- Sentir la brisa fresca en la cara, es lo único bueno de pasar tanto tiempo en la cofa con este intenso frío.- Dijo uno de los vigías con cara de mustélido mirando a su compañero, mientras se arrebujaba en la manta, frotaba y soplaba las manos para hacerlas entrar en calor. Este asentía con una leve sonrisa en su cara.
- Eso es verdad , porque lo que es tu compañía Comadreja, deja mucho que desear, aquí arriba.- Entre chanzas Brandán le dio un codazo amistoso mientras ambos se reían. Se llevó una mano bajo el tricornio de cazador y oteó el horizonte de nuevo, era noche cerrada y estaba oscuro, pero para él, eso no era un gran problema debido a su linaje.
El joven marinero con la mirada pérdida en el horizonte, pensaba en cuanto tiempo había pasado desde que se enrolo y se marcho de Punta Arena, habían sido cuatro, no; habían sido cinco largos años en tierra hostil y desconocida, hasta que había decidido regresar.
De pronto salio de su ensimismamiento golpeando con su mano izquierda a su compañero en el brazo con demasiada energía.
- ¡Veo Tierra amigo mio, veo la maldita tierra!.- Mientras le daba un afectuoso abrazo.
- Que narices dices, no veo nada Brandán, pero me fio de ti, deberías de bajar a avisar al contramaestre.- Dijo Comadreja, que más que dando una orden era como un recordatorio de sus obligaciones.Si mucha más dilación Brandán, pego un salto de la cofa a la tabla de jarcia, y descendió agarrado a los obenques y flechastes como un felino persiguiendo a su presa. Una vez ya en cubierta salio corriendo hacia la astilla, en la primera cubierta, junto a la entrada de la bodega, dejando atrás el castillo de popa pasando por los aparejos de varios mástiles bajo la mesana donde se encontraban los camarotes de los oficiales. Golpeo la escotilla con fuerza y espero a que le dieran paso.
- Contramaestre Pope, hemos divisado tierra mi señor, estamos llegando a tierras de Varisia, es Punta Arena sin lugar a dudas.- Dijo convencido el mestizo.
- Gracias marinero Brandán, informa al piloto de mi parte y que el timonel ponga rumbo a puerto, informaré al maestre para que se lo diga al capitán. Regresa de nuevo a tu puesto y informa de cualquier contratiempo. Ahora marinero, ya puedes retirarte.- El contramaestre con un deje de su mano lo despidió de allí, como quien sacude un pañuelo lleno de mugre.
El joven muchacho informo al piloto y regreso a su puesto, subiendo por la tabla de jarcia de nuevo hacia la cofa donde se encontraba el otro vigía. Oteó de nuevo el horizonte con una sonrisa en su rostro, sin duda eso que veía era tierra. Termino su turno de cuatro horas, la guardia del Piloto, la que comprendía de la medianoche hasta las ocho de la mañana, dividida en dos turnos de cuatro horas cada una. Podría dormir en la batayola donde se encontraban los coyes de la tripulación, al menos hasta el siguiente turno de guardia.
El día llegó como siempre al comenzar la guardia del Maestre. En ese momento, el paje encargado de dar la vuelta al reloj entono la canción de todas las mañanas:
Bendita sean la
luces,
y las Santas Veracruces,
y los Señores de la
Verdades,
y las Santas Trinidades;
benditas sean las almas,
y
los Señores que nos las mandan;
benditos sean los días
y los
Señores que nos los envían.
Brandán se vistió rápidamente, arranchó sus cosas y salió a cubierta, allí el capitán ya daba ordenes y el maestre las repetía a viva voz.
- Virar por avante, rumbo al puerto.- Dijo el capitán.
- ¡Virar por avante, rumbo al puerto!- Grito el maestre al piloto y al timonel.
- ¡Gobernar ese condenado timón! ¡No dejéis que barloventee, hay que abarloar y atracar en el muelle!.- Ordenó el capitán con la voz elevada, mientras el maestre repetía cada una de sus ordenes a sus hombres.
Una vez encauzado el rumbo hacia el puerto de Punta Arena, el galeón de tres mástiles, “Orgullo del Viento”, daba un último embique, atracando y embistiendo la costa por proa y largando un ancla por la popa. Brandán se agarraba a la borda de estribor, mientras el viento azotaba su cara, salpicada de gotas de espuma y una sonrisa de satisfacción recorría su blanquecino rostro, por fin estaba en casa”.

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