La vida en Cidaris había estado bien… durante un tiempo. Sin
embargo ya había tenido suficiente. Me crié en una casa encima de una herrería
en el barrio mercader de Cidaris junto con mis padres y mis ocho hermanos. Mi
mellizo sin duda heredaría el negocio y lo seguiría, mientras que mis hermanas
seguramente encontrarían marido en algún momento y continuarían sus vidas como
esposas, fuera lo que fuese que significase aquello. Sin embargo el taller me
había aburrido horriblemente desde que tenía uso de razón –aunque algunas de
las cosas más sencillas se me quedaron bien grabadas en la cabeza –y desde
luego no pretendía seguir el destino de mis hermanas, sobre todo después de
conocer a Bern de Bremervoord. Sí, es un jodido trabalenguas.
Bern era un hombre de la marina al servicio del rey, en
otras palabras, un corsario. Era joven, fornido, rudo y muy hábil con las
armas, sin embargo no lo suficiente como para acabar bien parado en el último
enfrentamiento contra unos piratas de Skellige. Su barco se hundió en el mar y
muchos de ellos no lograron contarlo, de hecho él mismo estuvo a punto de morir
en un palmo de agua salada cuando su cuerpo inconsciente quedó varado en la
orilla de la playa con la cara metida en el agua. Por fortuna para él, yo me hallaba
rondando la zona en busca de algo que me pudiera resultar interesante. Y lo
encontré, ya lo creo que lo encontré.
Por aquel entonces sólo tenía nueve años pero fue suficiente
para salvarle la vida, algo que Bern creo nunca ha olvidado. Pasó un par de
meses en nuestra ya abarrotada casa hasta que consiguió recuperarse lo
suficiente de sus heridas como para valerse por sí mismo. Durante ese tiempo
Bern me habló de sus andanzas y mi mundo cambió para siempre, ya no pude pensar
en otra cosa que no fueran aventuras. Desde entonces, aunque estuviera lejos,
siempre encontró algún momento para visitarme y pasar tiempo conmingo,
preocupándose por mi futuro y bienestar… a su manera. Fue él quien me puso en
contacto con el mundo criminal y me ayudó a posicionarme como contrabandista,
especialmente encomendándome misiones en las que tuviera que llevar materiales
desde la frontera con Nilfgaard a Cidaris. La última vez que le vi fue con dieciséis
años, cuando fue a despedirse antes de emprender su viaje hacia tierras lejanas
e inhóspitas. Ese quizá fuera el detonante, el último empujón que necesitaba
para lanzarme definitivamente a los caminos o a las turbulentas aguas en busca
de riquezas, pero sobre todo de historias que poder recordar con una sonrisa en
los labios.
Al año siguiente ya estaba jugándome el cuello en las
fronteras con otros reinos, especialmente Nilfgaard, trayendo y llevando
mercancía, personas, información… lo que se terciase. Aunque quiero que quede
bien claro que jamás he hecho nada en contra de mi país. Yo respeto mucho a
nuestro rey, me parece un buen gobernante. El caso es que así fue como, con veintiún años, en la frontera me encontré con
el brujo Yanolf. Había oído hablar de que los brujos eran hombres fríos, casi
mecánicos, pero este tipo se llevaba la palma, un helecho seguramente sea más
cálido y comprensivo que él. Aunque tengo que reconocer que es fuerte y rápido.
Muy rápido. Recuerdo que fue un encuentro fortuito pero realmente emocionante. A
Yanolf le habían encargado que acabase con un espectro que andaba torturando a
una familia Nilfgaardiana y para ello necesitaba un objeto significativo del
difunto, aunque no sé muy bien para qué. Y ahí entro yo. Por motivos totalmente
distintos, tenía que obtener algunas cartas de contenido, digamos, político-delicado
de la familia a la que había pertenecido esta pobre alma y… bueno, no me
costaba nada alargar un poco más la mano y llevarme algunas otras de carácter
más íntimo. ¿Por qué lo hice? Pues en primer lugar, porque soy un encanto; en
segundo, porque además me ofrecí a llevarle al sitio en cuestión (un lugar
bastante apartado e inaccesible si no sabes por dónde te andas) y eso me
garantizó ver la cacería, todo un espectáculo. Y en tercer lugar, pero no menos
importante, porque ese cabrón con reflejos de Yanolf me debe una ahora. Ni una
pérdida, todo beneficios.
Rondaba los veintitrés cuando me encontré por primera vez
con Camille en la corte del rey Ethain. No soy nadie conocido ni importante, si
no sería una mala contrabandista, pero tenía mercancía que entregar a alguien
que sí lo era, o al menos eso creo. Heton se hacía llamar, si mal no recuerdo
trabajaba para alguno de los consejeros del rey. Debería haberme ido
inmediatamente, pero entre tanta gente… ¿Quién iba a darse cuenta? Y más
estando Camille actuando en mitad del salón del trono. Es magnífica, no sólo
por su belleza, sino por cómo era capaz de introducirte en la historia, podía
hacer que te creyeras cualquier cosa. Me quedé hipnotizada con su creatividad y
su interpretación. Cuando terminó, me arriesgué y me presenté. Ahora lo pienso
y fue bastante ridículo, seguro que me siguió la conversación porque le hice
gracia. Y porque, como te he dicho antes, soy encantadora. Estuve durante un
tiempo trabajando para ella y trabamos lo que creo que fue una buena amistad.
Ella me enseñó a mentir, o a interpretar, depende de cómo lo quieras enfocar. Créeme,
eso me ha sido muy útil en esta vida que he decidido seguir ¡Mira! Todavía
conservo aquí doblado el cartel de la noche que la conocí. No solo la admiro
por sus dotes artísticas, Camille resulta ser una mujer ambiciosa, persuasiva y
elegante. Aunque sinceramente, no aspiro a tanto.
En cuanto a lo último interesante que me ha pasado… hace algunos años conocí a Dommam. El elfo más estirado y culoduro con el que te
podrás cruzar, de hecho al principio nos llevamos a matar. Estaba en Sodden,
como siempre jugando entre fronteras y una familia me pidió que le buscase una
medicina rarísima para una enfermedad que padecía la hija más pequeña. Busqué
por todas partes y resulta que mi investigación me llevó hasta Dommam, quien se
encontraba oculto en el bosque. No te creas que intenté robarle de primeras,
fui una persona muy respetuosa y me ofrecí a pagar, pero ni por esas estaba
dispuesto a ayudarme, así que no tuve más remedio que tomarme la justicia por
mi mano. Yo corrí, él me persiguió y ambos nos encontramos con una patrulla
fronteriza. A mí me encerraron por ladrona y a él por elfo. Tengo que decir que
ambos cargos, aunque ciertos, no deberían considerarse algo criminal (te
recuerdo que lo robé por una buena causa). Nos encerraron juntos, así que
tuvimos tiempo de sobra para insultarnos e incluso para llevarnos bien después.
Comprendí sus motivos, si yo odiase a toda la humanidad tampoco querría ayudar.
Terminé liberándonos y gracias a mis habilidades pasamos dos años de un lado
para otro pasando desapercibidos y sobreviviendo como buenamente podíamos. Esos
días estuvieron llenos de fiestas y problemas, pero posiblemente haya sido la
época más divertida de mi vida. Hace poco conseguimos un pasaje en barco para
que Dommam pudiera escapar de toda esta locura racista hacia un lugar seguro.
Me alegro por él, espero que se encuentre bien, aunque voy a echar de menos
esos días.
Fenomenal relato!!
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