viernes, 24 de enero de 2020

Despedidas



-¿Cuándo vas a regresar?
-No lo sé pequeña, quién sabe qué me espera en Ofir. –contestó el hombre dejando sus fardos en el suelo del muelle.
-Dicen que quien va no vuelve. –Veda le miraba directamente a los ojos, con los brazos en jarra mientras se balanceaba nerviosamente sobre sus pies.
-Eso dicen. –Bern sonreía abiertamente.
La joven divagó de forma errática con la mirada de un lado a otro del puerto. Siete años atrás, cerca de allí, le había encontrado inconsciente tirado en el agua oculto entre las rocas, pero la muerte nunca había asustado a su amigo:
-Oye Bern… lo he estado pensando mucho y… -volteó la cabeza hacia él con expresión pensativa –a mí también me gustaría ver mundo. Tal vez…
-¡Ja! ¿Quién? ¿Tú? –Siguió riendo mientras se rascaba la poblada barba castaña -¡No jodas! Eres una renacuaja todavía.
-¿Ah sí? Pues esta renacuaja lleva dos años saltándose las fronteras Nilfgaardianas con la misma facilidad con la que se salta un charco, que no se te olvide. –le replicó apuntándole al pecho con el dedo índice
-Este charco se te queda grande Veda. –le miró de arriba abajo con cierto pesar en la mirada –Y el otro también era demasiado grande. No debí escucharte. Jamás debería haberte presentado a esa gente ni haberte involucrado en todo eso.
-¿Qué? Pero ¿Por qué? –la muchacha no salía de su asombro –Evidentemente no me iba a quedar en la herrería toda mi vida Bern ¿Acaso no se me da bien? Soy rápida, sigilosa…
-Y muy joven.
-Gracias.
-No lo decía como algo bueno.
-¡Vamos! He hecho una pequeña fortuna gracias a ti, mi familia está mejor y yo no me estoy marchitando en un matrimonio de mierda con un frutero. –expuso estas realidades como hechos irrefutables de que su vida era tal y como ella deseaba.
-Eh, tengo entendido que a Tagi le va bien. –se encogió de hombros mientras volvía a dedicarle una sonrisa socarrona
-¡Mi hermana apoya en su barriga enorme de embarazada a su otro hijo mientras le da de mamar! ¿Cómo, por todos los infiernos, iba a irle bien Bern? –gritó indignada mientras el hombre reía a carcajadas –Está a esto –continuó poniendo su dedo índice y pulgar de la mano derecha uno muy próximo al otro justo delante del rostro de su amigo –de convertirse en parte del ganado.
-Bueno, bueno… yo no la he oído quejarse. –intentó razonar con ella, pero sabía de sobra que era inútil.
-Porque no vas a verla. No te culpo.
-Sea como sea Veda, no vas a subir a este barco. –sentenció mientras volvía a cargar su equipaje al hombro con un solo brazo.
-¿Y quién iba a querer subirse a esa cáscara llena de piratas de segunda? –replicó mordazmente.
-Ah ¿Ahora soy un pirata de segunda?
-Bueno, salvo por el hecho de que casi te ahogas en un palmo de agua, no estás tan mal. –Estrechó sus ojos azules y burlones –Pero, como te decía, no es mi intención acompañarte… por ahora.
-Vaya, gracias, me siento aliviado. –contestó con sorna.
-Yo también voy a irme de viaje. Me están saliendo muchos trabajos jugosos y sería una pena desperdiciarlos. Además… yo aquí no pinto nada. –su mirada se dirigió a tierra, más allá del puerto. Suspiró y volvió la cabeza hacia Bern –Pero algún día te encontraré y volveremos a vernos.
-Suena como una amenaza.
-Bien, pretendía serlo. –ambos volvieron a reír, aunque esta vez teñidas de tristeza, era una despedida después de todo. –Cuídate mucho Bern.
-Cuídate pequeña… -alargó el brazo que tenía libre y rodeó con él a la muchacha, depositando un paternal beso sobre su coronilla –Y acuérdate de cumplir tus amenazas.
*          *          *
-¡Eh, eh! ¡No puedes marcharte! –gritó una vocecilla femenina e infantil al otro lado de la cueva.
-Pues… para no poder, se me está dando bastante bien. –replicó Veda mientras terminaba de cargar en su pequeña barcaza los últimos enseres.
Un jadeo nervioso rebotó contra las paredes de roca y no tardó mucho en aparecer, recortada contra el fondo, la pequeña figura de su hermana menor, Aedhi, quien venía corriendo hacia ella con un sucio vestido de tela y la cara llena de algo negruzco, probablemente tinte o grasa de la herrería:
-Pero… ¡No puedes! –gritó enfadada – Tú… ¡Me perteneces!
-Disculpa, que yo ¿Qué? –no pudo menos que reírse
-Me perteneces, necesito que me ayudes en la herrería. Hay mucho trabajo. –bajó la voz, visiblemente menos agitada ahora que había parado de correr.
-Aedhi, de los otros ocho recambios eres de las que mejor me cae, pero sabes de sobra que no soporto la herrería ni la vida que hay en torno a ella. –de un salto se subió a la cubierta del barco –No es nada personal, para otros puede estar bien, pero no es para mí.
-¿Y yo no te caigo bien? –otra voz, esta vez masculina, les llegó desde el otro lado de la cueva. Fey era mayor que Aedhi, pero un par de años menor que Veda, sin embargo estaba creciendo a buen ritmo y tardó mucho menos en recorrer la distancia que les separaba –No creas que no te he oído.
-Hola Fey –Veda suspiró mientras agarraba el cabo que unía la barca al improvisado muelle –Te he oído a kilómetros, se nota que cada vez estás más grande. Pero eso es muy bueno. De hecho puede que superes a Reve en breve.
-¡Por supuesto! Se nota que nacisteis juntos, es tan pequeño como tú. Aunque con muchas menos agallas. –dijo con una mirada de aprobación en los ojos.
-Quizá no deberías animarla. –dijo la pequeña, quien había estado rumiando algo en su cabeza durante unos instantes
-¡Quizá deberías cerrar la bocaza! –le espetó el chico rudamente
-Fey, ni siquiera tengo que subir para ponerte en tu sitio, así que contrólate. –Veda blandió entre sus manos un largo remo que usaba para controlar la pequeña embarcación.
-Veda… -su hermana pequeña se detuvo un momento, pensando qué decir –Me gustaría que te quedases conmigo.
-Ya lo sé, pero tú un día crecerás y harás tu propia vida, entonces puede que me entiendas. –deshizo el nudo del amarre, quedando la embarcación libre. Tendió su mano hacia su hermana, quien la cogió durante unos segundos antes de dejarla marchar mientras contenía las lágrimas. Por ese motivo había evitado las despedidas, pero Aedhi había sido más lista de lo que pensaba.
-¡Ánimo Veda! –gritó el chico mientras aplaudía, emocionado –¡Algún día seguiré tus pasos! En cuanto pueda me apuntaré al ejército y acabaré con todo aquel que se interponga en mi camino.
-Dioses… No querría tener nada que ver con eso. –contestó horrorizada más para sí que para sus hermanos.
Cuando atravesaba la luz de la cueva, alzó una mano en señal de despedida. Y no volvió a mirar atrás.

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