martes, 17 de noviembre de 2020

Cuaderno de bitácora: Deuda de sangre

“El humo y el fuego ya habían dejado de ser los problemas más graves a los que se enfrentaba nuestro grupo. Brandán había estado apagando uno de ellos en la fábrica de vidrio. Ahora descansaba sentado en un tronco cercano, lleno de hollín, sudor y sangre reseca.

Entre escombros y ceniza, Ulrich buscaba un lugar donde respirar, donde poder sentarse aunque solo fuera un instante. En un claro cercano encontró a Brandán, a quien hace poco vio como al igual que él, uno o dos gigantes no eran suficientes para amedrentarlos. Se sentó a su lado, respiro hondo. El aire era cálido, y la brisa que antes traía el olor a salitre de la costa, estaba cargado de ceniza y sangre. Un olor que les era familiar.

El mestizo tiene retirada de su rostro la máscara que usa como pañuelo de color plateada sobre el cuello, te mira con sus ojos ambarinos y asiente mientras habla.
- Has luchado bien norteño, sabes usar esas armas. Nunca había visto a nadie de los tuyos tan al sur.

Rascándose mientras se quita restos de gigante de la barba, te mira con atención.
- Si, los míos no suelen viajar tan al sur, a menos que sea para saquear. Y antes de que lo digas, no. No estoy aquí para saquear.- centra la atención en tus heridas- Tu también peleas bien. Si te digo la verdad, nos daba por muertos frente a esos jotun.

Se lleva una mano su cara mientras se limpia con el dorso el sudor de su frente.
- No pretendía ofenderte, te pido disculpas por mis modales, tampoco dio demasiado tiempo a presentaciones, mi nombre es Brandán, y me crié aquí en Punta Arena.
Te ofrece la mano para estrechártela y cuando lo haces, te agarra del antebrazo.
- ¿Os saludáis así verdad? En mis viajes en barco, conocí a un norteño que así lo hacía.

Parece dudar en un principio pero luego aprieta en respuesta, quizá demasiado fuerte.
- Si, así es. No esperaba que nadie supiera de mis costumbres. Mi nombre es Ulrich, vengo de las tierras del Norte. Por aquí creo que los llamáis las Tierras de los Reyes de Linnorn.
Te suelta el brazo lentamente, parece que todavía tienes los músculos entumecidos.
- Y no te preocupes por modales, yo soy el menos indicado para replicar sobre eso.
Parece avistar tu espada, y recuerda como luchaste.
- ¿Y en Punta Arena os enseñan a pelear como tú? No he visto a nadie manejar ese acero con la destreza que has mostrado.

Reprime el gesto de sacudir el brazo en señal de respeto, aunque tiene un leve calambre que le recorre todo el antebrazo.
- Un placer Ulrich, de las Tierras del Norte. Aquí en Punta Arena aprendí lo básico, pero durante los últimos cinco años estado mucho más al sur y luchar sobre la cubierta de un barco en movimiento, te obliga a ser más diestro que lo que eres en tierra firme.
Por un momento parece fijar la vista al frente y tragar saliva.
- Pero si no hubiera sido por ti, no lo contaba. No me dejaste allí tirado cuando caí, no me conocías de nada, y aún así pusiste en peligro tu propia vida por un extraño. Nadie antes lo había hecho por mí, te debo mi vida y tengo una deuda de sangre contigo.

Te mira confuso. Se ha encontrado otro coagulo de sangre gigante en el pelo.
- Saltaste a luchar contra dos gigantes tú solo. En otra situación hubiera pensado que eres un insensato suicida. Pero tal como estaban las cosas, te comportaste como un verdadero guerrero. Lo menos que podía hacer por semejante valía era asegurar que ves otro amanecer.
Tira el coagulo al suelo. Sonríe con fuerza.
- Aunque seguimos siendo insensatos, que le vamos a hacer. Dos gigantes, y más que venían...

Asiente sonriente, puedes ver como asoman dos pequeños colmillos bajo su labio superior y su rostro níveo ennegrecido por la ceniza.
- Es mi hogar, no podía dejar que ocurriera nada malo a este sitio, me siento en deuda con Punta Arena y sus gentes. Y ahora con vosotros, no se cuáles van a ser vuestros pasos o que pretendéis hacer, pero iré con vosotros, ese dragón rojo y esos gigantes, caerán y tendremos nuestra revancha.
Y si, seguramente sea la sangre joven que corre por sus venas, o quizás su ascendencia, pero insensatos ambos sin lugar a dudas.

Ladea la cabeza y se cruje el cuello. Arquea la espalda. Ahora mismo sus huesos son gravilla.
- Si, ese Mok Martur...Mok Martin...el puto gigante de la Meseta debe pagar por lo que ha hecho. Pero..joder, ¿de donde sacan estos gigantes un dragón?.
Al mirarte de nuevo, se da cuenta de esos dientes. Y el color de tus ojos.
- ¿Y eso? No me digas que... ¡Tú también eres un hada como Aidna!

Frunce el ceño donde tiene dos protuberancias en forma de cuernecillos y te mira de medio lado.
- Forma extraña de llamar a los gigantes si. Y no, no soy un hada como esa tal Aidna a la que mencionas. Más bien soy un mestizo, mitad humano mitad un ser infernal, aunque todavía no puedo decirte quien de mis progenitores era un diablo o un demonio. No conocí a ninguno de ellos.

Otra vez, te mira de arriba a abajo confuso. Ves como su rostro va cambiando lentamente a una media sonrisa, y finalmente soltar una carcajada.
- ¡Aj, helvete! Ogros, gigantes, hadas y ahora un demonio. Ya no sé que esperarme.
Se levanta poco a poco, y te tiende la mano.
- Bueno, Brandán de Punta Arena. Creo que hemos descansado lo suficiente, ¿buscamos a los demás?

Te estrecha de nuevo el antebrazo para erguirse y está vez es él quién aprieta un poco, parece más fuerte de lo que aparenta mientras sonríe.
- Claro Ulrich de las Tierras del Norte. Busquemos al resto de tu compañía y tracemos un plan con nuestros siguientes movimientos.

Ambos hombres se dirigen de nuevo hacía el pueblo con la mente puesta en las siguientes sendas a seguir...”

lunes, 16 de noviembre de 2020

Cuaderno de bitácora: Fuego y Piedra


“El humo se divisaba dividido en varias columnas a lo largo y ancho de Punta Arena. El fuerte olor a madera quemada, se adentraba por sus fosas nasales bajo el pañuelo que hacia a su vez de máscara plateada que ocultaba su rostro. El dragón que había divisado, o más bien intuido, ya había empezado su baile frenético de fuego y destrucción sobre el villorrio. Dejo la furia por un momento, recuperando su compostura y sus modales. 

 Al este vio como los gigantes dejaban el puente y se dirigían hacia el sur, vio salir corriendo al norteño del cual todavía no conocía su nombre hacia el interior de la villa al sur, y a uno de esos aventureros convertido en un gigante enfundado en una pesada armadura perseguirlos por el agua al este. Valoro por un instante a quien seguir y decidió ir al interior, no era buena idea cruzar nadando el río y perder tiempo innecesariamente.

Por toda la villa el humo, el fuego y el caos reinaban a sus anchas sin orden ni concierto, la gente corría despavorida, asustada, niños llorando buscando a sus padres, tenderos haciendo banales intentos por extinguir las llamas que devoraban todo a su paso. Brandán no sabia que había sido del resto del grupo al que se había unido por azares del destino, pero esperaba que estuvieran bien, estaban dando todo de si por salvar el que consideraba su hogar y a sus gentes. Se puso a la par que el norteño y avanzo unos pasos hacia delante a la esquina de una de las casas. Por la calle avanzaban varios gigantes azuzando a la gente, sacándolos de sus casas y poniéndoles grilletes y cadenas como si fueran sus nuevos esclavos.

El norteño llego a su lado, se miraron y ambos avanzaron a trabar combate con esos malnacidos. Debían impedir que siguieran avanzando causando estragos. Sus golpes resonaban por las calles, amortiguados por los gritos, el crepitar de las llamas y los sollozos de sus habitantes, en una mezcolanza para nada halagüeña.

Y entonces la oscuridad, recibió un fuerte golpe en la sien que lo dejo sin sentido, el sabor metálico de la sangre resbalando por sus labios mezclados con el hollín y la niebla en sus ambarinos ojos, lo empañaban todo, cayó al suelo inconsciente. El norteño cogió al mestizo y lo saco de allí, mientras se reagrupaba a lugar seguro, puso su vida en peligro para salvarlo sin conocerlo de nada.

En otro lugar los combates proseguían, y el resto del grupo ayudaba a la gente a ponerse a resguardo al norte en el bosque. Varios elementales de agua apagaban fuegos aquí y allá, mientras el inmenso dragón rojo volaba de un lado a otro llevando como enseña el estandarte del terror.

Alguien lo hizo regresar, la habían dado un vial de sanación y había recuperado las fuerzas momentáneamente. Resollando cabizbajo recuperando el aliento, le temblaban las manos y las piernas, mientras se recomponía. Agarró de su faltriquera un par de viales que se bebió seguidos con ansias como si llevará mucho tiempo perdido en el desierto y sediento de sed. Lo repitió una vez más, hasta verse recuperado y con fuerzas para continuar. Agachado con las manos sobre sus rodillas miró a su alrededor buscando al grupo y asintió al norteño dándole las gracias en silencio con un cabeceo. Estaba de nuevo dispuesto para el combate y ayudar su pueblo. El norteño regreso al combate mientras oía voces de reagrupamiento mezcladas con el caos que seguía reinando por todos lados
.

Lo siguió y esta vez opto por rodear a su adversario, hubo intercambio de golpes una y otra vez, hasta que un mal paso del gigante que parecía ser su líder, hizo que clavara su pico en una pared cercana. Eso hizo que aprovechará y con tres movimientos rápidos y concisos de su espada de media mano acabará por fin con la criatura separando la cabeza del pesado cuerpo.

El combate había terminado en esa parte del pueblo, ya no había ni rastro del dragón que solo era un punto negro en el horizonte oculto entre el humo y las nubes. Y los gigantes habian huido o replegado a interior de los bosques y colinas, la villa ardía por todos los puntos cardinales, la mezcla de olor a madera, carne y salitre del mar, era todo lo que percibía en ese momento.

Salió corriendo para apagar el primer edificio que vio que seguía en llamas, todavía podía salvar a su pueblo, ya habría tiempo para cobrarse la revancha y ajustar las cuentas con sus nuevos enemigos”.

Continuará...



Nada que ofrecer



El infierno se había desatado sobre Punta Arena.

Un extraño olor a azufre y a fuego había llegado hasta a Aidna, pero cometió el error de no darle importancia hasta que el sol se oscureció. Alzó la cabeza y no pudo reprimir un escalofrío.

Entre los suyos se contaban leyendas de cuando el mundo era todavía joven, mas no quedaba nadie vivo para recordarlo. Sin embargo, los cuentos hablaban de unos monstruos reptilianos, gigantescos, alados, que respiraban fuego y eran capaces de exhalarlo haciendo que se fundiera incluso la roca. Y allí estaba, esa furia roja descendía de entre las nubes como si de la ira de los dioses se tratase, barriendo con su aliento ígneo todo lo que las llamas tocaban. Incluso desde las murallas, el espectáculo era sobrecogedor.

Un alarido le sacó de su ensimismamiento. Los gigantes entraban por el este, sus compañeros resistían, pero no podían hacer frente a aquello. Desde su posición privilegiada observó a la gente correr por las callejuelas de Punta Arena: una mujer llevando a dos críos a rastras y a la carrera, un joven ayudando a un anciano en su camino al puerto, un par de amantes abrazados bajo el umbral de una puerta.

Y de repente esos rostros ya no eran tan extraños. Esos seres de orejas mochadas, con sus cortas vidas y sus incomprensibles costumbres ya no le eran tan ajenos. Los edificios eran distintos, el paisaje también. Pero el hedor era idéntico al de aquel entonces. Y el horror se grita igual en todas las lenguas. Ahora era su gente la que corría por las calles de la ciudad, eran esa madre con sus hijos, ese hombre y su padre y esa pareja que se miraba, como si fuera la última vez, a los ojos.

Hacía más de doscientos años que cometió el error de no estar donde le dictaba su corazón en el momento en el que debía estarlo.

Demasiado tarde, demasiado lenta.

Los huesos de sus hermanos y hermanas alimentaban la tierra, pero los de aquellas personas todavía no.

No era demasiado tarde y, por todos los malditos dioses, no iba a ser demasiado lenta.

Bajó de la muralla de un salto, como de costumbre ni el polvo del camino hizo amago de moverse cuando posó los pies en el suelo. Corrió como hacía cientos de años no hacía. Agarró a cada persona que se encontró en su desenfrenada carrera y les instó a que la siguieran: irían hacia el puerto, era la ruta más segura.

Fue entonces cuando los vio: tres poderosos gigantes campaban por el sur de la ciudad, atrapando a todo aquel que se cruzaba en su camino. Miró a sus espaldas y supo que si entraba en combate con ellos seguramente toda aquella gente correría peligro, necesitaba cambiar de estrategia. Les gritó que fueran a la plaza y de allí a la puerta norte, se reuniría con todos a las afueras.

Aidna atajó por la catedral y tuvo un mal presentimiento mientras atravesaba la sala principal. Nada más salir vio a Shaldur, él también estaba evacuando a aquella gente. Sintió alegría, incluso cierto alivio, pero al segundo siguiente recordó una cosa que hizo que algo muy dentro de ella se retorciera y le mordiera salvajemente las entrañas: el explorador era una luz para sus amigos. En aquel extraño grupo no parecía haber jerarquía, sin embargo, él tenía algo que no era capaz de identificar. Quizá fuera su deseo de proteger a aquellos que eran importantes para él, pero en su empeño también procuraba actuar como guía. Independientemente de su fracaso o éxito, sentía que ponía siempre todo su corazón en ello y que estaba dispuesto a soportar las pesadas cargas de ese puesto. Eso ya le convertía en mejor líder de lo que ella había sido nunca.

Y sin embargo estaba ahí, lejos de sus compañeros, lejos de sus hombres. A ella no le quedaba nada, pero a él sí:

-¡Shaldur! –gritó con todas sus fuerzas. Una ola de calor sofocante invadió el aire de sus pulmones, escuchó una explosión a sus espaldas y vio una lluvia de cristales multicolor en el mismo momento en el que terminó de pronunciar estas palabras. Ambos se buscaron, agachados, con la mirada. Aidna corrió hacia él y le agarró de la pechera del jubón de cuero sin dudar ni un instante –¡Shaldur! ¿Qué haces aquí?

-Estoy ayudando a escapar a esta gente ¿Dónde están los demás? –respondió mientras miraba preocupado a su alrededor.

-No lo sé. Pero tú deberías estar con ellos. –la mujer señaló con el dedo índice hacia el sur, donde se estaba desarrollando la batalla.

-¿Y esta gente? –repuso dubitativo. Para la arquera era evidente que aquel hombre se hallaba terriblemente dividido. Sabía lo que era eso.

-Deberías ir con tus hombres. Si no lo haces, te arrepentirás toda tu vida. –sentenció clavando sus ojos increíblemente azules y duros en los suyos.

-¿Te encargas de ponerles a salvo? –casi no había terminado la frase y ya tenía aferradas con más fuerza sus dos hojas, era evidente que estaba a punto de salir corriendo hacia el combate

-¡Sí! –Aidna aprovechó el agarre para impulsarle en la dirección en la que estaba a punto de emprender la marcha Shaldur. Ella no miró atrás y se centró en el resto de personas que tenía alrededor.

Llegó hasta la entrada norte de las murallas. Los habitantes de Punta Arena corrían despavoridos, aunque no sabían muy bien a dónde dirigirse. Sus opciones eran limitadas y ella no conocía el terreno, pero tenía claro que, de haber una oportunidad de salir con vida, esta se hallaba en el bosque:

-¡Corred! ¡Al bosque! ¡Escondeos! ¡No os paréis! –ordenaba a todo aquel que pasaba por la puerta.

Cuando el flujo de gente comenzó a descender, fue el hada quien se adentró en la espesura. Allí encontró a muchos de los que se habían refugiado siguiendo sus instrucciones.

Un pánico terrible se adueñó de ella.

Nunca había servido para esto. De nuevo le asaltaron los recuerdos: había entrado en el servicio militar para restaurar el honor perdido de su familia y gracias a su destreza para matar había ido subiendo posiciones en la rígida jerarquía del ejército. Sin embargo, nunca había sido una buena líder. Individualista, independiente y libre, para ella el dirigir a otros era una carga de lo más tediosa, un dolor de cabeza que no deseaba. Y, a pesar de todo, por algún motivo que se escapaba a su comprensión, sus hombres le habían querido. Se habían quedado esperándola cuando ella se había marchado y cuando volvió, no hubo ni un solo reproche, solo afilada landralita sedienta de la sangre de sus enemigos y el deseo de morir todos juntos luchando una última vez.

Y ni de eso había sido capaz. Hasta ese punto les había fallado.

Pero esos cientos de ojos asustados no paraban de observarla en busca de alguna respuesta, de seguridad, de consuelo. Aidna no tenía nada de eso y a pesar de todo, aquellas gentes no tenían piedad, no apartaban la vista de su persona.

¿Qué esperaban? ¿Qué querían? Odiaba que se esperase de ella algo distinto a cazar a sus presas. No, de hecho, odiaba que se esperase absolutamente nada de ella. La responsabilidad sobre otras vidas era como lodo en sus vías respiratorias, le ahogaba cruelmente sin dejarle emitir ni tan siquiera un sonido de angustia: “No tengo nada para vosotros, marchaos. No puedo ayudaros. No tengo nada que merezca la pena. Lo mejor que podéis hacer es huir y buscaros la vida por vuestra cuenta”.

Se aclaró la garganta:

-¡Gentes de Punta Arena! –dijo en voz alta. En ese momento hasta los niños dejaron de llorar para escucharla. En su cabeza de nuevo aquella terrible perorata que parecía estar a punto de robarle la voz. Por fortuna algo de luz se hizo en mitad de todo aquel mar de tinieblas. Ella había estado, y de hecho todavía estaba, perdida, asustada y desamparada; ella también había perdido su hogar, su familia y amigos –Hoy es un día triste, pero seguís vivos. Y mientras que esto sea así, podréis alzaros un día más, luchar un día más. La ciudad puede haberse perdido, pero Punta Arena sigue aquí, con vosotros. Y cuando el tiempo sea propicio, recuperaremos lo que se os ha arrebatado.

Aidna no tenía nada que dar.

Nada salvo su espíritu inquebrantable.

Crónicas de las Siete Puntas: Reflexiones


 
 
La noche caía sobre el pacífico pueblo de Transbordador de Tortuga. No eran pocos los problemas que sus gentes habían tenido que superar, pero finalmente, gracias a los valientes esfuerzos de los aventureros popularmente conocidos como Los Alegres Borrachines, lograron salir airosos y podían por fin disfrutar de un momento de paz.

Mientras quizá la mayoría del grupo se preparaba a pasar lo que posiblemente sería su última noche en el poblado, antes de continuar su recorrido hacia su destino final de Punta Arena, Su Li Ha se había encerrado en su habitación de la posada con poco más que un té y unos pergaminos como compañía.

Necesitaba concentrarse, mas a diferencia de otras ocasiones, esta vez el asunto no se trataba, como de costumbre, sobre sus estudios arcanos. No. Tenía que preparar algo, es cierto, pero ese algo era muy distinto a lo que normalmente estaba habituada, algo que todavía no sabía del todo bien cómo encarar, y que en cierto modo hasta la intimidaba un poco.

Mas el destino había querido cruzar su camino con el de Aidna, una extraña hada que el grupo había logrado rescatar y acoger en su última aventura, y ahora la joven maga hallaba entre sus manos la compleja tarea de tener que enseñarle lo básico del idioma común en un plazo exiguo de apenas unas pocas semanas.

Ciertamente, este deber, esta responsabilidad, como lo sentía Su Li Ha, no representaba poca cosa para ella, y aunque no contaba con experiencia enseñando cosas a otros, no era menos cierto que estaba dispuesta a dar su mejor esfuerzo, por lo que resolvió se tomarse el asunto con seriedad. Se acercó al escritorio y tomó asiento. Suspiró, pensando y conociendo sobre la ardua labor que le aguardaba. Mas, tras un momento, frunció el ceño con decisión, y finalmente cogió una de las hojas dispuesta a comenzar preparar las lecciones. Sabía que sería una larga noche…

*      *      *

Varias horas habían transcurrido cuando, finalmente, satisfecha con su trabajo, la arcana mojó por última vez la pluma en el tintero, dispuesta a dar los últimos trazos sobre el papel que marcarían el final de su quehacer aquella noche. Su escritorio yacía casi plenamente ocupado por una serie de clases que había diagramado cuidadosamente en un conjunto de hojas papel que explicaban, a base de dibujos y señales sencillas, los significados de vocablos básicos, números, colores, entre otras cosas que la maga consideró de conocimiento esencial para el desenvolvimiento mínimo de su recientemente adquirida aprendiza de raza feérica.

No tenía certeza de que todo aquello funcionaría, pues poco o nada conocía de la civilización a la que alguna vez habría pertenecido Aidna, mas la joven arcana deducía que el proceso cognoscitivo no podía variar radicalmente entre sus razas. Y aun si aquél no era el caso, ¿qué más podía hacer?. Negó para sí ante el pensamiento, tratando de ahuyentar aquellas ideas negativas de duda e intentando convencerse a sí misma de que había hecho lo mejor que estaba a su alcance.




Dejó la pluma en el escritorio, y tras tapar cuidadosamente el tintero, se incorporó para dirigirse la ventana a tomar un poco de aire fresco. Afuera se respiraba un ambiente templado y agradable. Transbordador de Tortuga era un pueblo pequeño, por lo que la el silencio era dueño y señor de sus escasas calles a estas horas. A lo lejos podía verse como la luna se reflejaba sobre las aguas del lago aledaño. En otra dirección, también podían observarse edificios todavía a medio reparar, productos del desborde reciente que había afectado buena parte del lugar. Nada de ello, sin embargo, parecía llamar especialmente la atención de Su Li Ha, que se hallaba a sí misma observando hacia el horizonte con la mirada perdida.

Su cabeza era un remolino de pensamientos e ideas que luchaban por hallar un ansiado orden para la metódica arcana. Por un lado, la reciente muerte de sus compañeros todavía pesaba sobre ella, y desde su ocurrencia, no podía evitar ser asaltada con frecuencia por sentimientos de impotencia, frustración y tristeza que parecían siempre estar al acecho, sobre todo en sus momentos de mayor soledad.

Por otro lado, y ya desde que ella y sus compañeros habían partido aquél día de Punta Arena, sentía hallarse continuamente en una situación de desconcierto que parecía nunca hallar su fin. No solo desconocían el propósito final del enemigo al que se enfrentaban, quien quiera que estuviera moviendo los hilos detrás de toda aquella locura en la que se hallaban inmersos, sino que ni siquiera conocían su identidad. Y por si ello fuera poco, parecía que el grupo siempre llevaba varios pasos de desventaja, por mucho que se esforzaran. Sabía que a pesar de ello no debían desistir en su empresa, pues claramente todo ello tenía un tinte sumamente siniestro que, ultimadamente, no podía conducir a nada bueno, mas el panorama nunca parecía ser alentador para los aventureros, cual tormenta que nunca llega a disiparse.

Conociendo que poco más podía hacer que lo que ya estaba haciendo, la joven maga resolvió conducir sus pensamientos hacia lugares menos oscuros de su mente, en una suerte de intento desesperado por auto reconfortarse en su soledad.

Halló tal refugio en el recuerdo de su tierra natal, de su familia, de sus instructores, de sus amigos y conocidos. Cogió su amuleto entre sus manos, recordando la tarea que en su día la trajo a las costas de Varisia. Una sonrisa se dibujó en su rostro, y decidió reflexionar en el futuro para distraerse. Por un momento, se permitió soñar. Soñar mas allá de las incertidumbres a las que la ataba su angustioso presente. Soñar más allá del aquí y del ahora.

Las posibilidades se abrían ante ella en la nueva libertad que le admitían los confines irrestrictos de su mente. En una de aquellas, se imaginaba a sí misma regresando victoriosa a Tian Xia, donde era recibida gratamente por viejas caras conocidas, y felicitada ampliamente por sus descubrimientos y hazañas en el continente extranjero.

Sin embargo, a medida que pasaba más tiempo en suelo varisiano, también comenzaba a cementarse lentamente en su mente la posibilidad de una realidad distinta. Una en la que se imaginaba a sí misma fundando un enclave en Varisia e instruyendo nuevos aprendices como representante de la Sociedad del Sol y la Luna. Sin duda, como sus viajes se lo habían demostrado, estas eran tierras salvajes y vírgenes cuyos secretos aún estaban por descubrirse. Y en el fondo, la joven maga sabía bien que no alcanzaría con su sola voluntad para desentrañar estos secretos; eventualmente necesitaría ayuda y colaboración de otros eruditos y colegas afines. Qué mejor idea pues, que instruirlos tal como sus instructores lo habían hecho con ella.

Y aunque tales ideas no eran más que eso, al menos de momento, sí que lograban calmar y reconfortar un poco a Su Li Ha. Con convicción renovada, la joven maga hallaba ahora un nuevo propósito en la enseñanza que tenía por delante impartir en Aidna: sería su primer aprendiz, si, mas quizá no la última. Un paso a la vez susurró finalmente para sí.

Con estos pensamientos en mente, y con escasas horas separándola del alba, resolvió finalmente descansar. Su futuro le aguardaba al día siguiente.

Pensamientos de Shaldur

 

La charla con Tobías y con Ront acabo hace  rato, posiblemente estén ya todos dormidos. 

Shaldur está sentado en la proa de la embarcación, sus pies cuelgan por la borda, se ha descalzado

 y el agua del río que choca contra la línea de crujía salpica los pies del explorador.

 

Es noche cerrada, no hay luna, y la oscuridad rodea el paisaje, se ve la lumbre del hornillo de la pipa

de Shaldur, que ilumina su rostro cada vez que inhala el humo por su boca y dibuja unos anillos en

el aire cada vez que exhala, observando como el humo va desapareciendo.

Al igual que una serie de pensamientos que aparecen y desaparecen en su mente.

 

-No entiendo como Ront me ha dicho esas palabras. Yo no soy el culpable de la muerte de Jade y menos aún de la de Amara-

 

-No entiendo como Tobias me acusa de que soy desordenado en el combate. He sangrado por cada uno de ellos, casi dando mi vida contra Xanesha, protegiendo a Soron en el torreón, he cargado con Shu lia en el fuerte Rannick salvándola de ser vista y salvando también así al grupo-.

 

-O el episodio del pañuelo con Amara en la mansión de Dalera…-

 

-Sus dudas duelen. Me duelen cuando he dejado todo tras de mí por estar con ellos, los lleve a través de una muerte helada y llegamos vivos a nuestro destino-.

 

-Yo también he perdido mucho, quizás más de lo que piensan.-

 

- Molesta que aún me vean como un novato, si Ront piensa así. ¿Qué pensará Soron o Ulrich?- 


Su callosa mano acaricia la hombrera de la paladín de Sanrae y mira las estrellas, una lágrima limpia 

el polvo del camino de su rostro, dejando un sendero claro en la piel de Shaldur, esa gota cae por

la mejilla y cae en el pecho del explorador, en cuanto hace contacto, un pinchazo en el corazón, 

que hace que más lagrimas empañen los ojos del humano.


En su mente se dibuja el rostro de Amara.


La perdida de Jade ha sido muy dura para él, es cierto que el elfo y Shaldur tuvieron sus más

y sus menos, y ambos aprendieron uno del otro.

Pero Amara se llevó algo del explorador que quizás el humano no recupere nunca, y de nuevo 

otro pinchazo en su corazón.


La conversación ha dejado descolocado a Shaldur, últimamente su única obsesión es dar caza 

a los responsables de las muertes de sus compañeros, y se ha olvidado de crear vínculos 

con sus amigos, es como si su corazón llevara tiempo sin latir.

 

-Haré caso a Tobías, intentaré ayudar más…-

 

El explorador recuerda las palabras que le dijo a su querida Zorta el día que Amara se sacrificó.



Y la perra-lobo se acerca por fin a Shaldur, engancha con sus dientes el cinto de Shaldur y estira, 

obligándolo a que caiga al suelo del navío, se acurruca en el regazo de su amigo, y los dos caen

 dormidos.


Shaldur parece descansar, por fin.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Siempre se puede mejorar

 Desde la muerte de su “hermano” Jade, Ront estuvo más cabizbajo de lo normal y distanciado del grupo, sólo hablaba cuando se le preguntaba directamente. Esta actitud la mantuvo durante días e incluso semanas.

 

Desde que empezó la travesía por el río desde Trasbordador Tortuga a Wartle, se podía ver al semiorco siempre en la parte trasera de la barcaza alejados del grupo.

 

Se encontraba el gigantón verde tapado con su manta una mañana gélida, cuando los primeros rayos de sol golpeaban la barcaza, apoyado sobre su gran hacha y mirando hacia el horizonte con una expresión diferente de la que había mantenido estos últimos días.

 

Poco a poco el resto de la compañía empiezó a desperezarse. El primero como siempre fue Tobías, para preparar el desayuno y dar de comer a Esther y Giorgina. El último Soron, siempre agarrado a su petaca de licor, últimamente parecía la continuación de su mano.

 

El día pasó como de costumbre: Shulia leyendo sus libros y hablando con la nueva compañera del grupo, Aidna; Shaldur jugando con Zorta; Tobías cuidando de los animales y del grupo con sus deliciosos manjares; Ulrich de aquí para allá ayudando en todo lo que podía; Soron, como siempre, enganchado al alcohol y Ront alejado del grupo como si fuera un extraño.

 

Sin embargo, a la hora de la comida, cuando vio a Tobías y Shaldur juntos, se levantó su sitio y se dirigió hacia donde estaban estos con paso firme. Cuando llegó a la altura de sus dos compañeros se paró en seco, les miró y les dijo que quería hablar esa misma noche después de la cena a solas con ellos si era posible. Shaldur y Tobías, al escuchar al semiorco, se miraron extrañados, pero accedieron a la petición.

 

Al llegar la noche, el clérigo se sentó al lado de Ront, después de dar de comer a Esther y Georgina, era fácil saber dónde había estado teniendo en cuenta el olor a animal que despedía su cuerpo. El grandullón le miró, y tragando saliva le dijo:

 

 -¿Qué tal Tobías? ¿Cómo andan Esther y Georgina?

 

-Están muy bien, me echaban de menos y ¿Tú que tal estás?” – contestó a la par que le tendía una botella de aguardiente de Trasbordador de TortugaÚltimamente estas muy sombrío.

 

-Es normal que te echaran de menos las cuidas muy bien, a veces mejor que a nosotros. –le reprochó Ront, mientras le cogía la botella y le daba un fuerte trago.

 

En ese momento Shaldur apareció junto a ellos, sentándose a su lado, mirando desde la lejanía cómo Zorta jugueteaba con Aidna. Hizo un gesto de negación con la cabeza para después, centrarse en el bárbaro. Ront, viendo que sus dos amigos fijaban sus miradas en él, alzó la mirada llena de ira hacia las estrellas durante unos segundos, para luego volver a bajarla, pensativo. En ese momento, Shaldur le hizo salir del trance, interpelándole:

 

– ¿Qué te pasa? hablas menos que yo últimamente y eso normal en ti no es. –inquirió mientras Tobías asentía a sus palabras.

 

 -He tenido días mejores, sé que he estado muy asunte en este tiempo. –el explorador escuchaba atentamente sus palabras

 

–Este viaje está siendo duro, hemos dejado a gente importante atrás. –Intervino Tobías

-Pero Tobías sabe que estaba muy unido a dos miembros de este gruu… de esta familia – prosiguió el semiorco. Miró a Shaldur ­–Sí... tú, novato, también eres mi familia. Nunca he tenido familia y vosotros sois lo más parecido a ello. –Shaldur levantó despacio la ceja izquierda ante el comentario, mientras le escuchaba –Sé que han muerto honrando a Gorum, aunque ya sabemos que ellos no creían en nuestro Dios, ¿no es así Tobías?

 

–Ellos tenían sus dioses. Amara está ahora con Sarenrae ¡Joder! no coincidía en su forma de ver el mundo, pero dudo que hubiera nadie que siguiera más a su diosa que ella.

 

-Sé que tengo que mirar hacia adelante, pero últimamente me cuesta mucho… no quiero perder más seres queridos... –Ront miró a sus compañeros de una forma que nunca habían visto

 

Tobías suspiró y dió un largo trago de aguardiente:

 

Eso es algo que no podemos controlar.

 

-Ya… pero juré por Gorum que os protegería ¡Pero parece que le estoy fallando! Quiero proteger... ¡A MI FAMILIA! Y no soy capaz de hacerlo. Esta mierda me está superando por días –contestó rabioso el bárbaro.

 

Shaldur miró a Tobías, el explorador no sabía qué hacer ni qué decir respecto a un juramento hecho a un dios:

 

-Gorum sabe que estas cumpliendo tu juramento Ront. Pero somos mortales –mientras hablaba, Ront le pidió el licor a Tobías con la mano y tras tendérselo, continuó –Tú has estado ahí, dando tu sangre por ellos, luchando en cada batalla.

 

-En eso tienes razón, somos mortales, pero ¿Tú crees que vamos a poder vencer esta mierda a la que nos estamos enfrentando con los que somos? –preguntó mirando hacia donde estaban Soron y Shulia.

 

-No lo sé, pero haré lo que pueda y si debo morir, Gorum bien sabe que lo haré luchando ­–le replicó Tobías mientras Ront dirigía su mirada al otro humano.

 

-Novato, si vas haciendo el gilipollas por el mundo también te voy a perder y no me apetece. –le espetó el semiorco

 

En ese momento Shaldur rompió su silencio con una voz seca, ya no era ese niño risueño que partió de Wartle en busca de aventuras:

 

 –Ront, en las manadas sus miembros mueren, y entran nuevas crías. Lo que debemos hacer es mantener en el recuerdo a nuestros caídos, vivos dentro de nosotros, fijarse una presa y cazarla, eso hará que todo vuelva a su sitio.

 

-Para defender a los nuevos no hay que hacer el gilipollas, ahora te toca a ti defender. –le recriminó el bárbaro

 

-Por ahora aguanto, céntrate en ellos. –replicó ofendido, mientras señalaba a los arcanos

 

-¿A qué te refieres? –inquirió Tobías

–Si va haciendo el tonto, como hizo al enfrentarse solo al gigante y a la víbora, vamos a tener un guerrero muerto y no vamos a poder seguir protegiendo a la familia. El nuevo... Ulrich... otro que no sé qué se le pasa por la cabeza, se parece a ti

 

Shaldur negó ante las palabras de Ront mientras Tobías reía:

 

-No conocía esta faceta tuya Ront, pero sí, estamos muy desorganizados. Pero aun así, hasta en el grupo más organizado hay bajas.

 

-Entiendo que cuando me pongo a luchar hay a veces que pierdo mi sentido de lucha organizada y solo veo sangre y no me importa nada lo demás. Pero vosotros... sois más disciplinados y no puedes ir a lo loco. –le dio un golpe en el hombro a Shaldur haciendo que perdiera algo de estabilidad y mientras Shaldur se intentaba recomponer, se giró hacia Tobías –Tienes razón que en los grupos bien organizados hay bajas, pero mira lo que somos, tres guerreros y una cabeza loca. –dirigió su mirada a Ulrich –Y luego tenemos a esos que no sé bien qué hacen a veces. Bueno sí, uno de ellos beber y desaparecer, y la otra… No me cae bien todavía, perdió toda mi confianza desde que descubrimos su secreto.

 

-Bueno, pero tampoco somos una compañía de mercenarios al uso. Yo he vivido toda mi vida en una compañía de mercenarios, durante un tiempo la dirigió mi padre y no es fácil, no todo el mundo acepta órdenes. ¿Las aceptarías tú Ront? –preguntó el clérigo

 

Ront se quedó pensativo ante la pregunta de Tobías:

 

–Creo que sí, pero sabes que cuando mis ojos están inyectados en sangre no suelo pensar en tácticas. –sonrió a su compañero y dirigió su mira a Shaldur –¿Y tú las aceptarías?

 

 –Quizás no sería mala idea que intentáramos organizarnos mejor.

 

 –¿Qué diablos estáis intentando decirme? –Shaldur chasqueó la lengua y miró a Tobias fijamente.

 

-Nada –el hombre parecía de lo más sincero –Pero lo que dice Ront es cierto, vamos muy desorganizados y eso nos hace daño, yo me incluyo.

 

-Lo que quiero deciros que no quiero perder a mi familia por ir a loco, que el único que puede ir a lo loco soy yo. –dijo Ront sonriendo a sus dos compañeros. Dió un trago al licor y miró de nuevo a Shaldur –¿Tú qué opinas?

 

 -¿Qué pienso? –la conversación no estaba agradando al explorador, su tono era frío –Que voy a acabar con todo lo que rodea a esto de las siete puntas, como acabé con Lucrecia. Y que tenéis que apretar el culo. Pienso cazarlos a todos.

 

-¿Y qué tiene que ver con esto? –Tobías le interrumpió desconcertado –Para lograrlo tendremos que estar unidos ¿no?

 

-Y organizados, deja de hacer la guerra solo. –añadió Ront con una mirada seria y penetrante.

 

Shaldur mantuvo los brazos cruzados, apretando los hombros, alternando la mirada entre sus dos compañeros:

 

 -Lucho con vosotros, dejadme claro si queréis que siga o que me separe en Punta Arena, quiero seguir en este grupo, me he preocupado por cada uno de vosotros y os he salvado la vida en alguna ocasión poniendo por delante la mía. Lucho firme y duro, no conozco otra forma.

 

-Pero a qué viene eso novato... no estamos diciendo que no luches bien. Simplemente estamos diciendo que si luchamos bien y estamos organizados a la vez no sufriremos más bajas o sufriremos menos daños.

 

Hace tiempo que no podemos llamarle novato. En todo caso, cabalgaserpientes debería ser su apodo. –comentó el clérigo, intentando acabar con la tensión del ambiente

 

–Tienes razón, ya no es un novato, ahora ocupa el puesto del grandote. –dijo mientras reía y señalaba a Ulrich.

 

–Aun así, eres un gran guerrero Shaldur, como Soron o Suliah, incluso los nuevos, pero lo que dice Ront no es mentira. Todos nosotros, peleamos desorganizados y eso nos resta fuerza. –prosiguió Tobías mientras Ront se atragantaba con el licor y comenzaba a reirse –También dudo que Soron fuera a hacer caso de nadie. –después señaló a Aidna –Y ella tampoco –miró a Ront –Siempre podemos coordinarnos nosotros.

 

-Es que no pienso igual que vosotros. Cada uno saca su mejor parte en el combate. Pero no creo que estemos peleando mal, claro que hemos tenido pérdidas, pero no es culpa nuestra, es cosa de la mierda esta que nos rodea. Pienso lanzarme al combate y luchar lo mejor que pueda. –declaró el explorador

 

-Yo creo que podemos hacerlo mejor. Siempre se puede mejorar. –insistió Tobías mientras se levantaba para estirarse y dar los últimos tragos a la botella del licor –Sólo digo que hablemos más en combate, que nos apoyemos, que digamos a nuestros compañeros qué vamos a hacer. Bueno me voy a dormir que estoy cansado –dijo Tobías sonriendo, ignorando la acidez de Shaldur.

 

-Qué cabezón es este cabalgaserpientes –rio Ront. Después dio un apretón amistoso en el hombro del humano –Todo mejorará, te prometo que los vengaremos. –miró a Tobías y haciendo el mismo gesto –Gracias hermano, descansa.

 

-Descansad. –Shaldur se fue a la parte delantera de la embarcación, encendiendo su pipa. Esa noche no durmió, su mente ardía en pensamientos.

jueves, 12 de noviembre de 2020

¡El Reencuentro!

 


El sol empezaba a ponerse e iluminaba la colina de punta arena, el carro traqueteaba acercándose a la posada. -Bien Chicas bien, ha sido un viaje largo, pero ya hemos vuelto. -Condujo el carro hasta los establos detrás de la posada y de un salto bajo del carro y le dijo al mozo que los atendía.

- Cuídalas bien, las pobres llevan unos días comiendo mal, necesitan descansar bien.

                                               

- Claro zeñor Te tiende la mano mientras coge las riendas con la otra.- Te mira esperando algo.

Es un muchacho de unos 12 años, de pelo rizado y pelirrojo.

- Prometo darlaz las mejorez manzanaz y zanahoriaz.

Le tiende 10 monedas de oro. -Dales heno del más fresco también y si puedes cepíllalas.-  Por su tono se nota que está contento o casi exultante.

Se queda flipadisimo por la cantidad de oro que tiene entre sus manos, sucias y descuidadas - Oh, zi zi, claro señor -Se lleva a las mulas al interior del establo mientras se guarda rápidamente las monedas en la entrepierna. A buen recaudo.

Con paso algo indeciso, se dirige hacia el interior de la posada, hace mucho que no ha estado allí. Mientras camina se quita el caso y se lo cuelga a su espalda, mostrando una tupida barba.

Aún desde fuera, se oye el movimiento de los parroquianos. Sus voces, sus risas y chanzas. Y el olor...ese olor.

Banda sonora:



Superando su indecisión, el clérigo empuja las puertas y se dirige dentro, sus pasos retumban pues lleva gran parte de su armadura de placas aun puesta y mira a su alrededor sonriendo algo nervioso.


El olor a cerveza, a un guiso de marisco y pescado que están cocinando típico de esta posada, con cangrejo, pescado, patatas y muchas especias golpea al clérigo al entrar. El maravilloso olor al guiso, con todos esos olores del mar... te recuerda posiblemente a tus estancias en la cocina con cierta persona. Ella huele parecido.

La ves, tras la barra. Sonriente, como siempre. Con sus ojos rasgados y su pelo de aspecto peculiar. Lleva su mismo delantal oscuro con el símbolo del dragón oxidado. Atiende a los parroquianos. No te ha visto

                                                           

Ese lunar, discreto, en su mejilla. Esa nariz fina y esos labios carnosos. No ha cambiado nada, lleva el pelo recogido, en una coleta. Cosas de cocineros.

- Espere ahora le atiendo. Parece atareada sirviendo cuencos de ESA sopa. De ESE guiso. No te mira

Se afana en hacerlo y cuando termina, se fija en ti. Se queda en silencio durante unos segundos, se le cae el cucharón al suelo. Resuena y salta sobre la barra para abrazarte, al grito de: "Tobías!!!"

Percibes su olor, tanto como sus manas sucias de la cocina cuando las coloca sobre tus mofletes. Te mira desde abajo

Le devuelve el abrazo con fuerza Ameiko por un momento se queda parado pensativo mientras la abraza

- ¿Cuándo has llegado?! ¿Y los demás? Mira derredor

- Ahora mismo. – Sonríe-  venimos desde transbordador de tortuga directamente sin apenas parar. -Suspira y la mira-  Se han dispersado, ya los conoces... y no venimos con buenas noticias que se diga.

- Bendita Desna, ¿estás bien? - Se separa un poco, estaba demasiado cerca. Percibías el hálito de sus palabras. Cálidas, como la arena de la playa.- ¿Qué ha pasado?  Recibí tus cartas con gran alegría

Sonríe amargamente - Si, estoy bien, bueno, casi muero por culpa de Soron como te comente en las cartas, pero de eso hace mucho. Es largo de contar. -Le hace una seña para que se siente en una mesa, mientras él hace lo mismo.

Banda sonora:



Acerca dos taburetes y te tiende uno. Hace un gesto a la barra y su ayudante mediana deja dos cuencos de sopa. Otra vez. ESE olor. Te deja hablar. Te sonríe, coqueta.

Extrañamente, ignora la comida, tiene otras cosas en la cabeza - Ha sido muy duro, no hemos vuelto todos, Amara y Jade cayeron en combate. -Se le atraganta un poco la voz. - Pero conseguimos acabar con aquellas horribles criaturas. - Te vuelve a sonreír-  Sé que has viajado, pero no te imaginas las cosas que hemos visto y por Gorum, que combates. -Su voz vuelve a la su habitual jovialidad de Tobías.

Ameiko alarga su mano, sin tantos titubeos como los tuyos. Coge tu mano Lo siento mucho. He sido aventurera, se lo que es perder a los compañeros. -Pero me alegra sobremanera volverte a ver, aquí Otra sonrisa feliz.

Le devuelve el apretón y la agarra con fuerza, su mano es áspera y llena de cicatrices. -Y a mí, ha sido duro, pero recordaba los momentos aquí y me daba fuerzas – sus palabras mientras la mira sonriendo.

Se deja agarrar.  -Come, come. Acabamos de prepararla, es... tu preferida. -Su mirada almendrada, de ojos negros, oscuros. Se cruza con la tuya. Otra sonrisa feliz

Haciendo caso coge el cucharon y se lleva a la boca un bocado, nunca le ha sabido tan bien, El sabor de Punta Arena, sin duda, Tobías Torje. ESE sabor.

Esta feliz, ha sido un viaje duro, pero la vuelta ha merecido la pena, no sabía que iba a encontrar a la vuelta o si siquiera ella iba acordarse, también teme decirle las malas noticias que trae.

- ¿Te gusta? - Se entremete el pelo tras las orejas. Coqueta. Aún tiene ese delicioso acento Kaijitsu.

- Esta deliciosa.- Sonríe algo sonrojado, siempre ha sido un viajero, yendo donde le llevaba el trabajo de mercenario y los combates, nunca ha tenido un sitio estable y por primera vez siente un sitio como su hogar y a alguien como la persona con la que quiere estar

-¿Quieres más?- Se levanta, no duda. Te mira, es una mujer determinada. Se sienta en tus rodillas.

La mira a los ojos.- Por supuesto.

Hace un gesto a la mediana que coge la olla y la trae a la mesa. Mientras tanto apoya su cabeza en tus hombros. Qué bien huele su pelo. Ella suspira. El aroma de la sopa nuevamente te vuelve a embriagar. ESE olor. Te sirven más, ves como flota la cabeza de un carabinero.

Él se queda mirándola a los ojos, con un brazo la rodea- -Llevo semanas de viaje pensando en este momento.

-Esta vez... ¿te quedarás? - Se incorpora y te mira. Está muy cerca, es como si no hubiera nadie más en este ruidoso lugar. Sólo está ELLA.

Sostiene su mirada fijamente.  -Nada me gustaría más y acerca su rostro al de ella.

Te besa. Ella es más decidida que tú. Saboreas sus labios, son cálidos.

Él le devuelve el beso con intensidad, no es tan decidido como ella, por joder, es un clérigo de Gorum y no se va a amilanar.

Se levanta y te arrastra con su mano Bien, eso es lo que quería oír. Te quiero para mí. Te lleva escaleras arriba...

Obnubilado, se deja llevar. En su mente las noticias del ataque y el peligro sobre arena se desvanecen por cosas mucho más importantes.

 






miércoles, 11 de noviembre de 2020

Cuaderno de bitácora: Madera, Sangre y Arena

"Apenas dejó que el navío atracara en el puerto, que ya había pegado un grácil brinco y aposentado los pies firmemente en las tablas del muelle. Se había acomodado discretamente el pañuelo plateado en la cara y el tricornio de cazador en la cabeza. Junto a su morral, se había atado los correajes del talabarte colgado en la espalda, lo llevaba cruzado sobre su pecho, de allí prendía la espada de media mano y el escudo con firmeza. La pequeña ballesta a la cherpa del tahalí en el cinturón, junto al zurrón y la bolsita de cuero, al otro lado como si de una vaina se tratará, llevaba la aljaba con los virotes. Los ropajes pardos encima de la fina y ligera cota de mallas, la verde capa trenzada cruzada, tapando lo que no debía verse y las botas a juego con los oscuros ropajes, daban por finalizadas todas sus posesiones. Encaminó sus pasos por la calleja principal hacía la catedral, debía ver cuanto antes al padre Zantus su mecenas y protector.

Llamó a la puerta y esperó un tiempo prudencial, al poco rato asomó una cabeza de medio lado, agarrado al borde de la puerta, no era otro que su viejo amigo Naffer que sonreía.

- Viejo amigo soy yo, Brandán. He vuelto a casa.- Mascullo el ajeno mestizo con una amplia sonrisa mirando a Naffer.
- ¡Brandán, Brandán, ha vuelto Brandán!.- Exclamaba el jorobado todo contento.- ¡Iré a avisar al padre Zantus!.- Echando a correr de esa forma extraña que caracterizaba al deforme hombre, mientras seguía pregonando a los cuatro vientos y a quién quisiera oírlo, que el mestizo estaba de regreso en Punta Arena.

Dirigió sus pasos detrás de Naffer hacía el interior, pasando por el cementerio hasta el patio, no pudo evitar mirar hacía las lápidas una fracción de segundo recordando algo, que desestimo enseguida, eso podría esperar hasta ver al menos al padre Zantus.

Allí estaba, algo más viejo de lo que recordaba, pero no estaba solo. A su lado, dos completos desconocidos para él, una elfa asilvestrada y un hombre con un brazo en cabestrillo.
- Brandán, muchacho estás igual, no has cambiado nada.- Con vigorosa energía hablo el sacerdote, mientras le daba un afectuoso abrazo.
- Vos tampoco habéis cambiado nada padre.- Soltó el muchacho mientras le devolvía el abrazo con ternura.
- Estoy más viejo, eso es evidente.- Reprochó sin demasiado ímpetu el clérigo.- Ahora, permíteme que haga las debidas presentaciones él es Einen, y ella es Shahelu.- Ambos miraron al muchacho a la vez con curiosidad.
- Un placer, soy Brandán.- Mientras hablaba, acompañaba el gesto con una leve inclinación de cabeza y cuerpo, retirándose el sombrero. Se podría apreciar ahora su níveo rostro, su blanca cabellera corta, dos pequeñas protuberancias en la frente, sus ambarinos ojos y por último dos colmillos puntiagudos, denotando claramente su sanguínea ascendencia infernal.
Ni Einen, ni Shahelu se sorprendieron, y si lo hicieron en algún momento, no dieron ninguna muestra aparente de ello.

No pudieron entablar conversación más allá de eso. Enseguida el patio se llenó de un variopinto grupo de personas que traían noticias importantes, así que escuchó lo que tenían que decir quedando a un margen mientras lo presentaban. Era un coro de voces que debatían ajenos a lo que iba a venir.
- Van atacar Punta Arena, gigantes y quizás algo más. Debemos hacer algo.- Dijo uno de ellos.
- Quizás evacuar a las gentes en barcos hacia el mar y reforzar puertas y murallas.- Se escuchó decir a alguien.
- Debemos darnos prisa, no sabemos de cuanto tiempo contamos.- Otra voz que replicaba.
Y entonces el estruendo, algo golpeó en algún lugar del pueblo, se miraron todos estupefactos, ya habría tiempo de más presentaciones, ahora era hora de salvar Punta Arena.

Salieron todos corriendo en pos de los golpes y el grupo se dividió. Con la bastarda y el escudo en mano, Brandán decidió seguir a un joven y decidido humano armado con dos espadas, a un fuerte y alto semiorco que parecía un titan, una exótica arcana, un rubio norteño y una extraña elfa que parecía frágil de cuerpo, pero de mirada dura como el acero armada con un arco de un manufactura exquisita nunca vista antes por él.

Los ruidos resonaban en la puerta norte, enormes piedras caían y golpeaban las puertas y los muros.

El joven humano pidió que abrieran las puertas, mientras la guardia se negaba, justo en el momento que una gran roca golpeaba la puerta destrozándola y haciendo un gran boquete por donde poder salir. El humano raudo como un leopardo salió, el resto le siguió, la elfa extraña se subió a las murallas.

Y el resto cruzando el muro fueron lentos, les golpeó una roca de lleno, una vez recuperados se enzarzaron en combate, eran tres gigantes de piedra, que amenazaban con destruir las murallas para siempre. La lluvia de golpes de los combatientes caía sin descanso, pero las hondanadas de flechas eran rápidas y mortíferas, ese arco largo aparte de ser una pieza excepcional era mortal en las manos de la extraña elfa.

El combate ceso en ese punto y los aventureros decidieron avanzar hacia otro punto del villorrio, habían más gigantes, la elfa corría y danzaba haciendo cabriolas sobre las murallas, el resto corría como alma que lleva Asmodeo hacia el este.

Brandán vio por el rabillo del ojo, como uno de esos aventureros volaba en el cielo haciendo círculos, pero para lo que no estaba preparado era para la gigantesca sombra y la ráfaga de viento que el batir de unas alas acababa de levantar, el cielo se tiñó de un rojo ensangrentado, era un enorme dragón que amenazaba con destruirlos...”

Continuará...

lunes, 9 de noviembre de 2020

Cuaderno de bitácora: Travesía por los mares del Sur

“Ya eran muchas las jornadas desde que dejaron atrás el estrecho Mar Interior, y se adentraron en el basto Océano Arcadiano. No fueron pocos los contratiempos que tuvieron que pasar, pero ya estaba cerca del hogar.

- Sentir la brisa fresca en la cara, es lo único bueno de pasar tanto tiempo en la cofa con este intenso frío.- Dijo uno de los vigías con cara de mustélido mirando a su compañero, mientras se arrebujaba en la manta, frotaba y soplaba las manos para hacerlas entrar en calor. Este asentía con una leve sonrisa en su cara.

- Eso es verdad , porque lo que es tu compañía Comadreja, deja mucho que desear, aquí arriba.- Entre chanzas Brandán le dio un codazo amistoso mientras ambos se reían. Se llevó una mano bajo el tricornio de cazador y oteó el horizonte de nuevo, era noche cerrada y estaba oscuro, pero para él, eso no era un gran problema debido a su linaje.

El joven marinero con la mirada pérdida en el horizonte, pensaba en cuanto tiempo había pasado desde que se enrolo y se marcho de Punta Arena, habían sido cuatro, no; habían sido cinco largos años en tierra hostil y desconocida, hasta que había decidido regresar.

De pronto salio de su ensimismamiento golpeando con su mano izquierda a su compañero en el brazo con demasiada energía.

- ¡Veo Tierra amigo mio, veo la maldita tierra!.- Mientras le daba un afectuoso abrazo.

- Que narices dices, no veo nada Brandán, pero me fio de ti, deberías de bajar a avisar al contramaestre.- Dijo Comadreja, que más que dando una orden era como un recordatorio de sus obligaciones.

Si mucha más dilación Brandán, pego un salto de la cofa a la tabla de jarcia, y descendió agarrado a los obenques y flechastes como un felino persiguiendo a su presa. Una vez ya en cubierta salio corriendo hacia la astilla, en la primera cubierta, junto a la entrada de la bodega, dejando atrás el castillo de popa pasando por los aparejos de varios mástiles bajo la mesana donde se encontraban los camarotes de los oficiales. Golpeo la escotilla con fuerza y espero a que le dieran paso.

- Contramaestre Pope, hemos divisado tierra mi señor, estamos llegando a tierras de Varisia, es Punta Arena sin lugar a dudas.- Dijo convencido el mestizo.

- Gracias marinero Brandán, informa al piloto de mi parte y que el timonel ponga rumbo a puerto, informaré al maestre para que se lo diga al capitán. Regresa de nuevo a tu puesto y informa de cualquier contratiempo. Ahora marinero, ya puedes retirarte.- El contramaestre con un deje de su mano lo despidió de allí, como quien sacude un pañuelo lleno de mugre.

El joven muchacho informo al piloto y regreso a su puesto, subiendo por la tabla de jarcia de nuevo hacia la cofa donde se encontraba el otro vigía. Oteó de nuevo el horizonte con una sonrisa en su rostro, sin duda eso que veía era tierra. Termino su turno de cuatro horas, la guardia del Piloto, la que comprendía de la medianoche hasta las ocho de la mañana, dividida en dos turnos de cuatro horas cada una. Podría dormir en la batayola donde se encontraban los coyes de la tripulación, al menos hasta el siguiente turno de guardia.

El día llegó como siempre al comenzar la guardia del Maestre. En ese momento, el paje encargado de dar la vuelta al reloj entono la canción de todas las mañanas:

Bendita sean la luces,
y las Santas Veracruces,
y los Señores de la Verdades,
y las Santas Trinidades;
benditas sean las almas,
y los Señores que nos las mandan;
benditos sean los días
y los Señores que nos los envían.

Brandán se vistió rápidamente, arranchó sus cosas y salió a cubierta, allí el capitán ya daba ordenes y el maestre las repetía a viva voz.

- Virar por avante, rumbo al puerto.- Dijo el capitán.

- ¡Virar por avante, rumbo al puerto!- Grito el maestre al piloto y al timonel. 

- ¡Gobernar ese condenado timón! ¡No dejéis que barloventee, hay que abarloar y atracar en el muelle!.- Ordenó el capitán con la voz elevada, mientras el maestre repetía cada una de sus ordenes a sus hombres.

Una vez encauzado el rumbo hacia el puerto de Punta Arena, el galeón de tres mástiles, “Orgullo del Viento”, daba un último embique, atracando y embistiendo la costa por proa y largando un ancla por la popa. Brandán se agarraba a la borda de estribor, mientras el viento azotaba su cara, salpicada de gotas de espuma y una sonrisa de satisfacción recorría su blanquecino rostro, por fin estaba en casa”.

Cuaderno de bitácora: Deuda de sangre

“El humo y el fuego ya habían dejado de ser los problemas más graves a los que se enfrentaba nuestro grupo. Brandán había estado apagando un...