jueves, 5 de noviembre de 2020

Olfato

Ulrich llevaba varias horas trabajando el metal, centrado en su tarea y el calor resultaba sofocante. El sudor estaba comenzando a caer sobre sus ojos, impidiéndole la visión, por lo que elevó el rostro y se secó la frente con el antebrazo. Fue entonces cuando vió, sentada en una de las travesañas del techo, a Aidna, observándole a la par que comía algunas bayas. El hombre siempre había desconfiado de las razas feéricas. En el Norte no causaban más que problemas. Y encima esta no hacía más que vigilarle, aunque hasta el momento no parecía ser un peligro. No había intentado nada fuera de lo común, por lo menos para ser un hada que llevaba tantos años atrapada. "Supongo que se sentirá sola", pensó. Cogió aire y levantó la cabeza en dirección de Aidna:

 -¿Quieres algo o es que te aburres?. –las conversaciones no eran lo suyo.

La mujer ladeó la cabeza ligeramente y al meterse una baya más en la boca, parte del jugo cayó por la comisura de sus labios. Tras limpiárselo con el reverso de la mano contestó:

-Escuché ruido. Como pelea. –pareció pensar durante unos segundos antes de seguir -Luego vi que no. Pero nunca he vista trabajar con hierro antes.

Algo de jugo cayó en la forja, vaporizándose al instante y dejando algo de huella:

-¿No tenéis hierro de donde vienes?¿Y entonces con que peleáis, con ramas y flores? –su tono, aunque tosco, parecía más inquisitivo que insultante. Para Ulrich esta parecía ser una buena manera de mantener una conversación. Golpeó de nuevo lo que asemejaba ser un molde de metal.

Aidna entrecierra los ojos, pero después esboza una sonrisa burlona

-Sí. Y podemos matar con ellas. –entrecerró los ojos, midiendo al humano, después esbozó una sonrisa burlona seguida de un ligero gorgojeo, lo más parecido a una risa suya que el guerrero había escuchado hasta ese momento –Hacemos armas con madera. Madera de mi mundo está fuerte, no como este. Árboles enfermos, débiles. También usamos cristal.... –volvió a pensar –parecido.

La noción de armas de madera no le es extraña a Ulrich. Lanzas, escudos, flechas...pero ¿cristal?

-¿Cristal, dices? No sé si es que vuestro cristal es fuerte, o vuestros ataques son tan débiles que no podéis romper algo tan frágil... – golpeó una vez más. Las chispas se precipitaron alrededor del yunque al suelo –O quizás sea magia. Vuestro mundo para mí es un misterio.

-No cristal, como cristal, pero no cristal. –la expresión en el rostro del hada denotaba su frustración, incapaz de explicarse mejor. Se descolgó de la madera en la que se hallaba, muy cerca de Ulrich, quedando colgada boca abajo. El largo pelo argénteo por un segundo le tapó la visión de su trabajo. Aterrizó haciendo una grácil voltereta, quedando en cuclillas, con las manos sobre el piso. Podría ser confundida con un felino en esta posición –Este mundo para mí es un misterio también... –respondió al ponerse en pie

Golpeó de nuevo el metal, y saltando las chispas al suelo:

 -Cuidado ahí, no te vayas a quemar. –el fuego mostró las cicatrices, moratones y cortes mal curados en el pecho descubierto de Ulrich. En el pectoral izquierdo se podían distinguir restos de una marca, ahora cubierta prácticamente por piel cicatrizada –Oye, y si te mueves con tanta facilidad, ¿Cómo es que te cogieron las brujas? –otro golpe más.

Aidna se posiciona delante de él, muy cerca, tanto que le impedía seguir martilleando sin darle. Aunque el gesto era calmado en sus ojos brillaba la tormenta:

-No fueron brujas. Ogros. Ellos entraron en el Bosque, no sé cómo hacían. Nosotros menos, nosotros no saber. Ogros mataron faunos, dríadas... hadas. –en la habitación hacía calor, pero su tono servía para helar a cualquiera –Yo... –en ese momento apartó la mirada, apretando el puño con rabia –Mal, no hice bien. Fallé. No matarme a mí, pero sí quedé... –de nuevo se quedó atascada, encontrando dificultad en las palabras –No dormida, pero como dormida. Después me metieron en la jaula. – en este momento se giró, dándole completamente la espalda, procurando ocultarte su expresión. El hombre no podía ver las marcas, pero sabía que estaban ahí –Ataron cadenas a alas mías. Tiraron. No importa bien que te muevas cuando estás en una caja pequeña.

Ulrich observó a Aidna, su mirada mostraba pena. Sabía que había metido la pata:

-Perdona, no tendría que haberme metido donde no me llaman. –levantó el martillo para golpear de nuevo, aunque no terminó el martilleo. Dejándolo a un lado suspiró –Si te sirve de consuelo, sé lo que es perder a tu gente...lo que es fallarles.

Nuevamente cogió el martillo y comenzó a martillear fuerte, aunque falló el último golpe, doblando de manera errática el metal:

-¡Ah! ¡Fitte! –exclamó contrariado –¡Tendré que empezar de nuevo!

Aidna volvió a girarse, encarándose al humano, de nuevo cerca, no le permitiría martillear sin darle:

-¿Qué pasó? -los ojos, de ese extraño azul, se posaron en la cicatriz del pecho, inquisitivos. El humano no sabría decir si le preguntaba por la herida o por lo ocurrido

Ulrich soltó el martillo y las tenazas con las que agarraba el metal candente:

-Cumplí órdenes del mariscal, nos enviaron lejos de nuestro pueblo para acabar con brujas que estaban atacando los pueblos cerca de la frontera de Irrisen. Cuando volvimos a casa... –su mirada se centró en el fuego de la forja –¿Sabes que la ceniza tiene un olor distinto dependiendo de lo que quemas? Ese día aprendí a distinguir entre el olor de la ceniza de madera y la de hueso. –terminó alejándose a coger un cubo de agua para echarse algo a la cara

-Sí que lo sé... tengo buen olfato. -siguió sus movimientos con la mirada desde lejos –Siento cosas que los humanos no. Puedo veros sin ojos míos. Estáis lejos o cerca. También si en combate o tranquilos. –por primera vez, el guerrero podría decir que encontraba al hada nerviosa –Yo era capitán. No era buena soldado, no buena líder. No buena cumpliendo órdenes ni haciéndolas. Pero mataba bien. Yo... egoísta, era viento. Soldados míos buenos. Merecían mejor.

Ulrich le miró con atención. Suspiró de nuevo:

-Pues aprende de ello, lo menos que necesita esta gente es que les metamos en más problemas –dijo mientras cogía su ropa y se vestía –¿Y ahora que harás, siendo libre?

-Doscientos años es mucho tiempo. Tiempo para pensar, para aprender. -el hada parecía taciturna. Terminó por esbozar una sonrisa salvaje en su rostro –Vengarme. Los ogros y sus jefes siguen matando. Peor, hacen prisionero para siempre, hacen vivir en el miedo. No voy a permitirlo.

-La venganza está bien, pero intenta que no sea lo único que ocupe tu mente. –comentó mientras se dirigía a la salida –Si con sangre pintas tu camino, sangre será lo único que encuentres –se paró en la puerta, pensativo –Voy a la taberna a tomar algo, ¿vienes o prefieres morirte de calor?

Aidna se volvió hacia él, reflexionando profundamente sobre lo que le había dicho por unos instantes. Después su expresión cambió, algo más ladina, un brillo pícaro y burlón en los ojos:

-Veo que trabajar metal tiene su coste... -olfateó en dirección al guerrero –¿Los humanos también sois sensibles al calor?

Él observó al hada olisqueando y acto seguido se olió la axila:

-Vale, primero un baño y luego una jarra. Es lo que tiene la forja. Hasta el momento no he conocido persona alguna capaz de aguantar las llamas. Quizás Soron o Suliha tengan algo de magia para eso. Pero de manera natural, solo los idiotas se creen invencibles.

-Perdón, puedo ser... -pensó un rato, intentando encontrar la palabra, sin hallarla –Sois... extraños. Humanos, no sé qué significa eso. Intento saber más. Por eso observo ¿Hombre verde también es sensible a calor?

-¿Hombre verde?...¿te refieres a Ront? –preguntó pensativo –¿Quizás? No sabría decir.

-Me conformaré.... por ahora. –la mujer pasó a su lado, olisqueándole descaradamente una vez más. De alguna forma estaba comenzando a disfrutar su incomodidad –Hueles mejor así. El olor a metal es muy malo.

-Ehhm....si, vale. Voy a...sí... –terminó dejando en el aire la frase, alejándose confuso, caminando en dirección al mar. Nunca se había parado a pensar sobre el olor del metal.

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