Amara se alejó de la pequeña casita de la familia de Shaldur con la manta de invierno y la pastilla de jabón entre sus brazos. Hacía frío y era de noche, pero con todo lo que habían pasado no tenía duda de que un buen baño le vendría bien.
Cuando llegó a un punto que consideró lo suficientemente alejado de la casa, se detuvo a la orilla del río. Miró a su alrededor, allí no parecía haber nadie, solo las estrellas y la luna menguante en el cielo. Comenzó a desembarazarse de la armadura de cuero, mucho más ligera y cómoda que el metal que solía llevar y que de ahora en adelante portaría en el viaje, mientras observaba el tranquilo pueblo: las casitas, con sus virutas de humo ondeando en el cielo, las luces titilantes de las calles, el olor a verde, a limpio. Dejó su ropa a un lado, deshizo las trenzas de su pelo y se cubrió el pecho con los brazos, ya sentía el frío del clima.
Al introducir un pie en el agua se dio cuenta de que iba a necesitar todo su valor para meterse por completo. Inspiró profundamente y sin pensarlo mucho más se zambulló. Cuando sacó la cabeza cogió aire con todas sus fuerzas, casi como si estuviera a punto de ahogarse. Resopló, temblando bajo el agua:
-Por… la Diosa, qué maldito frío. –dijo para sí misma. Comenzó a nadar para entrar en calor.
Cuando por fin se sintió cómoda en el agua se recostó en unas rocas situadas cerca de la orilla, admirando de nuevo el paisaje. Pensó en lo feliz que se sentía Shaldur al volver a este lugar y no pudo evitar envidiarle un poco. Ahora que se estaba bañando en el río recordaba su infancia y juventud en Cheliax, la torre, sus compañeros, su familia…. Esos días jamás volverían, pero para el explorador seguía habiendo la posibilidad de volver al hogar. Sonrió pensando en los padres de su compañero, eran buenas personas, sencillas y cálidas; los comparó con sus propios padres, tan distintos. Su padre, un hombre serio, incluso frío, en sus manos siempre había o un libro o una espada y su madre, una mujer fuerte, decidida, con una presencia apabullante. La recordaba en alguna fiesta, vestida al estilo de las tierras del sur, demasiada poca ropa para las costumbres de Cheliax, pero a ella nunca la importó, cuando entraba en una sala parecía que había hecho acto de presencia una diosa. En aquel entonces Amara se había avergonzado, pero ahora haría lo que fuera por decirle lo mucho que admiraba su fuerza.
No, esos días no volverían jamás.
Con expresión melancólica empezó a pasar los dedos por el rizado cabello, intentando desenredarlo y lavarlo. Concentrada en ello, sus ojos repararon en los anillos que llevaba en la mano izquierda: el que le había regalado Jade tanto tiempo atrás y la pareja del que le había regalado a él hacía tan solo unos días. Se detuvo unos instantes, echando su melena hacia atrás para poder ver mejor: retiró este último anillo de su dedo y miró la piedrecita de color verde que había pedido que le incrustasen en el interior del aro. Era como un pequeño secreto para ella. Una sonrisa boba apareció en sus labios.
En ese momento le vino a la mente la imagen de Jade en la playa y sintió que la cara le ardía. Había hecho todo lo posible para evitar mirarle, entretenerse en otras cosas, pero no le había funcionado, o al menos no tan bien como ella hubiera querido. Volvió a recordar aquel momento en el que se besaron en el jardín de la casa de Magnimar, ella había estado a punto de perder el control y se avergonzaba profundamente:
-Si no hubiera sido por Ront… -tenía la piel de gallina por el frío que de nuevo amenazaba con invadirla, pero sentía la cara tan caliente que se hundió un poco más en el agua helada.
Desde entonces no habían vuelto a hablar del tema y mucho menos se habían quedado a solas. Amara había asumido que Jade prefería que las cosas se mantuvieran como estaban y por supuesto sin que nadie supiera lo ocurrido.
Esos pensamientos le llevaron a otro momento con él, en el que le había prometido que no volvería a hacer ninguna locura. Algo se movió en el agua, tan solo eran unos peces, pero fue lo suficiente para recordar la lucha contra la hidra. Después de lo que dijo, todavía se había lanzado al agua, no con una hidra dentro, sino con dos:
-¿Qué demonios le pasa? ¿Es que le da igual? –la mujer apretó los puños dentro del agua, ahora la temperatura de su cuerpo había subido, pero por la rabia –Después de todo… sigue haciendo lo que le da la gana… ¿Es que no piensa que yo…? No, qué más da lo que piense o lo que sienta yo, eso carece de importancia. –suspiró –Tengo que hablar con él.
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