domingo, 26 de enero de 2020

La caída de la Víbora






Las hileras de antorchas se arremolinaban alrededor de lo que quedaba de fortaleza, parapetados en estructuras de madera se resguardaban de la noche. No eran idiotas, a nadie se le ocurriría atacar de noche una fortaleza llena de brujos, aunque bueno, tampoco pensábamos que nadie lo intentaría de día y nos equivocábamos.


El aire fresco de la montaña me ayudaba a olvidar el dolor del brazo, a pesar de haberme tratado la herida seguida doliendo, había sido un corte muy grave que le impedía apenas mover el brazo y en otra situación estaría guardando reposo, pero no, si iba a morir, prefería aprovechar mis últimas horas.

Los nilfgaardianos llegaron hacía cuatro días, una larga masa de soldados cubiertos de ropas negras que exigieron la rendición. Ilusos. No sabían a lo que se enfrentaban y el primer día fue una masacre, escaleras en mano intentaron asaltar la muralla y ganar por superioridad numérica. Los más veteranos se hicieron cargo de la defensa, apenas se podía seguir sus movimientos mientras danzaban alrededor de los nilfgardianos, atravesándoles con sus espadas cortas como si fueran trigo para segar. Perdí la cuenta de cuantos murieron, pero no se dieron por vencidos.

 El segundo día cambiaron de estrategia, los arcanos que trajeron se prepararon para destruir las murallas mientras con un ariete asaltaban la puerta. Poco se pudo hacer, nuestros arcos y ballestas no eran suficiente para parar esa cantidad de soldados y entraron en tromba.

El combate se volvió caótico, habilidad contra disciplina, estábamos entrenados para cazar monstruos, con sigilo y aprovechando sus vulnerabilidades. Los nilfgardianos eran bestias también, no tan fuertes y ágiles, pero igual de peligrosas. Cuando matabas uno otro lo sustituía, se cubren con escudos y te rodean, cuando te das cuenta, varias saetas te atraviesan y no tienes donde cubrirte.

Vi morir a casi todos mis compañeros. Guterres no pudo escapar cuando le rodearon, a pesar de matar a media docena de soldados al final consiguieron reducirlo y masacrarlo. Lethis fue atravesado por una saeta en el ojo y Maertel cayo agotado tras combatir todo el día.

Yo mismo casi muero cuando me enfrentaba a un grupo de soldados, era como enfrentarse a una horda de nekkers más organizada. Cada vez que acababa con uno, otro lo le sustituía, sus lanzas parecían los aguijones de un enjambre de escorpiones. No sé a cuantos segué la vida, pero al final tuve que escapar. Ese fue mi bautismo, no cazando algo para lo que me habían entrenado, sino evitando ser cazado por soldados nilfgardianos, ellos se buscaron su muerte al empuñar un arma ¿Qué diferencia hay entre un soldado y un ghul? Ambos matan, unos porque se les ordena, otros por instinto.

Al final del tercer día tuvimos que retirarnos los que quedábamos al torreón de la sangre, la única estructura aun intacta. Escavada en la montaña, les costaría bastante hacerse paso por ella.
Una áspera voz interrumpió mis pensamientos.

-Yanolf, te estaba buscando. – la voz de Ivar era inconfundible, el hombre era alto, sus movimientos sinuosos, su cara llena de arrugas y cicatrices, pero lo que más impresionaba era su mirada, te atravesaba de lado a lado como una aguja candente:

- ¿Qué desea maestro?

-Tienes que prepararte, sé lo que me vas a decir y esa es la misma razón por la que debes irte. Has luchado bien, has demostrado con creces que te mereces esto- Mientras pronunciaba sus palabras me alargó un medallón, ya lo había visto antes, cada brujo de la víbora tenia uno. - Es tuyo, te lo has ganado.

No tenía palabras, solo pude cogerlo y mirarlo con tristeza.

-Prepara tus cosas, te vas. No es tu destino morir aquí. Detrás del almacén encontrarás una piedra cubierta de moho. Te abrirá un pasadizo por el que escapar, sigue tu camino.

-Maestro, escapemos todos ¿Por qué yo solo?

-Solo quedamos los más viejos, nuestro camino ya está escrito, estamos aquí por nuestras decisiones. Tú tienes una vida por delante, un camino que recorrer y un destino que descubrir. Les entretendremos y les costará acabar con la víbora, cada piedra de esta fortaleza se bañará con su sangre o la nuestra.

Se giró lentamente y se fue dejándome con mis pensamientos. ¿A dónde iré? Nunca había salido de estas montañas.

Pero mientras pensaba en esto, un olor se me vio a la nariz, un olor salado, un olor que me había acompañado toda mi niñez.




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