta mientras hablaba:

- Venga ya, ¿ahora la que quiere irse eres tú? ¿En serio? ¿Entonces me he quedado para nada? –preguntó clavando sus ojos, como piedras preciosas, sin apartar ni un segundo la mirada.

-No, no voy a irme, pero he dudado. –Amara sonrió con tristeza –No voy a huir... no otra vez...

- La culpa, si es que alguien la tiene, no es tuya. –replicó el elfo con determinación –Es de todos, no dejamos de ser entes individuales a veces. –Suspiró un segundo –No puedes cargar con todo, no tú sola.

-Ese es el motivo principal por el que he pedido que me acompañaras… –La guerrera sintió cómo se le empañaban los ojos, así que se apresuró a girar la cabeza para evitar que Jade se percatase –Ya no puedo mantenerlo en secreto... creo que solo me está pudriendo por dentro y si no te lo explico tal vez no entiendas lo que quiero pedirte.

Sin embargo, la vista del elfo era demasiado buena y le fue fácil advertir sus incipientes lágrimas. En un acto reflejo la abrazó, dejando que apoyase su cabeza en su regazo:

- No estás sola. Ya no.

Amara, sintiéndose sorprendida por el gesto de afecto, intentó ahogar la exclamación que escapaba por sus labios. Jade la sintió temblar entre sus brazos, así como una humedad creciente en su hombro. Optó por el silencio, sabía que era el momento de escuchar:

-Jade... yo pertenezco a la facción rebelde de Cheliax... antes era una tierra segura, justa y buena, pero con el tiempo algunos nobles en busca de poder pactaron con el diablo Asmodeo, -pronunció su nombre apretando la mandíbula, con extremo desprecio –entre otros. –Él asintió en silencio, con un leve gesto, dejándole todo el tiempo que necesitase para explicarse –Mi padre era caballero. Él y sus aliados llevaban años preparándose para la guerra, pero cuando se decidieron a parar el mal, fue demasiado tarde. Mi padre murió en la batalla, –llegado este punto, sus brazos, que habían colgado flácidos a los lados hasta ese momento, suben para abrazar la espalda del elfo -mi hermano y yo fuimos al frente en su lugar. Tengo que reconocer que era casi imposible pero... si tan solo él... –Apretó sus dedos, aferrándose desesperadamente a Jade. Por mucho que trató de reprimir los sollozos llegaron claros hasta sus oídos. Trató de reconfortarla, estrechándola junto a él, pero continuó su mutismo, conocedor de la necesidad de la humana de ser escuchada, entendida, no juzgada –Mi hermano nos traicionó. Nos vendió. Solo algunos pudimos escapar para reunirnos con nuestras familias. Pretendía escapar con mi madre, pero ella se adelantó, pidió a mis tíos que me sacaran de allí. –movió su cabeza para ocultar su rostro en el cuello del hombre –Me dijo que fuera a la bodega del barco, que allí había un arma para mí con el que combatir las tinieblas de este mundo… ¡Qué idiota fui, Jade!

- Ya está, –murmuró entre dientes –Ya está... –la consoló mientras acariciaba su rizado y oscuro cabello, así como sus mejillas, secando las lágrimas con sus finos dedos.

-Cuando encontré mi sable me quedé como una estúpida mirándolo, tan absorta que no me di cuenta de que el barco había zarpado. Cuando subí a agradecérselo... maldita sea, mi madre no había subido, ella era solo una sombra a lo lejos –su voz se había convertido en apenas un susurro –No podía dejar a mi hermano solo, aunque fuera un traidor, un cerdo...

- Tu madre te salvo la vida. –contestó Jade de repente –Vio en ti, lo que yo veo. Necesitaba que vivieras para poder ser quien eres y hacer lo que haces. Salvar a la gente. –La miró con una sonrisa sincera en el rostro –Me salvaste a mí.

Amara se separó ligeramente de Jade, visiblemente más calmada, aunque todavía algunas lágrimas seguían corriendo por sus mejillas. Al escuchar estas palabras le mira sorprendida:

-¿A ti?

- Sí, a mí. -ahora era él quien evitaba cruzar  las miradas.

-Tú no necesitas que te salve nadie. –Por un momento la guerrera estuvo a punto de reír. Se apartó las lágrimas con una mano. En ese momento, él le devolvió un golpecito amistoso con el puño en el hombro:

- Me salvaste, evitaste que me fuera y me diste una razón de ser.

-¡Qué dices! Fue cosa de Ront. Yo ni siquiera era capaz de evitar que pasaras por Cheliax. Por eso te lo dije... –revivió aquel momento en la taberna –No podía vivir sabiendo que esa tierra maldita se había tragado a otra persona importante para mí. –suspiró, mirando de reojo la hierba.

Jade la miró de soslayo, con algo de sorna:

- Voy a tener que decirlo ¿no? –ella le devolvió un gesto de extrañeza –Tú eres el motivo por el que me quedé. Me quedé por ti. -suspiró mirando al cielo. Al reflejo de la noche la cicatriz en forma de c en una de sus cejas plateadas se hacía evidente.

Ella sintió el calor en las mejillas y su pulso acelerándose, intentó cambiar de conversación tratando de controlarse:

-¿Y esta cicatriz? Supongo que... –se dio cuenta de lo absurdo de su pregunta –No lo recuerdas ¿no?

-No... No recuerdo tantas cosas... –volvió a mirarla.

-Pero otras muchas sí. –le sonríe con cariño –Tiene gracia, hace tiempo le conté a SuLiHa lo que había ocurrido con mi familia... la conversación empezó porque me preguntó dónde había estado el día que fuisteis a la casa de los Dedalera. –en su rostro se dibujó esa sonrisa pícara de niña que ha cogido unos caramelos de la tienda –Si no le dices nada, te diré que esto ha sido mucho mejor. –Rió suavemente, con un poco de culpabilidad.

- Dioses, ni siquiera recuerdo que soy un elfo y qué conlleva eso... pero sí te recuerdo a ti y lo que significas en mi vida. –Dijo rascándose la cabeza, algo incómodo.

-Y... ahora que te he contado esto, viene lo que quería pedirte. –Prosiguió apartando la mano que usaba para rascarse, clavando sus ojos castaños, tan distintos de los de Jade, en los suyos. Su semblante se vuelve serio de nuevo. Él hizo lo propio, fijando la mirada y bajando la mano guiado por la de Amara –Jade, no se me olvida lo que dijiste en la torre, cuando estaba a punto de caer. Jamás, escúchame bien, jamás, des tu vida por mí y... –tragó saliva –Si pudiera ser egoísta por una vez en mi vida te... –de nuevo ese nudo en la garganta, el pulso, la respiración acelerada –Te pediría incluso que no lo hicieras por nadie. –se aproximó un poco más a él –Recibí noticias de Cheliax, aunque espero para que me lo confirmen. La rebelión ha sido sofocada completamente. No ha... no ha habido piedad para nadie. Lo he perdido prácticamente todo. Cuando vine, mi objetivo era hacerme fuerte para volver y rescatar a mi hermano de las sombras pero... ni tan siquiera puedo hacer eso. Le pido a la diosa que me de fuerzas, pero no puedo perdonar, ahora no... –Abrió y cerró los puños como si aferrase algo y después los contempló, vacíos.

-No puedo prometerte eso. –replicó el elfo –Daría mi vida por ti una y mil veces. –continuó con su mirada seria clavada en ella –Y no lo has perdido todo, nos tienes a nosotros, me tienes a mi... –Amara alzó una mano tímida hacia el rostro de Jade, pero se contuvo, dejándola a medio camino –Eres fuerte, más fuerte de lo que crees. Y estás tocada por ella. –Tras tocar la medalla que colgaba de su cuello acarició la mano que ella había dejado a la altura de su pecho, tan solo un roce leve con sus dedos.

-Pero solo tienes una vida. Y debes conservarla para que yo pueda conservar mi alma. –sus ojos prácticamente suplicaban –Jade, no tengo miedo a la muerte, Sarenrae está conmigo. Pero si tú perdieras la vida –podía sentir el latido de su corazón en todo su cuerpo y un calor insoportable en la cara, la cual apartó levemente, intentando ocultar el rubor. Carraspeó –o… los demás, eso sería mi fin.

Jade tomó la mano que ella había dejado elevada, acompañándola a su rostro y sonrió. Pocas veces había visto al elfo sonreír de esa manera, pocas veces lo había visto feliz:

-Lo sé. Solo tengo una vida, pero mi alma es tuya.

Al escuchar esas palabras el golpeteo en la cabeza y en el pecho de Amara pareció detenerse de repente. La mano que acariciaba el rostro del hombre tembló ligeramente y, aunque parecía imposible, cuando el latido volvió más rápido y fuerte, sus mejillas se tornaron todavía más rojas. A pesar del moreno de su piel, era inevitable darse cuenta a primera vista. Sus ojos vagaron de un lugar para otro, sin atreverse a pararse en los verdes de Jade. La guerrera, la creyente, la fuerza que acaba con la oscuridad, parecía haberse esfumado, dejándola solo a ella, vulnerable, sin todas esas capas de fuerza, seriedad y nobleza. A su vez, el elfo truhán, vividor y picaruelo, parecía ser otra persona, muy distinta, mejor.

Se observaron en silencio, mirándose, sin atreverse ninguno de los dos a romper ese momento. Sin atreverse a separarse el uno del otro:

- Al menos... al menos prométeme que no harás ninguna tontería que... harás lo posible por vivir. –dijo la humana tras tragar saliva. Sus ojos viajaron desde los de Jade hasta sus labios.

- Siempre que tú me prometas lo mismo.

-Creo que eso puedo hacerlo. –Absorta en la curvatura de la boca del elfo dejó escapar estas palabras como si de un suspiro se tratase. En ese momento recobró algo de control, parpadeó un par de veces. Poco a poco, luchando contra los deseos de su propio cuerpo se separó de él. Su pecho subía y bajaba descontrolado. Respiró hondo, carraspeó suavemente –Gracias Jade. Me siento mucho mejor gracias a ti. –se alejó un poco más, sonriendo –Es muy tarde y mañana será un día largo, deberíamos descansar.



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