miércoles, 11 de noviembre de 2020

Cuaderno de bitácora: Madera, Sangre y Arena

"Apenas dejó que el navío atracara en el puerto, que ya había pegado un grácil brinco y aposentado los pies firmemente en las tablas del muelle. Se había acomodado discretamente el pañuelo plateado en la cara y el tricornio de cazador en la cabeza. Junto a su morral, se había atado los correajes del talabarte colgado en la espalda, lo llevaba cruzado sobre su pecho, de allí prendía la espada de media mano y el escudo con firmeza. La pequeña ballesta a la cherpa del tahalí en el cinturón, junto al zurrón y la bolsita de cuero, al otro lado como si de una vaina se tratará, llevaba la aljaba con los virotes. Los ropajes pardos encima de la fina y ligera cota de mallas, la verde capa trenzada cruzada, tapando lo que no debía verse y las botas a juego con los oscuros ropajes, daban por finalizadas todas sus posesiones. Encaminó sus pasos por la calleja principal hacía la catedral, debía ver cuanto antes al padre Zantus su mecenas y protector.

Llamó a la puerta y esperó un tiempo prudencial, al poco rato asomó una cabeza de medio lado, agarrado al borde de la puerta, no era otro que su viejo amigo Naffer que sonreía.

- Viejo amigo soy yo, Brandán. He vuelto a casa.- Mascullo el ajeno mestizo con una amplia sonrisa mirando a Naffer.
- ¡Brandán, Brandán, ha vuelto Brandán!.- Exclamaba el jorobado todo contento.- ¡Iré a avisar al padre Zantus!.- Echando a correr de esa forma extraña que caracterizaba al deforme hombre, mientras seguía pregonando a los cuatro vientos y a quién quisiera oírlo, que el mestizo estaba de regreso en Punta Arena.

Dirigió sus pasos detrás de Naffer hacía el interior, pasando por el cementerio hasta el patio, no pudo evitar mirar hacía las lápidas una fracción de segundo recordando algo, que desestimo enseguida, eso podría esperar hasta ver al menos al padre Zantus.

Allí estaba, algo más viejo de lo que recordaba, pero no estaba solo. A su lado, dos completos desconocidos para él, una elfa asilvestrada y un hombre con un brazo en cabestrillo.
- Brandán, muchacho estás igual, no has cambiado nada.- Con vigorosa energía hablo el sacerdote, mientras le daba un afectuoso abrazo.
- Vos tampoco habéis cambiado nada padre.- Soltó el muchacho mientras le devolvía el abrazo con ternura.
- Estoy más viejo, eso es evidente.- Reprochó sin demasiado ímpetu el clérigo.- Ahora, permíteme que haga las debidas presentaciones él es Einen, y ella es Shahelu.- Ambos miraron al muchacho a la vez con curiosidad.
- Un placer, soy Brandán.- Mientras hablaba, acompañaba el gesto con una leve inclinación de cabeza y cuerpo, retirándose el sombrero. Se podría apreciar ahora su níveo rostro, su blanca cabellera corta, dos pequeñas protuberancias en la frente, sus ambarinos ojos y por último dos colmillos puntiagudos, denotando claramente su sanguínea ascendencia infernal.
Ni Einen, ni Shahelu se sorprendieron, y si lo hicieron en algún momento, no dieron ninguna muestra aparente de ello.

No pudieron entablar conversación más allá de eso. Enseguida el patio se llenó de un variopinto grupo de personas que traían noticias importantes, así que escuchó lo que tenían que decir quedando a un margen mientras lo presentaban. Era un coro de voces que debatían ajenos a lo que iba a venir.
- Van atacar Punta Arena, gigantes y quizás algo más. Debemos hacer algo.- Dijo uno de ellos.
- Quizás evacuar a las gentes en barcos hacia el mar y reforzar puertas y murallas.- Se escuchó decir a alguien.
- Debemos darnos prisa, no sabemos de cuanto tiempo contamos.- Otra voz que replicaba.
Y entonces el estruendo, algo golpeó en algún lugar del pueblo, se miraron todos estupefactos, ya habría tiempo de más presentaciones, ahora era hora de salvar Punta Arena.

Salieron todos corriendo en pos de los golpes y el grupo se dividió. Con la bastarda y el escudo en mano, Brandán decidió seguir a un joven y decidido humano armado con dos espadas, a un fuerte y alto semiorco que parecía un titan, una exótica arcana, un rubio norteño y una extraña elfa que parecía frágil de cuerpo, pero de mirada dura como el acero armada con un arco de un manufactura exquisita nunca vista antes por él.

Los ruidos resonaban en la puerta norte, enormes piedras caían y golpeaban las puertas y los muros.

El joven humano pidió que abrieran las puertas, mientras la guardia se negaba, justo en el momento que una gran roca golpeaba la puerta destrozándola y haciendo un gran boquete por donde poder salir. El humano raudo como un leopardo salió, el resto le siguió, la elfa extraña se subió a las murallas.

Y el resto cruzando el muro fueron lentos, les golpeó una roca de lleno, una vez recuperados se enzarzaron en combate, eran tres gigantes de piedra, que amenazaban con destruir las murallas para siempre. La lluvia de golpes de los combatientes caía sin descanso, pero las hondanadas de flechas eran rápidas y mortíferas, ese arco largo aparte de ser una pieza excepcional era mortal en las manos de la extraña elfa.

El combate ceso en ese punto y los aventureros decidieron avanzar hacia otro punto del villorrio, habían más gigantes, la elfa corría y danzaba haciendo cabriolas sobre las murallas, el resto corría como alma que lleva Asmodeo hacia el este.

Brandán vio por el rabillo del ojo, como uno de esos aventureros volaba en el cielo haciendo círculos, pero para lo que no estaba preparado era para la gigantesca sombra y la ráfaga de viento que el batir de unas alas acababa de levantar, el cielo se tiñó de un rojo ensangrentado, era un enorme dragón que amenazaba con destruirlos...”

Continuará...

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