Shaldur había montado el campamento, quedaban pocos días para que pasaran por Wartle. Él había intentado cambiar la ruta, pero no había podido, en el fondo sabía que lo más rápido era volver a pasar por allí. Tobías se encontraba haciendo la cena en la hoguera, los demás en sus quehaceres. El explorador estaba alejado del campamento y Zorta, su perra loba, estaba con él, aparentemente discutiendo. En ese momento escucharon un ruido y vieron movimiento entre los árboles. A lo lejos podían ver una figura menuda, que pudieron reconocer como la de Aidna, quien portaba en su mano zurda tres liebres colgadas boca abajo. Llegó lentamente a su posición, cauta, procurando no asustarles:
-¿Todo bien?
Shaldur miró a Zorta. La loba se acercó amigablemente hacia
la mujer, rozándose contra su pierna izquierda:
- Bueno, imagino que sí –respondió el hombre apretando la mandíbula.
Aidna se agachó olisqueando a la loba y restregando su
cabeza contra la del animal:
-Estás enfadado –sentenció –¿Ha pasado algo? –a Zorta le
gustaban los gestos de la mujer y le correspondía lamiéndola amigablemente.
-Quiere luchar –afirmó con el tono seco y cortante que
caracterizaba últimamente al humano mientras cabeceaba hacia el animal
-¿Zorta? –preguntó incrédula, viendo al animal cariñoso
- Sí. Dice que es parte de la manada y que también quiere
defenderla
-Ah, eso sí que puede ser. – replicó el hada rascándole
detrás de las orejas –Últimamente no se siente como tu compañera ¿Por qué no la
dejas luchar?
- Mírala, no es fuerte, no quiero que le pase nada –Zorta
respondió enseñándole los dientes, enfadada.
-¿Qué has dicho? –Aidna se levantó con el ceño fruncido –Yo
tampoco soy fuerte y lucho. Tengo otras habilidades. Lo mismo con ella.
-No quiero perderla, y no voy a hablar más de ese tema. –la
loba gruñó enfadada y tras emitir un ladrido agudo que se pudo escuchar en el
campamento, desapareció en la espesura por donde había salido Aidna.
-¿Ves lo que has hecho?
-Prefiero que se enfade, a perderla. Volverá
-Pero no es tuya Shaldur, no te pertenece. No puedes elegir
por ella. –le dijo mientras se acercaba a él. No estaba enfadada pero sí algo
incrédula y molesta.
- Nos pertenecemos, llevamos juntos muchos años, una vida,
yo he hecho cosas por ella que no quería. Es su momento.
-¡No! ¡Nadie pertenece a nadie! –las mejillas de Aidna
comenzaron a teñirse de un tono morado –De hecho ¡Mira! –señaló al bosque –Una
muestra, ha salido corriendo. Y yo también lo haría.
Shaldur recordó cómo conoció al hada Aidna:
-No me refiero a pertenecer, como posesión, hacemos cosas el
uno por el otro, somos amigos, y ella también debe de respetarme.
-¡Pero esto no es respeto! –la mujer se cruzó de brazos,
relajando algo la tensión de sus facciones –Es posesión. Si tú hiciste algo por
ella, lo hiciste porque lo elegiste así. No puedes elegir por Zorta. No puedes
reclamarle nada, es un ser libre. –terminó sin poder ocultar cierta tristeza en
sus ojos.
- Lo es, si quiere luchar debe ser fuerte, cuando lo sea
podrá hacerlo. –sus palabras eran una sentencia.
-Entiendo lo que es perder a alguien, yo he perdido a mucha
gente pero... pero son libres, Shaldur. Tenemos que vivir con ello. –descruzando
los brazos los dejó caer pesadamente a ambos lados –A veces no nos gustan las
decisiones de la gente a la que queremos, especialmente si supone un peligro.
Pero son libres. Hemos de respetar.
- Lo dicho, que se lo gane. Ella verá lo que hace. –su tono
no admitía réplica –Ahora eres libre ¿Que vas a decidir? –cambió de tema con
palabras secas, centrandose en ella, mientras se mantenía firme delante del
hada. Shaldur era un hombre bajo, pero su envergadura seguía siendo mayor que
la del hada, ocupando más espacio. Había crecido, era más fuerte que cuando se unió
a los Alegres Borrachines.
-Voy a enfrentarme a los ogros y a cualquiera que estuviera
detrás de la destrucción de mi pueblo. –algo brillaba en sus ojos azules –Después....
-¿Tu pueblo? ¿Qué pasó?
La mujer miró a su alrededor por un segundo. Intentó disimularlo,
pero estaba sobrecogida por el mundo extraño que la rodeaba. Sin embargo,
volvió a centrar la vista en Shaldur, parecía cansada:
-Los ogros entraron en El Bosque. Acabaron con toda la vida
que encontraron, incluyendo a todas las hadas... salvo a mí.
Shaldur no miraba a su alrededor, estaba tranquilo, conocía
la zona y había rastreado a millas del campamento antes de instalarlo:
-¿Y te llevaron con las brujas?
-Sí. –respondió ella secamente
-No entiendo nada, se me escapa todo y me da rabia. –dijo apretando
la mandíbula.
En ese momento los labios de Aidna comenzaron a curvarse en
una sonrisa, después un bufido contenido y por último un estallido de
carcajadas que terminó por doblarla por la cintura. El semblante de Shaldur no
cambió, mirando al hada con el ceño fruncido:
-¿Qué te hace tanta gracia?
-¡Los dos estamos igual!
- ¿Te han contado lo que hacemos? –prosiguió, frío como el
acero.
-Algo.... pero hasta hace poco sólo me limitaba a decir que
sí, aunque no me enterase muy bien. –el hada paró de reír, secándose las lágrimas
incipientes de los ojos.
- No sé quién estará detrás de todo esto, no sé qué es, o
quién es, o qué hace, pero he visto dolor, sufrimiento, muerte, pienso
devolverles lo mismo....
-Puedo entender tu dolor. Yo también quiero venganza.
Pero... –miró al suelo de soslayo –Ulrich me dijo hace unos días algo.... que
me ha tenido pensando.
- ¿Qué?
-Si solo me centraba en la venganza, no encontraría más que
sangre en el camino. –de nuevo se cruzó de brazos –Quiero acabar con ellos, voy a acabar con ellos. Pero cuando lo
logre habrá un después. Me cuesta pensar así, pero es la verdad ¿Y después qué?
Mi gente no va a volver. El Bosque no va a volver. Mis alas.... no van a
volver. – el hombre escuchaba las palabras del hada con atención, mientras
hablaba el bosque que les rodeaba parecía guardar silencio. Tan solo se
escuchaba la voz de Aidna –Sin embargo el tiempo seguirá. El sol saldrá. Y yo
seguiré en un mundo extraño, que no es el mío. –sonrió tristemente –Disculpa
por haberme reído antes, pero por un momento no me he sentido tan sola ni tan
diferente.
-Conozco un lugar que te gustaría y te aceptarían, cuidan
las montañas y bosque, yo iré allí cuando vuelva a Varisia.
-¿Tú crees? –le miró socarrona –He notado cómo me miran. No
me gusta. –un brillo malicioso se reflejó en sus ojos –Bueno... a veces
disfruto un poco con ello. Tengo que encontrar mi lugar en el mundo, Shaldur,
más allá de la venganza.
-No lo creo, lo sé, iremos juntos, quien te mire mal no te
merece.
-Supongo que el odio me ha mantenido viva doscientos años. –se
encogió de hombros –He tenido tiempo para pensar, ahora que estoy libre. He
charlado con tus compañeros. Mi ira me sigue manteniendo en pie, pero tengo que
ser honesta. Eso enmascara algo que no quiero afrontar.
- Todo llega, lo harás y vencerás eres fuerte. –aseguró el
humano con voz firme
-¿Como Zorta? –le miró, evaluándole con cierta sorna
- Así es, ella está aprendiendo, sé que volverá más fuerte. –Shaldur
parecía decidido, inflexible e inmutable –Es el sendero de la vida, es el
circulo de la vida, o mueres o te haces más fuerte. Tú eres fuerte, vamos
creciendo.
-¿Sabes? Ya que tú te estás portando de una forma egoísta y
cruel... –esbozó una sonrisa burlona –Creo que le voy a ayudar a hacerse más
fuerte.
- Tú misma, no lo veré mal. Le gustas, os he visto jugar
mientras cazaba, me parece muy bien esa relación que tenéis.
-Y si no te gustara no podrías impedírmelo. -se acercó a él,
otra vez ese gesto avieso. Estaba jugando, era su forma de divertirse.
- Cierto, no podría, aunque es algo que no vamos a
descubrir.
Aidna se echó a reír de nuevo. Mientras, Shaldur permaneció
estoico antes las risas de la mujer:
- Tendremos que descansar, nos queda mucho para acabar esta
caza, y cuando acabe con esto de las 7 puntas, tengo una empresa personal que
acometer.
Se giró bruscamente sin emitir sonido y dio unos pasos hacia
el campamento haciéndole un gesto amigable al hada para que fuera con él,
quizás el único gesto amable desde que habían empezado a hablar:
-De eso nada. –le escuchó decir el hombre con voz cantarina
a sus espaldas –Estás demasiado acostumbrado a que Zorta te haga caso. A mí no
se me hace un gesto y voy corriendo obediente. Voy a tener una larga charla con
ella.
Aidna se encaminó hacia el bosque, parecía que incluso la
brisa le acompañaba a cada paso, a cada movimiento, hasta que despareció en la
espesura. Shaldur, sin girarse, sonrió ante ese comentario. Había conseguido lo
que quería.
Desde aquella charla entre los tres, Zorta permaneció oculta en
la espesura del boque. Aidna desapareció de vez en cuando y al volver, nunca
anunciaba a dónde había ido ni qué había hecho, sólo se limitaba a mirar de
soslayo a Shaldur, con un gesto orgulloso en el rostro. Así, entraron en Punta
Arena, sin la compañía de la perra loba.
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