lunes, 20 de enero de 2020

Veda


La vida en Cidaris había estado bien… durante un tiempo. Sin embargo ya había tenido suficiente. Me crié en una casa encima de una herrería en el barrio mercader de Cidaris junto con mis padres y mis ocho hermanos. Mi mellizo sin duda heredaría el negocio y lo seguiría, mientras que mis hermanas seguramente encontrarían marido en algún momento y continuarían sus vidas como esposas, fuera lo que fuese que significase aquello. Sin embargo el taller me había aburrido horriblemente desde que tenía uso de razón –aunque algunas de las cosas más sencillas se me quedaron bien grabadas en la cabeza –y desde luego no pretendía seguir el destino de mis hermanas, sobre todo después de conocer a Bern de Bremervoord. Sí, es un jodido trabalenguas.
Bern era un hombre de la marina al servicio del rey, en otras palabras, un corsario. Era joven, fornido, rudo y muy hábil con las armas, sin embargo no lo suficiente como para acabar bien parado en el último enfrentamiento contra unos piratas de Skellige. Su barco se hundió en el mar y muchos de ellos no lograron contarlo, de hecho él mismo estuvo a punto de morir en un palmo de agua salada cuando su cuerpo inconsciente quedó varado en la orilla de la playa con la cara metida en el agua. Por fortuna para él, yo me hallaba rondando la zona en busca de algo que me pudiera resultar interesante. Y lo encontré, ya lo creo que lo encontré.

Por aquel entonces sólo tenía nueve años pero fue suficiente para salvarle la vida, algo que Bern creo nunca ha olvidado. Pasó un par de meses en nuestra ya abarrotada casa hasta que consiguió recuperarse lo suficiente de sus heridas como para valerse por sí mismo. Durante ese tiempo Bern me habló de sus andanzas y mi mundo cambió para siempre, ya no pude pensar en otra cosa que no fueran aventuras. Desde entonces, aunque estuviera lejos, siempre encontró algún momento para visitarme y pasar tiempo conmingo, preocupándose por mi futuro y bienestar… a su manera. Fue él quien me puso en contacto con el mundo criminal y me ayudó a posicionarme como contrabandista, especialmente encomendándome misiones en las que tuviera que llevar materiales desde la frontera con Nilfgaard a Cidaris. La última vez que le vi fue con dieciséis años, cuando fue a despedirse antes de emprender su viaje hacia tierras lejanas e inhóspitas. Ese quizá fuera el detonante, el último empujón que necesitaba para lanzarme definitivamente a los caminos o a las turbulentas aguas en busca de riquezas, pero sobre todo de historias que poder recordar con una sonrisa en los labios.

Al año siguiente ya estaba jugándome el cuello en las fronteras con otros reinos, especialmente Nilfgaard, trayendo y llevando mercancía, personas, información… lo que se terciase. Aunque quiero que quede bien claro que jamás he hecho nada en contra de mi país. Yo respeto mucho a nuestro rey, me parece un buen gobernante. El caso es que  así fue como, con veintiún años, en la frontera me encontré con el brujo Yanolf. Había oído hablar de que los brujos eran hombres fríos, casi mecánicos, pero este tipo se llevaba la palma, un helecho seguramente sea más cálido y comprensivo que él. Aunque tengo que reconocer que es fuerte y rápido. Muy rápido. Recuerdo que fue un encuentro fortuito pero realmente emocionante. A Yanolf le habían encargado que acabase con un espectro que andaba torturando a una familia Nilfgaardiana y para ello necesitaba un objeto significativo del difunto, aunque no sé muy bien para qué. Y ahí entro yo. Por motivos totalmente distintos, tenía que obtener algunas cartas de contenido, digamos, político-delicado de la familia a la que había pertenecido esta pobre alma y… bueno, no me costaba nada alargar un poco más la mano y llevarme algunas otras de carácter más íntimo. ¿Por qué lo hice? Pues en primer lugar, porque soy un encanto; en segundo, porque además me ofrecí a llevarle al sitio en cuestión (un lugar bastante apartado e inaccesible si no sabes por dónde te andas) y eso me garantizó ver la cacería, todo un espectáculo. Y en tercer lugar, pero no menos importante, porque ese cabrón con reflejos de Yanolf me debe una ahora. Ni una pérdida, todo beneficios.

Rondaba los veintitrés cuando me encontré por primera vez con Camille en la corte del rey Ethain. No soy nadie conocido ni importante, si no sería una mala contrabandista, pero tenía mercancía que entregar a alguien que sí lo era, o al menos eso creo. Heton se hacía llamar, si mal no recuerdo trabajaba para alguno de los consejeros del rey. Debería haberme ido inmediatamente, pero entre tanta gente… ¿Quién iba a darse cuenta? Y más estando Camille actuando en mitad del salón del trono. Es magnífica, no sólo por su belleza, sino por cómo era capaz de introducirte en la historia, podía hacer que te creyeras cualquier cosa. Me quedé hipnotizada con su creatividad y su interpretación. Cuando terminó, me arriesgué y me presenté. Ahora lo pienso y fue bastante ridículo, seguro que me siguió la conversación porque le hice gracia. Y porque, como te he dicho antes, soy encantadora. Estuve durante un tiempo trabajando para ella y trabamos lo que creo que fue una buena amistad. Ella me enseñó a mentir, o a interpretar, depende de cómo lo quieras enfocar. Créeme, eso me ha sido muy útil en esta vida que he decidido seguir ¡Mira! Todavía conservo aquí doblado el cartel de la noche que la conocí. No solo la admiro por sus dotes artísticas, Camille resulta ser una mujer ambiciosa, persuasiva y elegante. Aunque sinceramente, no aspiro a tanto.

En cuanto a lo último interesante que me ha pasado… hace algunos años conocí a Dommam. El elfo más estirado y culoduro con el que te podrás cruzar, de hecho al principio nos llevamos a matar. Estaba en Sodden, como siempre jugando entre fronteras y una familia me pidió que le buscase una medicina rarísima para una enfermedad que padecía la hija más pequeña. Busqué por todas partes y resulta que mi investigación me llevó hasta Dommam, quien se encontraba oculto en el bosque. No te creas que intenté robarle de primeras, fui una persona muy respetuosa y me ofrecí a pagar, pero ni por esas estaba dispuesto a ayudarme, así que no tuve más remedio que tomarme la justicia por mi mano. Yo corrí, él me persiguió y ambos nos encontramos con una patrulla fronteriza. A mí me encerraron por ladrona y a él por elfo. Tengo que decir que ambos cargos, aunque ciertos, no deberían considerarse algo criminal (te recuerdo que lo robé por una buena causa). Nos encerraron juntos, así que tuvimos tiempo de sobra para insultarnos e incluso para llevarnos bien después. Comprendí sus motivos, si yo odiase a toda la humanidad tampoco querría ayudar. Terminé liberándonos y gracias a mis habilidades pasamos dos años de un lado para otro pasando desapercibidos y sobreviviendo como buenamente podíamos. Esos días estuvieron llenos de fiestas y problemas, pero posiblemente haya sido la época más divertida de mi vida. Hace poco conseguimos un pasaje en barco para que Dommam pudiera escapar de toda esta locura racista hacia un lugar seguro. Me alegro por él, espero que se encuentre bien, aunque voy a echar de menos esos días.

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