viernes, 6 de noviembre de 2020

Libertad

 Shaldur había montado el campamento, quedaban pocos días para que pasaran por Wartle. Él había intentado cambiar la ruta, pero no había podido, en el fondo sabía que lo más rápido era volver a pasar por allí. Tobías se encontraba haciendo la cena en la hoguera, los demás en sus quehaceres. El explorador estaba alejado del campamento y Zorta, su perra loba, estaba con él, aparentemente discutiendo. En ese momento escucharon un ruido y vieron movimiento entre los árboles. A lo lejos podían ver una figura menuda, que pudieron reconocer como la de Aidna, quien portaba en su mano zurda tres liebres colgadas boca abajo. Llegó lentamente a su posición, cauta, procurando no asustarles:

-¿Todo bien?

Shaldur miró a Zorta. La loba se acercó amigablemente hacia la mujer, rozándose contra su pierna izquierda:

- Bueno, imagino que sí –respondió el hombre apretando la mandíbula.

Aidna se agachó olisqueando a la loba y restregando su cabeza contra la del animal:

-Estás enfadado –sentenció –¿Ha pasado algo? –a Zorta le gustaban los gestos de la mujer y le correspondía lamiéndola amigablemente.

-Quiere luchar –afirmó con el tono seco y cortante que caracterizaba últimamente al humano mientras cabeceaba hacia el animal

-¿Zorta? –preguntó incrédula, viendo al animal cariñoso

- Sí. Dice que es parte de la manada y que también quiere defenderla

-Ah, eso sí que puede ser. – replicó el hada rascándole detrás de las orejas –Últimamente no se siente como tu compañera ¿Por qué no la dejas luchar?

- Mírala, no es fuerte, no quiero que le pase nada –Zorta respondió enseñándole los dientes, enfadada.

-¿Qué has dicho? –Aidna se levantó con el ceño fruncido –Yo tampoco soy fuerte y lucho. Tengo otras habilidades. Lo mismo con ella.

-No quiero perderla, y no voy a hablar más de ese tema. –la loba gruñó enfadada y tras emitir un ladrido agudo que se pudo escuchar en el campamento, desapareció en la espesura por donde había salido Aidna.

-¿Ves lo que has hecho?

-Prefiero que se enfade, a perderla. Volverá

-Pero no es tuya Shaldur, no te pertenece. No puedes elegir por ella. –le dijo mientras se acercaba a él. No estaba enfadada pero sí algo incrédula y molesta.

- Nos pertenecemos, llevamos juntos muchos años, una vida, yo he hecho cosas por ella que no quería. Es su momento.

-¡No! ¡Nadie pertenece a nadie! –las mejillas de Aidna comenzaron a teñirse de un tono morado –De hecho ¡Mira! –señaló al bosque –Una muestra, ha salido corriendo. Y yo también lo haría.

Shaldur recordó cómo conoció al hada Aidna:

-No me refiero a pertenecer, como posesión, hacemos cosas el uno por el otro, somos amigos, y ella también debe de respetarme.

-¡Pero esto no es respeto! –la mujer se cruzó de brazos, relajando algo la tensión de sus facciones –Es posesión. Si tú hiciste algo por ella, lo hiciste porque lo elegiste así. No puedes elegir por Zorta. No puedes reclamarle nada, es un ser libre. –terminó sin poder ocultar cierta tristeza en sus ojos.

- Lo es, si quiere luchar debe ser fuerte, cuando lo sea podrá hacerlo. –sus palabras eran una sentencia.

-Entiendo lo que es perder a alguien, yo he perdido a mucha gente pero... pero son libres, Shaldur. Tenemos que vivir con ello. –descruzando los brazos los dejó caer pesadamente a ambos lados –A veces no nos gustan las decisiones de la gente a la que queremos, especialmente si supone un peligro. Pero son libres. Hemos de respetar.

- Lo dicho, que se lo gane. Ella verá lo que hace. –su tono no admitía réplica –Ahora eres libre ¿Que vas a decidir? –cambió de tema con palabras secas, centrandose en ella, mientras se mantenía firme delante del hada. Shaldur era un hombre bajo, pero su envergadura seguía siendo mayor que la del hada, ocupando más espacio. Había crecido, era más fuerte que cuando se unió a los Alegres Borrachines.

-Voy a enfrentarme a los ogros y a cualquiera que estuviera detrás de la destrucción de mi pueblo. –algo brillaba en sus ojos azules –Después....

-¿Tu pueblo? ¿Qué pasó?

La mujer miró a su alrededor por un segundo. Intentó disimularlo, pero estaba sobrecogida por el mundo extraño que la rodeaba. Sin embargo, volvió a centrar la vista en Shaldur, parecía cansada:

-Los ogros entraron en El Bosque. Acabaron con toda la vida que encontraron, incluyendo a todas las hadas... salvo a mí.

Shaldur no miraba a su alrededor, estaba tranquilo, conocía la zona y había rastreado a millas del campamento antes de instalarlo:

-¿Y te llevaron con las brujas?

-Sí. –respondió ella secamente

-No entiendo nada, se me escapa todo y me da rabia. –dijo apretando la mandíbula.

En ese momento los labios de Aidna comenzaron a curvarse en una sonrisa, después un bufido contenido y por último un estallido de carcajadas que terminó por doblarla por la cintura. El semblante de Shaldur no cambió, mirando al hada con el ceño fruncido:

-¿Qué te hace tanta gracia?

-¡Los dos estamos igual!

- ¿Te han contado lo que hacemos? –prosiguió, frío como el acero.

-Algo.... pero hasta hace poco sólo me limitaba a decir que sí, aunque no me enterase muy bien. –el hada paró de reír, secándose las lágrimas incipientes de los ojos.

- No sé quién estará detrás de todo esto, no sé qué es, o quién es, o qué hace, pero he visto dolor, sufrimiento, muerte, pienso devolverles lo mismo....

-Puedo entender tu dolor. Yo también quiero venganza. Pero... –miró al suelo de soslayo –Ulrich me dijo hace unos días algo.... que me ha tenido pensando.

- ¿Qué?

-Si solo me centraba en la venganza, no encontraría más que sangre en el camino. –de nuevo se cruzó de brazos –Quiero acabar con ellos, voy a acabar con ellos. Pero cuando lo logre habrá un después. Me cuesta pensar así, pero es la verdad ¿Y después qué? Mi gente no va a volver. El Bosque no va a volver. Mis alas.... no van a volver. – el hombre escuchaba las palabras del hada con atención, mientras hablaba el bosque que les rodeaba parecía guardar silencio. Tan solo se escuchaba la voz de Aidna –Sin embargo el tiempo seguirá. El sol saldrá. Y yo seguiré en un mundo extraño, que no es el mío. –sonrió tristemente –Disculpa por haberme reído antes, pero por un momento no me he sentido tan sola ni tan diferente.

-Conozco un lugar que te gustaría y te aceptarían, cuidan las montañas y bosque, yo iré allí cuando vuelva a Varisia.

-¿Tú crees? –le miró socarrona –He notado cómo me miran. No me gusta. –un brillo malicioso se reflejó en sus ojos –Bueno... a veces disfruto un poco con ello. Tengo que encontrar mi lugar en el mundo, Shaldur, más allá de la venganza.

-No lo creo, lo sé, iremos juntos, quien te mire mal no te merece.

-Supongo que el odio me ha mantenido viva doscientos años. –se encogió de hombros –He tenido tiempo para pensar, ahora que estoy libre. He charlado con tus compañeros. Mi ira me sigue manteniendo en pie, pero tengo que ser honesta. Eso enmascara algo que no quiero afrontar.

- Todo llega, lo harás y vencerás eres fuerte. –aseguró el humano con voz firme

-¿Como Zorta? –le miró, evaluándole con cierta sorna

- Así es, ella está aprendiendo, sé que volverá más fuerte. –Shaldur parecía decidido, inflexible e inmutable –Es el sendero de la vida, es el circulo de la vida, o mueres o te haces más fuerte. Tú eres fuerte, vamos creciendo.

-¿Sabes? Ya que tú te estás portando de una forma egoísta y cruel... –esbozó una sonrisa burlona –Creo que le voy a ayudar a hacerse más fuerte.

- Tú misma, no lo veré mal. Le gustas, os he visto jugar mientras cazaba, me parece muy bien esa relación que tenéis.

-Y si no te gustara no podrías impedírmelo. -se acercó a él, otra vez ese gesto avieso. Estaba jugando, era su forma de divertirse.

- Cierto, no podría, aunque es algo que no vamos a descubrir.

Aidna se echó a reír de nuevo. Mientras, Shaldur permaneció estoico antes las risas de la mujer:

- Tendremos que descansar, nos queda mucho para acabar esta caza, y cuando acabe con esto de las 7 puntas, tengo una empresa personal que acometer.

Se giró bruscamente sin emitir sonido y dio unos pasos hacia el campamento haciéndole un gesto amigable al hada para que fuera con él, quizás el único gesto amable desde que habían empezado a hablar:

-De eso nada. –le escuchó decir el hombre con voz cantarina a sus espaldas –Estás demasiado acostumbrado a que Zorta te haga caso. A mí no se me hace un gesto y voy corriendo obediente. Voy a tener una larga charla con ella.

Aidna se encaminó hacia el bosque, parecía que incluso la brisa le acompañaba a cada paso, a cada movimiento, hasta que despareció en la espesura. Shaldur, sin girarse, sonrió ante ese comentario. Había conseguido lo que quería.

Desde aquella charla entre los tres, Zorta permaneció oculta en la espesura del boque. Aidna desapareció de vez en cuando y al volver, nunca anunciaba a dónde había ido ni qué había hecho, sólo se limitaba a mirar de soslayo a Shaldur, con un gesto orgulloso en el rostro. Así, entraron en Punta Arena, sin la compañía de la perra loba.

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