Las hileras de antorchas se
arremolinaban alrededor de lo que quedaba de fortaleza, parapetados en
estructuras de madera se resguardaban de la noche. No eran idiotas, a nadie se
le ocurriría atacar de noche una fortaleza llena de brujos, aunque bueno, tampoco
pensábamos que nadie lo intentaría de día y nos equivocábamos.
El aire fresco de la montaña me
ayudaba a olvidar el dolor del brazo, a pesar de haberme tratado la herida
seguida doliendo, había sido un corte muy grave que le impedía apenas mover el
brazo y en otra situación estaría guardando reposo, pero no, si iba a morir, prefería
aprovechar mis últimas horas.
Los nilfgaardianos llegaron hacía
cuatro días, una larga masa de soldados cubiertos de ropas negras que exigieron
la rendición. Ilusos. No sabían a lo que se enfrentaban y el primer día fue una
masacre, escaleras en mano intentaron asaltar la muralla y ganar por
superioridad numérica. Los más veteranos se hicieron cargo de la defensa,
apenas se podía seguir sus movimientos mientras danzaban alrededor de los
nilfgardianos, atravesándoles con sus espadas cortas como si fueran trigo para
segar. Perdí la cuenta de cuantos murieron, pero no se dieron por vencidos.
El segundo día cambiaron de estrategia, los
arcanos que trajeron se prepararon para destruir las murallas mientras con un
ariete asaltaban la puerta. Poco se pudo hacer, nuestros arcos y ballestas no
eran suficiente para parar esa cantidad de soldados y entraron en tromba.
El combate se volvió caótico,
habilidad contra disciplina, estábamos entrenados para cazar monstruos, con
sigilo y aprovechando sus vulnerabilidades. Los nilfgardianos eran bestias
también, no tan fuertes y ágiles, pero igual de peligrosas. Cuando matabas uno
otro lo sustituía, se cubren con escudos y te rodean, cuando te das cuenta,
varias saetas te atraviesan y no tienes donde cubrirte.
Vi morir a casi todos mis
compañeros. Guterres no pudo escapar cuando le rodearon, a pesar de matar a
media docena de soldados al final consiguieron reducirlo y masacrarlo. Lethis
fue atravesado por una saeta en el ojo y Maertel cayo agotado tras combatir
todo el día.
Yo mismo casi muero cuando me
enfrentaba a un grupo de soldados, era como enfrentarse a una horda de nekkers
más organizada. Cada vez que acababa con uno, otro lo le sustituía, sus lanzas
parecían los aguijones de un enjambre de escorpiones. No sé a cuantos segué la
vida, pero al final tuve que escapar. Ese fue mi bautismo, no cazando algo para
lo que me habían entrenado, sino evitando ser cazado por soldados
nilfgardianos, ellos se buscaron su muerte al empuñar un arma ¿Qué diferencia
hay entre un soldado y un ghul? Ambos matan, unos porque se les ordena, otros
por instinto.
Al final del tercer día tuvimos que
retirarnos los que quedábamos al torreón de la sangre, la única estructura aun
intacta. Escavada en la montaña, les costaría bastante hacerse paso por ella.
Una áspera voz interrumpió mis
pensamientos.
-Yanolf, te estaba buscando. – la
voz de Ivar era inconfundible, el hombre era alto, sus movimientos sinuosos, su
cara llena de arrugas y cicatrices, pero lo que más impresionaba era su mirada,
te atravesaba de lado a lado como una aguja candente:
- ¿Qué desea maestro?
-Tienes que prepararte, sé lo que
me vas a decir y esa es la misma razón por la que debes irte. Has luchado bien,
has demostrado con creces que te mereces esto- Mientras pronunciaba sus
palabras me alargó un medallón, ya lo había visto antes, cada brujo de la
víbora tenia uno. - Es tuyo, te lo has ganado.
No tenía palabras, solo pude
cogerlo y mirarlo con tristeza.
-Prepara tus cosas, te vas. No es
tu destino morir aquí. Detrás del almacén encontrarás una piedra cubierta de
moho. Te abrirá un pasadizo por el que escapar, sigue tu camino.
-Maestro, escapemos todos ¿Por qué
yo solo?
-Solo quedamos los más viejos,
nuestro camino ya está escrito, estamos aquí por nuestras decisiones. Tú tienes
una vida por delante, un camino que recorrer y un destino que descubrir. Les
entretendremos y les costará acabar con la víbora, cada piedra de esta
fortaleza se bañará con su sangre o la nuestra.
Se giró lentamente y se fue
dejándome con mis pensamientos. ¿A dónde iré? Nunca había salido de estas
montañas.
Pero mientras pensaba en esto, un
olor se me vio a la nariz, un olor salado, un olor que me había acompañado toda
mi niñez.

Lo de Guterres me dejo marcado :(
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