Hermano
Incluso en la más terrible de las tragedias se puede
encontrar la salvación, esto es algo que me enseñó mi madre cuando era una
niña. Ella era una mujer nacida en una tierra extraña y lejana, al menos para
mí, pero fue aunque se supo adaptar bien a su nuevo entorno jamás abandonó su fe,
la que fue a su vez la fe de sus padres y la que es hoy en día la fe de muchas
otras personas, incluida la mía. Antes de que las fuerzas del mal se apoderasen
de mi hermosa Cheliax, me consagré como guerrera al servicio de Sarenrae,
aunque por aquel entonces no podría llegar a imaginar las pruebas que mi diosa
pondría en mi camino, pero tampoco en la gran sabiduría y fuerza que ganaría
con cada una de ellas.
Tuve la enorme suerte de tener un padre fuerte y severo,
aunque siempre justo y lleno de amor hacia su familia; una madre repleta de
paciencia, sabiduría, inteligencia y misericordia. Y un hermano.
Mi hermano. Recuerdo cuando éramos niños y jugábamos a ser
caballeros, a tener nuestro castillo, incluso un ejército. Yo soy tres años
mayor, así que era natural que le ganase, pero para él suponía una gran
vergüenza, nunca supo perder y se mostraba vengativo y furibundo tiempo después
de haber acabado el juego. Le quería, quiero, supongo que por eso busqué la
manera de hacerle feliz, así que por un tiempo yo me convertí en el demonio que
amenazaba a las buenas gentes de mi pueblo y él en el caballero de brillante
armadura que acababa con el mal y se convertía en un héroe amado por todos. Sí,
en el fondo pienso que solo quería ser amado, pero el miedo a no ser
suficiente, a la soledad, a tal vez ser eclipsado e ignorado oscureció toda la
luz que había en él.
El tiempo pasó para ambos y la verdadera oscuridad llegó
hasta las puertas de nuestro hogar. La corrupción de los líderes de Cheliax
acabó con todo lo que era bueno y puro. Pero nosotros nos alzamos, luchamos. Y
caímos. Uno a uno, todos los nobles hombres y mujeres que levantaron sus armas
contra los demonios que pusieron sus viles garras sobre mi amada tierra, fueron
derrotados, asesinados de las formas más horribles. También mi padre, aunque
por lo que escuché tuvo la suerte de encontrar la muerte en la gloria de la
batalla y no en sus mazmorras.
Yo llevaba tiempo luchando a las órdenes de la capitana
Salla Calus cuando me llegó la noticia. Mi hermano también estaba con nosotros.
No recuerdo que derramase una sola lágrima, ni una mueca de dolor, ni una
sombra de la pena en sus ojos, tan solo aplomo y decisión. Él ya había elegido
bando hacía tiempo, pero no tenía ni idea, así que pensé que tan solo era su
extraña forma de expresar el sufrimiento. Cuando nos traicionó vendiendo
nuestra posición a nuestros enemigos, apenas podía creérmelo, no era capaz de
ver por qué mi propio hermano había hecho algo tan horrible. Los pocos que
sobrevivimos a ese ataque brutal nos retiramos a nuestras casas con nuestras
familias. Era lo último que nos quedaba por proteger.
Sin embargo esa última noche quien me protegió a mí fue mi
madre. Cada vez que pienso en ella me viene a la cabeza la imagen de una leona
con sus cachorros. Me dijo que teníamos que irnos, que allí solo me aguardaba
la muerte y que Sarenrae tenía otros planes para mí. Debía hacerme fuerte en
cuerpo, espíritu y mente, para así algún día volver investida de toda su gloria
y acabar con el mal que había podrido los corazones de las personas que habían
tomado el control de Cheliax. En cuanto subí ella me pidió que fuera a recoger
la espada que estaba escondida en la bodega. Sin perder tiempo fui en su
búsqueda, se trataba de la magnífica cimitarra que llevo ahora al cinto, con el
precioso símbolo de Sarenrae tallado en la empuñadura. En ese momento, mientras
la miraba embobada, me di cuenta de que estábamos en movimiento. Subí a la
cubierta para encontrarme con mi madre y agradecerle semejante regalo, pero no
estaba allí. Recuerdo mirar a mi alrededor desesperada, con el estómago
encogido. Mis sospechas se confirmaron cuando miré hacia el muelle, su figura
inconfundible se despedía en la lejanía con una mano mientras con la otra se
cubría la boca. En la tierra de mi madre las leonas solo se separan de sus
cachorros cuando ya son lo suficientemente fuertes como para valerse por sí
mismos, mientras tanto permanecerán a su lado.
No voy a hablaros de lo que sentí en aquel entonces. Voy a
hablar de lo que he aprendido a partir de entonces.
Sé del amor de mis padres hacia mi hermano. Sé de mi propio
amor hacia él. Siempre ha sido mucho más inteligente y rápido que yo, un
estratega brillante y un chico hombre audaz, lo tenía todo para ser una
persona increíble. Ahora pienso, que aunque deseaba el amor de todos, quizá él
mismo no sabía amar. Tampoco sabía perdonar, creo que nunca se perdonó a sí
mismo, aunque tal vez los fallos por los que se castiga no son los correctos.
Nunca dejaré de buscarle y cuando lo encuentre, jamás me
rendiré mientras me quede un suspiro de vida. El arrepentimiento y el perdón
sinceros todo lo cura. Voy a traerle a la luz, voy a llevarle de nuevo al
hogar.
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